La degradación del suelo ya está reduciendo la producción de alimentos

La sobreexplotación de los campos y el deterioro acelerado de la tierra, representan una amenaza directa para la seguridad alimentaria global. Según una nueva investigación, la degradación del suelo está reduciendo la producción de alimentos al incrementar la disparidad entre el rendimiento potencial y las cosechas reales. Este fenómeno impacta tanto en regiones vulnerables como en las grandes potencias agrícolas intensivas, generando pérdidas multimillonarias.

Degradación del suelo y producción de alimentos

La degradación del suelo ya está reduciendo la producción de alimentos a escala mundial. Así se concluye en un estudio publicado en la revista científica Nature Food, que aporta por primera vez una estimación mundial de la relación entre el deterioro de las tierras agrícolas y la llamada brecha de rendimiento de los cultivos, es decir, la diferencia entre lo que realmente se obtiene de un terreno y lo que podría conseguirse en condiciones realistas.

Los resultados muestran que de media, un aumento del 10% en la degradación del terreno se asocia a un incremento aproximado del 2% en esa brecha del rendimiento. Los investigadores calculan que las pérdidas relacionadas con la degradación representan unos 20 millones de toneladas de producción agrícola y 52 billones de kilocalorías, cantidad equivalente al aporte calórico anual de unos 71 millones de personas.

Un análisis global de la salud de la tierra

El trabajo realizado por los investigadores de las universidades de Bonn, Minnesota, Basilea y Hamburgo analiza una cuestión que llevaba años generando debate entre los científicos: ¿hasta qué punto el deterioro de las tierras agrícolas está perjudicando realmente a los rendimientos? La investigación resulta especialmente interesante porque no se limita a estudiar un tipo concreto de degradación ni a extrapolar los resultados obtenidos en pequeñas parcelas experimentales. En su lugar, se analizan más de 405.000 áreas de unos 10 kilómetros de lado y combina información sobre degradación, producción agrícola, condiciones ambientales, manejo de los cultivos y factores socioeconómicos.

Por tanto, el suelo deja de ser ese elemento aparentemente secundario que se encuentra debajo de los cultivos, pasando a ocupar un lugar central en las conversaciones sobre seguridad alimentaria. Claro, que no es una idea nueva: ya en 2015, cuando las Naciones Unidas declararon el Año Internacional de los Suelos, la FAO insistía apuntando que unos suelos sanos son la base del sistema alimentario y que su calidad está directamente relacionada con la cantidad y calidad de los alimentos que podemos producir, y así se puede observar en el post Infografía: Los Suelos Sanos son la Base para la Producción de Alimentos Sanos.

Cinco dimensiones de la degradación agrícola

Lo que aporta ahora este nuevo estudio es una dimensión cuantitativa que permite entender mejor la magnitud del problema. Los investigadores no consideran sólo la erosión; su análisis integra cinco dimensiones de la degradación: la erosión del suelo, la compactación provocada entre otras causas por el uso de la maquinaria, la pérdida de carbono orgánico, el déficit de agua del suelo y la disminución de la cubierta arbórea. Aunque se trata de procesos diferentes, todos pueden terminar afectando a la capacidad de una tierra para sostener una producción agrícola elevada.

La metodología también merece atención porque ayuda a interpretar correctamente los resultados. Los expertos compararon las condiciones actuales con referencias históricas y utilizaron el concepto de ‘deuda’ de degradación para medir cuánto se habían alejado determinadas tierras de sus anteriores condiciones. No asumieron que esas condiciones históricas fueran necesariamente las mejores para cultivar, pero las utilizaron como referencia para identificar los cambios acumulados a largo plazo.

Para calcular el déficit de rendimiento tampoco utilizaron un rendimiento agrícola teórico que sólo sería posible conseguir en condiciones ideales. Compararon los rendimientos observados con los rendimientos más altos registrados en zonas con condiciones similares, concretamente el 5% superior de los casos analizados. De esta manera, el estudio intenta aproximarse a lo que realmente podrían conseguir los agricultores en condiciones favorables, en vez de tomar como referencia un máximo puramente experimental.

Gestionar el suelo para garantizar la seguridad alimentaria

Relación directa entre degradación y pérdidas de cosechas

Los datos corresponden aproximadamente al año 2010 y abarcan diez cultivos fundamentales: trigo, maíz, arroz, cebada, sorgo, mandioca, soja, colza, palma aceitera y caña de azúcar. En conjunto, estos cultivos representan alrededor del 83% de la producción mundial de calorías. Y aquí aparece uno de los resultados más relevantes: una vez que los investigadores tuvieron en cuenta factores que también pueden influir en la producción (clima, tipo de suelo, topografía, fertilizantes, pesticidas, riego, mano de obra, mecanización y determinadas variables socioeconómicas), encontraron una asociación estadísticamente significativa entre una mayor degradación y una mayor brecha de rendimiento.

