
Hablar hoy de acuicultura sostenible obliga a mirar mucho más allá de las instalaciones donde se crían los peces. El pescado de cultivo puede desempeñar un papel importante en la alimentación mundial, pero su crecimiento plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando, para producir pescado, necesitamos capturar grandes cantidades de otros peces del océano?
En ese contexto aparece el reto de alimentar a los peces de acuicultura sin agotar los océanos, especialmente cuando determinadas especies requieren piensos elaborados con harina y aceite de pescado procedentes de capturas silvestres.
El debate no es nuevo. Desde hace años, investigadores y organizaciones ambientales advierten de la relación entre la expansión de la acuicultura y el uso de peces forraje para fabricar estos ingredientes. En 2026, un análisis de Changing Markets Foundation, realizado junto con investigadores de la Universidad de Columbia Británica, y un informe de la relatora especial de Naciones Unidas sobre cambio climático y derechos humanos han vuelto a colocar el problema en el centro del debate.
La acuicultura se ha convertido en una parte fundamental del suministro mundial de alimentos acuáticos. Según la FAO, en 2024 la producción acuícola de animales acuáticos alcanzó los 103 millones de toneladas, el 53 % de la producción mundial de animales acuáticos y más del 59 % de los alimentos acuáticos de origen animal.
La misma organización plantea, en su hoja de ruta Achieving SDG 2 without breaching the 1.5 °C threshold, aumentar al menos un 75 % la producción acuícola sostenible entre 2020 y 2040. El objetivo pretende responder al crecimiento de la demanda de productos acuáticos, mejorar la seguridad alimentaria y reducir la presión sobre algunas pesquerías. Sin embargo, el resultado dependerá en buena medida de cómo se consiga ese crecimiento.
No todas las especies de acuicultura necesitan el mismo tipo de alimentación ni tienen el mismo impacto ambiental. El salmón y el camarón, por ejemplo, se encuentran entre las especies cuya producción puede requerir piensos con una mayor proporción de ingredientes marinos.
Estos piensos pueden incluir harina y aceite de pescado obtenidos a partir de especies silvestres. Muchas son pequeños peces pelágicos, como sardinas, anchoas y otras especies que también tienen importancia para las comunidades costeras.
Conviene hacer una precisión: no toda la harina ni todo el aceite de pescado se fabrican con peces enteros capturados expresamente para ese fin. Una parte procede de recortes y subproductos de la industria pesquera. El problema que se discute aquí se concentra especialmente en la fracción de peces silvestres enteros que podrían tener un uso alimentario directo y que, sin embargo, se destinan a fabricar ingredientes para piensos.
Un análisis de Changing Markets Foundation, organización sin ánimo de lucro centrada en la sostenibilidad y el medio ambiente, realizado junto con investigadores de la Universidad de Columbia Británica (UBC), ha modelizado diferentes escenarios para alcanzar el crecimiento acuícola planteado por la FAO.
Si continúan las tendencias actuales, podrían llegar a utilizarse hasta 34,6 millones de toneladas de pescado silvestre al año para alimentar a los peces de cultivo en 2040. En un escenario en el que el crecimiento se concentre especialmente en especies que requieren más alimento, la cifra podría alcanzar los 41,4 millones de toneladas anuales, el equivalente al 46 % de las capturas mundiales de pescado silvestre registradas en 2020.

Estas cifras no son una predicción inevitable, sino el resultado de distintos escenarios de modelización. Precisamente, una de las conclusiones más importantes del análisis es que existen diferentes caminos para ampliar la acuicultura.
Una expansión más diversificada, basada en especies que requieren menos materias primas marinas, permitiría aumentar la producción reduciendo la presión sobre las pesquerías. Por tanto, el problema no es únicamente cuánto pescado de cultivo se produce, sino también qué especies se crían, con qué sistemas y con qué alimentación.
Cuando un pez alimenta a otro pez
El uso del pescado forraje para elaborar piensos no es algo nuevo. Hace ya varios años hablábamos de este problema y, en aquel momento, los expertos advertían de la estrecha relación entre el crecimiento de las piscifactorías y la captura de peces destinados a fabricar harinas y aceites.
Los peces forraje cumplen una función importante en los ecosistemas marinos. Son especies pequeñas, generalmente abundantes y situadas en niveles bajos de la cadena trófica, pero alimentan a otros peces, aves y mamíferos marinos. Cuando además se destinan a la fabricación de piensos, la cuestión no se limita a calcular cuántos kilos entran y cuántos salen del sistema. También importa qué nutrientes se pierden o se conservan en el proceso y quién tiene acceso a esos recursos. Sardinas, anchoas y otros pequeños peces pelágicos no son necesariamente especies sin interés para la alimentación humana. En algunas regiones constituyen una fuente importante de proteínas, micronutrientes y empleo.
El caso de Senegal ilustra bien esta tensión. Las fábricas de harina y aceite de pescado compiten con las comunidades locales por los mismos recursos pesqueros. Según los datos citados en el informe, entre 1999 y 2019 el consumo de pescado por persona en el país cayó en más de 10 kilos. Además, una investigación de Changing Markets Foundation estimó que cada año se destinaba a fabricar piensos una cantidad de pescado suficiente para alimentar a 33 millones de personas en África occidental. La cifra es una estimación sobre el potencial alimentario de esas capturas, no una cantidad de pescado que pudiera trasladarse directamente a los platos, pero ayuda a visualizar el conflicto.
La cuestión deja de ser exclusivamente ambiental y se convierte también en un problema social y de derechos humanos.
El informe de Elisa Morgera, relatora especial de Naciones Unidas sobre la promoción y protección de los derechos humanos en el contexto del cambio climático, establece una conexión entre los sistemas alimentarios, el clima y los derechos humanos.
El documento señala que la dependencia de la acuicultura industrial de la harina y el aceite de pescado procedentes de especies de valor nutricional puede generar preocupaciones por la disminución del acceso a los alimentos, especialmente en comunidades que dependen de la pesca a pequeña escala.

