
El concepto del trigo “guerrero” resume de forma clara cómo la evolución y la intervención humana han moldeado uno de los cultivos más importantes del mundo. Un reciente estudio realizado por expertos de la Universidad de Sheffield concluye que, sin saberlo, los primeros agricultores favorecieron el desarrollo de plantas de trigo más agresivas y competitivas, capaces de imponerse al resto de plantas vecinas para sobrevivir.
Este descubrimiento cambia nuestra comprensión sobre la domesticación del trigo, pero también abre nuevas vías de investigación para garantizar el futuro del trigo en un contexto en el que hay una creciente demanda alimentaria y problemas de rendimiento y producción asociados al cambio climático.
La investigación realizada plantea que la agricultura primitiva creó un entorno muy competitivo, ya que al sembrar en campos organizados, los seres humanos provocaron que las plantas compitieran intensamente con otras plantas por recursos como la luz, el agua y los nutrientes. Se trata de un escenario en el que sobrevivían aquellas plantas que crecían más rápido, desarrollaban hojas más grandes y mantenían una estructura más vertical para captar mejor la luz solar.
Con el paso del tiempo (entre 1.000 y 2.000 años), este proceso de selección natural dio lugar a lo que los investigadores denominan variedades de trigo “guerreras”. Se trataba de plantas que eran más altas y más eficientes a la hora de sombrear a sus competidoras, asegurando de este modo su predominio en el campo. En este sentido, los expertos comentan que un factor clave que han identificado ha sido el ángulo de las hojas, cuanto más verticales, mayor era la capacidad para sobresalir del resto de plantas competidoras para aprovechar la luz.
Claro, que este rasgo que en el pasado fue toda una ventaja, actualmente resulta menos útil puesto que la agricultura moderna cambio radicalmente las reglas del juego. En los sistemas productivos actuales los cultivos se siembran de forma densa y uniforme (monocultivos), y se apoyan en los fertilizantes, los herbicidas y las técnicas avanzadas de cultivo. En este contexto, la competencia entre plantas deja de ser algo que se persiga y se busca justo lo contrario, la cooperación y la eficiencia en la producción del grano.

Por esta razón los programas de mejora genética han invertido la mencionada tendencia evolutiva y las variedades actuales de trigo suelen tener tallos más cortos y hojas más pequeñas, lo que permite destinar más energía a la producción de semillas, dejando a un lado el objetivo de competir por recursos. Este cambio refleja una transición fundamental de unas plantas diseñadas por la evolución para luchar entre sí, a cultivos optimizados por el ser humano para maximizar el rendimiento.
Claro, que esta optimización ha tenido un precio elevado, la pérdida de diversidad genética. Investigaciones previas como las realizadas por la Universidad de Queensland, han demostrado que muchas de las variedades modernas de trigo carecen de la riqueza genética que tenían sus ancestros. El análisis de cientos de variedades antiguas ha mostrado miles de genes que ya no están presentes en los cultivos actuales, y algunos de ellos podrían ser clave para resistir las sequías, las enfermedades o las condiciones climáticas extremas.
Este problema se ha agravado por el monocultivo intensivo y la selección de unas pocas variedades comerciales. Aunque estas variedades ofrecen un gran rendimiento, también son más vulnerables a las amenazas globales, y en este sentido, recuperar la diversidad genética del pasado se ha convertido en una prioridad científica. Los bancos de semillas, como los inspirados en el trabajo del botánico ruso Nikolai Vavilov, representan una enorme y valiosa fuente de material genético que podría utilizarse para mejorar el trigo del futuro, algo de lo que hablábamos en el post “Los genes del trigo antiguo para garantizar el futuro trigo moderno”.
El avance en la secuenciación genética ha sido crucial en este proceso, el descifrado del genoma del trigo, tanto del trigo común (Triticum aestivum) como del trigo duro, ha permitido identificar los genes responsables de determinadas características clave, desde la resistencia a las enfermedades hasta la mejora de la calidad nutricional. También se ha descubierto que algunos genes ancestrales no han desaparecido, permanecen “silenciados”, lo que abre una puerta para reactivarlos mediante las nuevas técnicas de mejora genética.
Además, el estudio del genoma ha permitido detectar aspectos relevantes para la seguridad alimentaria como, por ejemplo, los genes implicados en la acumulación de metales pesados, pudiendo citar como ejemplo la identificación de un gen responsable de la acumulación de cadmio en el trigo, metal pesado clasificado por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) como un carcinógeno humano. Esto demuestra que la genética influye en la productividad, pero también en la calidad y la seguridad de los alimentos.

Paralelamente ha resurgido el interés por los llamados cereales antiguos, variedades que han permanecido prácticamente inalteradas durante miles de años. Cultivos como la espelta, el einkorn o el farro, destacan por su mayor diversidad genética, su resistencia natural y un perfil nutricional elevado, y su recuperación no sólo tiene valor agrícola, también cultural y gastronómico.
Los cereales antiguos suelen ser más ricos en proteínas, fibra, vitaminas y minerales, y en la mayoría de casos son más fáciles de digerir. También tienen una mayor capacidad de adaptación a las condiciones adversas como los suelos pobres en nutrientes o los climas extremos, lo que los convierte en una opción estratégica ante el cambio climático. Su cultivo también contribuye a diversificar los sistemas agrícolas, reduciendo la dependencia de un número limitado de especies (como información adicional recomendamos leer el post Recuperar cultivos olvidados).
En conjunto, los investigadores explican que la historia del trigo ilustra una paradoja fascinante, las mismas características que en el pasado garantizaron su éxito pueden ser hoy un obstáculo, mientras que los rasgos olvidados podrían ser la clave para la supervivencia en el futuro. Actualmente la ciencia busca equilibrar estos dos mundos para aprovechar la productividad de las variedades modernas sin perder la resiliencia de las variedades antiguas.
Se trata de un gran reto, la población mundial sigue creciendo, el clima se vuelve más impredecible y las enfermedades agrícolas evolucionan constantemente. Por estas razones, entender cómo el trigo pasó de ser una planta “guerrera” a un cultivo altamente optimizado, permite diseñar estrategias más inteligentes y sostenibles. No hay duda de que el futuro del trigo y el de la alimentación a nivel mundial, dependerá de la capacidad de integrar evolución, genética y biodiversidad en un modelo agrícola más resiliente.
Podéis conocer más detalles de la investigación a través de este artículo publicado en la página de la Universidad de Sheffield, y con más detalle en este otro publicado en la revista científica Current Biology.
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