En su modelo de referencia, un incremento del 10% en la degradación total se asoció con un aumento del 1,75% en la brecha de rendimiento, mientras que las distintas especificaciones del modelo situaron la estimación aproximadamente entre el 1,18% y el 1,88%. Esto explica por qué la cifra divulgativa de «un 2%» resulta útil para comprender el estudio, aunque científicamente sea más preciso hablar de una asociación aproximada del 1,75% en el modelo principal. Tampoco significa que cada campo que experimente un 10% más de degradación vaya a producir exactamente un 2% menos. La respuesta cambia considerablemente según la región y las características del sistema agrícola.

De hecho, algunas de las zonas donde el efecto estimado es mayor se encuentran en grandes regiones agrícolas del mundo, como el norte y sur de India, el noreste de China, el Medio Oeste de Estados Unidos y determinadas áreas de América Central y del Sur, especialmente el norte de Argentina. En determinadas zonas de la Tierra, un aumento del 10% de la degradación se relaciona con incrementos de la brecha de rendimiento mucho mayores que la media mundial.

La paradoja de la intensificación agrícola

Hay una conclusión especialmente interesante porque rompe con la idea de que la degradación del suelo es principalmente un problema de los países pobres. El estudio determina que también afecta a los sistemas agrícolas de los países desarrollados, y que los mayores impactos asociados a la degradación aparecen con frecuencia en sistemas agrícolas intensivos y altamente productivos. Son sistemas que han sido optimizados durante décadas para obtener grandes cosechas, y que precisamente por haber eliminado muchas otras limitaciones, pueden resultar especialmente sensibles a pequeños deterioros de las condiciones del suelo.

Esto plantea una paradoja: la intensificación agrícola ha permitido producir enormes cantidades de alimentos, pero cuando se realiza sin una adecuada conservación de los recursos naturales, puede terminar debilitando la base sobre la que se sostiene esa productividad. El propio estudio señala que las prácticas intensivas mantenidas durante largos periodos de tiempo pueden convertirse en una fuente de degradación. Por eso los autores del estudio plantean que la intensificación del futuro debe ser sostenible desde el principio, e integrar agricultura de conservación y una gestión integrada de la fertilidad del suelo.

La idea conecta directamente con algo que nosotros señalamos desde hace años. En este post hablábamos de que la sostenibilidad alimentaria no consiste únicamente en elegir determinados productos, sino también en prestar atención a su origen, a cómo se cultivan y a los recursos naturales necesarios para producirlos. Entre los problemas asociados al actual sistema alimentario mencionábamos precisamente la degradación del suelo, la escasez de agua y la pérdida de biodiversidad.

Mejorar la productividad con una gestión eficiente de las tierras de cultivo

En los últimos años también ha cobrado fuerza la agricultura regenerativa, aunque conviene utilizar este concepto con cierta prudencia. Recordemos que este enfoque busca restaurar la salud del suelo, la biodiversidad y el ciclo del agua, y que suele incluir prácticas como reducir la labranza, utilizar cultivos de cobertura, rotar los cultivos e incluir determinados sistemas de pastoreo. Al mismo tiempo, advertíamos de que todavía no existe una definición jurídica común de agricultura regenerativa, por lo que el término puede utilizarse con significados muy diferentes y existe riesgo de greenwashing, «lavado verde» o «ecopostureo».

Datos globales e impacto socioeconómico

La FAO proporciona actualmente una perspectiva que encaja con las conclusiones del estudio. En su informe sobre el estado de los recursos de la tierra y el agua del 2025, señala que más del 60% de la degradación de las tierras causada por el ser humano se produce en tierras agrícolas, mientras que la agricultura utiliza más del 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. Los expertos de la FAO consideran que tierra, suelo y agua son la base de la producción agrícola y de la seguridad alimentaria.

La importancia del suelo tampoco se limita a la cantidad de alimentos, ya que un suelo en buenas condiciones contribuye a almacenar agua, filtrar contaminantes, mantener la biodiversidad y almacenar el carbono. La FAO señala que aproximadamente el 95% de nuestros alimentos procede de la tierra, y que los suelos saludables son fundamentales tanto para la producción de alimentos como para la regulación del agua, el almacenamiento del carbono y la resiliencia frente al cambio climático.

La conexión entre el suelo y la alimentación es mucho más profunda de lo que puede parecer cuando hablamos sólo de toneladas de cereales, de frutas u hortalizas. Cuando un suelo pierde estructura, materia orgánica, agua o capacidad productiva, no sólo desaparece una propiedad del terreno, también se reduce la capacidad del sistema alimentario para producir de manera estable en el futuro.

Consecuencias de la agricultura intensiva

El estudio ofrece, además, una cifra que ayuda a poner el problema en perspectiva económica: según los expertos, por cada aumento del 1% en la degradación total, se calculan unas pérdidas globales de aproximadamente 2 millones de toneladas de producción agrícola al año, así como más de 433 millones de dólares de ingresos agrícolas anuales. Traducido a alimentos, ese 1% adicional de degradación se asocia con una pérdida anual de calorías que equivale a las necesidades de unos 7,1 millones de personas.