Esto significa que no basta con afirmar que la acuicultura produce más pescado. También hay que preguntarse qué cantidad de alimento genera realmente para las personas y quiénes tienen acceso a él.
En determinadas comunidades costeras, especialmente donde la pesca artesanal tiene un peso económico y alimentario importante, retirar grandes cantidades de pequeños peces del ecosistema puede tener consecuencias directas. Los pescadores pueden perder recursos, las mujeres dedicadas al procesamiento y la comercialización pueden perder ingresos y las poblaciones locales pueden encontrar más dificultades para acceder a alimentos nutritivos.
Los pescadores de pequeña escala no son un elemento secundario en esta cuestión. El informe de Naciones Unidas reclama dar prioridad a sistemas alimentarios que protejan los medios de subsistencia y los derechos de estas comunidades, al mismo tiempo que considera necesario transformar los sistemas alimentarios para reducir sus efectos sobre el clima y el medio ambiente.
¿Sustituir el pescado por ingredientes vegetales?
Buscar alternativas a la harina y al aceite de pescado parece, a primera vista, una solución evidente. Desde hace años se investiga el desarrollo de piensos elaborados a partir de vegetales, algas, bacterias, levaduras y otros ingredientes.
Algunas especies, como la tilapia, pueden adaptarse a dietas con una elevada proporción de ingredientes vegetales. De todo ello hablábamos en el post “En una acuicultura sostenible la dieta de los peces debe ser vegetariana”.
Pero sustituir automáticamente el pescado por ingredientes vegetales tampoco resuelve todos los problemas. Si esos cultivos proceden de sistemas agrícolas intensivos que utilizan grandes cantidades de fertilizantes, plaguicidas, agua y combustibles fósiles, parte del impacto puede desplazarse desde el mar hacia la tierra.
Por eso, no basta con cambiar un ingrediente del pienso. Es necesario analizar el origen de todas las materias primas, el sistema agrícola del que proceden, el agua y la energía utilizadas, el transporte y los efectos sobre los ecosistemas.
Una actividad integrada en un sistema alimentario
El informe de Naciones Unidas amplía la mirada a otros impactos de los sistemas alimentarios industrializados. En el caso de la acuicultura, menciona el deterioro de los manglares y la contaminación por antibióticos y plaguicidas, que pueden debilitar los ecosistemas y hacerlos menos resistentes a factores de estrés como el calentamiento del agua y los fenómenos meteorológicos extremos.
También aborda la dependencia de los sistemas alimentarios respecto a los combustibles fósiles, tanto para obtener energía como para fabricar fertilizantes, plaguicidas y plásticos.
En la acuicultura, esta dependencia puede aparecer en los piensos, en los tratamientos utilizados, en el transporte y en los materiales empleados durante la producción y la comercialización. Además, los plásticos que llegan a los ecosistemas acuáticos pueden degradarse y generar microplásticos y nanoplásticos capaces de incorporarse a las redes tróficas.
Todo ello obliga a abandonar la visión simplificada de la acuicultura como una actividad aislada. Una instalación acuícola forma parte de un sistema alimentario global e interconectado, que incluye la producción de piensos, la energía, el transporte, la transformación, la distribución y el consumo.

Por tanto, una acuicultura verdaderamente sostenible no debería limitarse a reducir el porcentaje de harina de pescado del pienso. Debería analizar toda la cadena de producción: el origen de las materias primas, la energía utilizada, el transporte, los productos químicos, los residuos, las emisiones y los efectos sobre los ecosistemas.
Qué acuicultura queremos hacer crecer
La acuicultura puede contribuir a la seguridad alimentaria y tendrá previsiblemente un papel importante en el futuro de la alimentación mundial. Pero el debate no debería reducirse a estar a favor o en contra del pescado de cultivo.
La cuestión fundamental es determinar qué modelos pueden crecer sin trasladar sus costes a los océanos, a otras comunidades o a las generaciones futuras.
El propio análisis de Changing Markets Foundation muestra que el aumento de la producción acuícola no conduce necesariamente a una mayor presión sobre los peces silvestres.
Existe una alternativa basada en una mayor diversificación y en especies que necesitan menos recursos marinos. Los moluscos y las algas, por ejemplo, no requieren el mismo tipo de pienso que las especies carnívoras, aunque cada sistema debe evaluarse teniendo en cuenta sus condiciones concretas y sus efectos ambientales.
En definitiva, la sostenibilidad no consiste sólo en producir peces de forma eficiente. También hay que conseguir que el alimento producido aporte beneficios reales a las personas, sin deteriorar los ecosistemas que hacen posible la propia alimentación.
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