Carne ultraprocesada en Europa, la gran verdad que la industria intenta ocultar

A pesar de que el bacon, las salchichas y los embutidos están cargados de aditivos químicos, la carne ultraprocesada sigue pasando desapercibida en el debate de la salud gracias a un marketing que proyecta una imagen idílica de granjas familiares y prados verdes. Sin embargo, los datos reflejan la gran verdad que la industria europea intenta ocultar, y es que más del 80% de estos productos proceden de macro explotaciones intensivas altamente industrializadas que no tienen nada de tradicionales.

Informe Illusions of Tradition and Naturalness

La discusión sobre los alimentos ultraprocesados lleva años creciendo en Europa. Consumidores, nutricionistas y políticos centran el debate en los refrescos, los snacks o las alternativas vegetales industriales, pero la carne ultraprocesada en Europa sigue pasando prácticamente desapercibida. Esto ocurre a pesar de que numerosos estudios y organismos científicos advierten desde hace tiempo sobre el enorme peso que tienen las carnes procesadas en la dieta europea, así como sobre el sofisticado sistema de marketing que la industria cárnica utiliza para mantener una imagen de producto “natural”, “tradicional” y asociado al mundo rural.

Un nuevo informe elaborado por Foodwatch titulado Illusions of Tradition and Naturalness (Ilusiones de tradición y naturalidad) centra la atención precisamente en esta contradicción. La industria que más critica a los alimentos vegetales por ser “artificiales” es, al mismo tiempo, una de las mayores productoras de alimentos ultraprocesados.

Durante décadas, la industria cárnica europea ha construido un relato de peso alrededor de la tradición. Podemos ver anuncios donde aparecen granjas familiares, vacas pastando libremente, pequeños productores, recetas artesanales transmitidas de generación en generación, etc. Pero, según denuncia el informe, el problema es que esa imagen proyectada tiene cada vez menos relación con la realidad de la producción ganadera actual.

Entre el año 2005 y 2020 desaparecieron 5’3 millones de explotaciones agrícolas en Europa y, precisamente, la mayoría eran pequeñas granjas familiares. Mientras tanto, las explotaciones que sobreviven son cada vez más grandes, más intensivas y más industrializadas. Por ejemplo, el 90% de los pollos de engorde en Europa se crían en sistemas intensivos interiores. Si hablamos de cerdos, el dato es aún mayor: hasta un 99% de los animales nunca pisan el exterior.

Si hablamos del sector lácteo, que históricamente se ha asociado a imágenes de prados verdes y vacas pastando, más del 80% de la producción de leche europea se realiza en explotaciones intensivas. Por tanto, la mayor parte de la carne y los lácteos que se consumen en la Unión Europea proceden de sistemas industriales que están muy alejados de esa imagen tradicional que aparece en el marketing de los supermercados.

Carne procesada, uno de los grandes ultraprocesados europeos

Uno de los puntos más llamativos del informe de Foodwatch es el peso que tienen las carnes dentro de los alimentos ultraprocesados consumidos en Europa. En un estudio citado por esta organización de consumidores se concluye que las salchichas son la segunda categoría de ultraprocesados más consumida por los adultos europeos y en algunos países llegan a ocupar el primer lugar.

Foodwatch comenta que productos como el bacon, las salchichas, el jamón cocido o los embutidos son productos que continúan presentándose como alimentos tradicionales y naturales, aunque muchos contienen exactamente los ingredientes que definen a un alimento ultraprocesado: conservantes, potenciadores del sabor, colorantes, estabilizantes y aditivos químicos.

Granja vacuna industrial

Recordemos que son especialmente polémicos aditivos como los nitratos y los nitritos utilizados para conservar y dar color a la carne procesada. Estas sustancias llevan años asociadas a un mayor riesgo de cáncer, de hecho, la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) clasifica la carne procesada como carcinógeno del Grupo 1 desde hace más de una década.

A pesar de todo esto, la comercialización de estos productos continúa apoyándose en palabras como “artesanal”, “natural” o “tradicional”, términos que ni siquiera tienen una definición legal clara en la Unión Europea. A esto hay que añadir que los consumidores ven en los envases imágenes rurales y mensajes tranquilizadores, pero los ingredientes reales aparecen escondidos en letra pequeña en la parte trasera del envase. Recordemos que en el año 2021, un grupo de eurodiputados y la organización de consumidores SAFE enviaron una carta a la CE pidiendo que se definiera el término “natural” en la legislación alimentaria de la Unión Europea, pero hasta la fecha no ha habido respuesta.

El informe de la organización de consumidores también analiza el enorme poder político de la industria cárnica (lobbies) en las instituciones europeas, señala a organizaciones como Copa-Cogeca, que han tenido un papel clave en las campañas contra esas políticas destinadas a reducir el consumo de carne o fomentar las alternativas vegetales. La estrategia que se ha seguido es simple, presentar cualquier cambio alimentario como una amenaza contra las tradiciones europeas, la dieta mediterránea, las zonas rurales o las pequeñas explotaciones familiares.

Durante el debate de la estrategia europea “Farm to Fork”, estas organizaciones insistieron de forma continua en que reducir el consumo de carne supondría un ataque a la identidad cultural europea. Según explica Foodwatch, esta narrativa fue extraordinariamente efectiva en su momento y ayudó a bloquear gran parte de las reformas que se habían previsto.

Han pasado unos seis años desde el lanzamiento de la mencionada estrategia alimentaria europea y muchos de sus objetivos relacionados con la reducción del consumo de carne siguen prácticamente sin cumplirse. El informe también señala que el lobby cárnico utiliza campañas de comunicación muy elaboradas para desacreditar a los alimentos vegetales alternativos.