Si se extrapola esa relación, una reducción del 10% en la degradación permitiría recuperar una cantidad de producción en torno a los 20 millones de toneladas estimadas por el estudio, y una disponibilidad calórica equivalente a las necesidades de unos 71 millones de personas. Es importante entender que esta cifra representa un cálculo basado en la relación estadística encontrada por los investigadores; no se trata de una promesa que indique que cualquier programa de restauración vaya a alimentar automáticamente a 71 millones de personas.

Limitaciones de la investigación y soluciones a futuro

Hay que decir que los autores del estudio reconocen limitaciones importantes. Su análisis no puede incluir todos los procesos de degradación existentes a escala mundial, por ejemplo, la salinización, los desequilibrios de nutrientes y el agotamiento de nutrientes del suelo no pudieron cuantificarse de forma suficientemente homogénea y detallada para incluirlos al modelo global. Los investigadores consideran que algunos de estos efectos podrían estar parcialmente recogidos de forma indirecta, pero advierten que serán necesarios nuevos datos y estudios para avanzar hacia una identificación más clara de las relaciones causales.

Esta cuestión es importante porque evita convertir un resultado científico complejo en un mensaje demasiado sencillo. El estudio no dice que restaurar un 10% de los suelos degradados vaya a resolver el problema mundial del hambre, lo que demuestra es que la degradación histórica de las tierras agrícolas ya está asociada a una pérdida medible de productividad, y que restaurar y conservar esos recursos constituye una oportunidad real para reducir las pérdidas del rendimiento de los cultivos.

La FAO y otros organismos internacionales están promoviendo desde hace años estrategias de gestión sostenible y restauración de los suelos y destacan la necesidad de integrar la gestión de la tierra, el suelo y el agua, mientras que la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD) considera la restauración de las tierras agrícolas una herramienta para aumentar la seguridad alimentaria y reducir la presión sobre ecosistemas naturales.

La UNCCD calcula, además, que restaurar 150 millones de hectáreas de tierras agrícolas degradadas podría generar importantes beneficios económicos y contribuir a mejorar la seguridad alimentaria de unos 200 millones de personas. Por tanto, la restauración del suelo no debe verse únicamente como una actuación ambiental; también puede ser una inversión productiva, económica y social.

En este contexto resulta especialmente significativo que la solución no dependa exclusivamente de una nueva tecnología. Sensores, inteligencia artificial, satélites, maquinaria de precisión y nuevas variedades de alimentos pueden ayudar a utilizar mejor los recursos, pero no sustituyen la necesidad de mantener la fertilidad, la estructura y la capacidad de retención del agua del suelo. El estudio apuesta precisamente por combinar la productividad y la conservación, evitando repetir el modelo de sobreexplotación que termina deteriorando la base natural de la agricultura.

Mejorar la gestión de la tierra y los recursos para mejorar la productividad alimentaria

El papel del consumidor y la sostenibilidad

Para quienes estamos al otro extremo de la cadena alimentaria (consumidores), todo esto puede parecer lejano, pero no lo es. Cada tomate, cada cereal, cada legumbre, cada fruta, etc., depende de una tierra capaz de producirlos año tras año. Hablar de gastronomía sostenible también significa hablar de agricultores, de agua, de biodiversidad, de fertilidad del suelo y de formas de producción que permitan seguir disponiendo de buenos alimentos en el futuro. Nosotros ya relacionábamos esta cuestión con el concepto de gastronomía sostenible y con la necesidad de prestar atención al origen de los alimentos y a la forma en la que se producen.

El mensaje de este estudio es claro: aunque sus implicaciones sean enormes, la tierra agrícola no es una fábrica infinita de alimentos; puede producir mucho durante décadas, pero esa productividad tiene una base física y biológica que puede deteriorarse. La degradación del suelo ya está dejando una huella que es cuantificable en los rendimientos agrícolas y, por extensión, en la cantidad de alimentos y recursos económicos que genera la agricultura.

Cuidar el suelo agrícola no significa renunciar a producir más, significa encontrar la manera de producir sin consumir progresivamente la capacidad productiva de la tierra, pudiendo ser una de las claves para que la agricultura del futuro sea capaz de alimentar a una población creciente sin depender de ampliar indefinidamente la superficie cultivada.

Podéis conocer todos los detalles del estudio al completo a través de este artículo publicado en la revista científica Nature Food.

Crédito imágenes | Depositphotos.com

Gastronomía y Cia - Mar Gavilán y Javier Muniesa

Mar Gavilán y Javier Muniesa

En 2005, fundamos el primer blog gastronómico colaborativo en España, que rápidamente se convirtió en un referente en el ámbito gastronómico. En 2008, dimos un paso adelante y creamos Gastronomía & Cía de manera independiente. Para nosotros, ha sido un sueño hecho realidad combinar nuestras pasiones por la gastronomía, la creatividad y la divulgación. Ahora nuestro objetivo es inspirar, informar, deleitar y conectar con todos los entusiastas de la cocina.

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