Procesamiento industrial de la carne

Una de las tácticas más habituales consiste en presentar las hamburguesas o las salchichas vegetales como productos “químicos” y “artificiales”. Por el contrario, la carne convencional se muestra como algo puro y natural. Para los responsables del informe la paradoja es evidente: muchos productos cárnicos industriales contienen una enorme cantidad de aditivos, pero continúan beneficiándose de esa percepción pública mucho más positiva.

Otra de las cuestiones importantes es saber qué es lo que comen realmente los animales que se destinan al consumo humano. La Unión Europea apenas produce el 5% de la soja que necesita para alimentar a su ganado; el resto es importado de países como Brasil, Argentina y Estados Unidos, donde el cultivo de soja es casi totalmente transgénico.

Según el informe, un europeo consume indirectamente alrededor de 60 kilos de soja al año a través de los alimentos de origen animal. Sin embargo, aquí aparece una gran contradicción regulatoria, ya que si un alimento para los seres humanos contiene ingredientes modificados genéticamente, debe indicarse claramente en la etiqueta alimentaria. Pero si un animal ha sido alimentado durante toda su vida con soja transgénica, esa información no tiene por qué aparecer en el producto final.

Otro dato, la alimentación animal integra más de 1.400 aditivos autorizados en la Unión Europea, cifra muy superior a los poco más de 300 que son permitidos para la alimentación humana. Entre ellos se encuentran conservantes, emulsionantes, colorantes, vitaminas sintéticas, potenciadores digestivos y saborizantes. Incluso las vacas pueden recibir tratamientos de descontaminación con ácido láctico tras el sacrificio para reducir la presencia de bacterias peligrosas en la superficie de las canales de carne y, por supuesto, no hay obligación de informar al consumidor.

Bienestar animal y producción intensiva

La industrialización de la ganadería europea tiene implicaciones sanitarias, ambientales y también éticas. En este sentido, Foodwatch recuerda que buena parte de los animales de granja viven en condiciones muy alejadas de las expectativas que tienen los consumidores sobre el bienestar animal. Entre las prácticas habituales se encuentran el confinamiento intensivo, las mutilaciones rutinarias como el corte de colas o picos, la selección genética para acelerar el crecimiento, el uso frecuente de medicamentos y aditivos, y el sacrificio masivo de pollitos macho en la industria del huevo.

Aunque Europa cuenta con algunas de las normativas de bienestar animal más avanzadas del mundo, numerosos expertos señalan que muchas de esas leyes están obsoletas y no reflejan ni la evidencia científica actual ni las demandas sociales. En este sentido, no estaría mal que se adoptara un NutriScore del bienestar animal, tal y como proponía la Agencia Nacional de Seguridad Alimentaria, Ambiental y de Salud Ocupacional (ANSES) de Francia.

Granja industrial de pollos

El impacto ambiental de la producción cárnica europea también ocupa un lugar de importancia en el informe ‘Ilusiones de tradición y naturalidad’. La ganadería intensiva está estrechamente relacionada con la contaminación del aire, del agua y del suelo. La agricultura genera el 93% de las emisiones de amoníaco en Europa, principalmente a causa de los residuos ganaderos y el uso de fertilizantes. La producción de pienso para los animales, especialmente la soja y el maíz, contribuye directamente a la deforestación en terceros países.

Grandes áreas de selva tropical son destruidas para cultivar alimento destinado al ganado europeo, un proceso que agrava la crisis climática y provoca la pérdida de biodiversidad y el desplazamiento de las comunidades locales. Sin embargo, nada de eso aparece reflejado en el envase de una bandeja de carne del supermercado. A pesar del enorme poder económico y político de la industria cárnica, el mercado empieza a mostrar algunos cambios. Cada vez más consumidores se preocupan por la salud, el bienestar animal y el impacto climático de su alimentación.

Las alternativas vegetales siguen representando una parte pequeña del mercado frente a los más de 423.000 millones de dólares que mueve el sector cárnico europeo, pero su crecimiento es mucho más rápido. La industria tradicional percibe claramente esa transformación del mercado como una amenaza, lo que explica que se hayan intensificado las campañas contra los productos vegetales y contra cualquier política pública que fomente las dietas con menos carne.

Europa lidera el mercado mundial de alimentos sustitutos de la carne

El informe de Foodwatch no plantea que toda la carne deba desaparecer de la dieta europea, lo que trata es de mostrar la enorme distancia entre la realidad industrial del sistema alimentario y la imagen que se transmite a los consumidores.

Como decíamos, el debate sobre los alimentos ultraprocesados se ha centrado durante años en productos muy concretos, mientras una gran parte de la carne industrial ha conseguido mantenerse al margen gracias a un discurso construido alrededor de la tradición y la naturalidad. Si la UE quiere abordar seriamente la salud pública, el bienestar animal y la sostenibilidad alimentaria, el sector cárnico no puede seguir escondiéndose detrás de una imagen pastoral que cada vez tiene menos relación con la realidad de la producción de alimentos, así lo consideran Foodwatch y otras organizaciones de consumidores.

Podéis conocer todos los detalles del informe a través de este enlace (PDF).

Crédito imágenes 2 y 4 | Depositphotos.com
Imágenes 1 y 3 | Cortesía de Gemini

Gastronomía y Cia - Mar Gavilán y Javier Muniesa

Mar Gavilán y Javier Muniesa

En 2005, fundamos el primer blog gastronómico colaborativo en España, que rápidamente se convirtió en un referente en el ámbito gastronómico. En 2008, dimos un paso adelante y creamos Gastronomía & Cía de manera independiente. Para nosotros, ha sido un sueño hecho realidad combinar nuestras pasiones por la gastronomía, la creatividad y la divulgación. Ahora nuestro objetivo es inspirar, informar, deleitar y conectar con todos los entusiastas de la cocina.

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