
Las nuevas normas para el etiquetado «puede contener» en los alimentos marcan un antes y un después en la información que reciben millones de personas que tienen alergias alimentarias. La Comisión del Codex Alimentarius (organismo creado por la FAO y la Organización Mundial de la Salud (OMS)) ha aprobado unas directrices internacionales destinadas a que este tipo de advertencias sólo se utilicen cuando exista un riesgo real, evaluado científicamente, que no se usen como una simple medida preventiva adoptada por los fabricantes.
Se trata de un cambio de gran importancia para la industria alimentaria, las autoridades reguladoras y los consumidores que dependen del etiquetado alimentario para decidir qué productos pueden consumir con seguridad.
Las alergias alimentarias afectan en la actualidad a un 4,3% de la población mundial y sus consecuencias pueden variar desde síntomas leves, hasta episodios de anafilaxia que pueden ser potencialmente mortales. Para las personas que tienen una alergia alimentaria, una simple frase como «puede contener trazas de…» puede ser determinante en la elección de un producto alimenticio, sin embargo, durante años este tipo de advertencias se ha utilizado de forma muy desigual entre los países, los fabricantes e incluso entre productos similares, lo que genera incertidumbre y reduce la confianza de los consumidores.
Precisamente esa falta de uniformidad es la que pretende corregir el Codex Alimentarius con las nuevas directrices, aprobadas durante la 49ª sesión de la Comisión celebrada en Ginebra entre los días 6 y 10 de julio de 2026. A partir de ahora, el objetivo es que las declaraciones precautorias sobre alérgenos respondan a una evaluación científica del riesgo y no sustituyan a unas correctas prácticas de fabricación o de gestión de los alérgenos dentro de las instalaciones de producción.
La decisión del Codex no es algo que surja de la nada, en realidad supone la culminación de años de investigaciones que venían advirtiendo de un uso excesivo e incluso injustificado del conocido mensaje «puede contener». Ya en 2014, un estudio elaborado por la Agencia de Normas Alimentarias del Reino Unido (FSA) ponía de manifiesto que muchas empresas recurrían a esta advertencia con demasiada facilidad. Tras analizar 1.016 muestras de alimentos de 12 categorías distintas, los investigadores comprobaron que casi la mitad de los alimentos que incluían el mensaje no contenían ningún resto detectable de los alérgenos sobre los que advertían.

Esa conclusión resultó especialmente llamativa porque evidenciaba un doble problema, ya que por un lado los fabricantes estaban restringiendo innecesariamente las opciones de compra de las personas alérgicas, y por otro, el uso indiscriminado de estas advertencias podía provocar el efecto contrario al deseado, es decir, que algunos consumidores terminaran restándoles importancia a las advertencias y dejaran de prestarles atención. Los investigadores británicos insistían apuntando que el etiquetado precautorio debía utilizarse únicamente cuando una evaluación del riesgo demostrara que existía una posibilidad real de contaminación cruzada. En caso contrario, la advertencia dejaba de aportar información útil y pasaba a convertirse en una fórmula genérica utilizada para reducir las responsabilidades legales.
El problema del abuso del «puede contener» no consiste únicamente en que algunos consumidores renuncien a alimentos que realmente serían seguros para ellos, también afecta a la credibilidad del sistema de etiquetado. Cuando una persona alérgica encuentra esta advertencia en una gran cantidad de productos y comprueba repetidamente que muchos de ellos no le producen ninguna reacción, puede llegar a pensar que el mensaje responde más a una estrategia de protección jurídica del fabricante, que a un riesgo real. Esa pérdida de confianza aumenta la probabilidad de que en algún momento se ignore una advertencia que sí responde a un peligro verdadero.
Las nuevas directrices del Codex buscan precisamente poner fin a esta situación. De acuerdo con el nuevo enfoque internacional, las advertencias precautorias sólo podrán utilizarse cuando la empresa haya implantado todas las medidas necesarias para prevenir la contaminación cruzada y, pese a ello, una evaluación científica demuestre que persiste un riesgo residual que no puede eliminarse completamente.
Dicho de otro modo, la advertencia deja de ser una herramienta de uso generalizado para convertirse en el último recurso cuando las buenas prácticas de fabricación no consiguen reducir totalmente la presencia accidental de un determinado alérgeno.
Cómo se producen las trazas de alérgenos
La contaminación cruzada puede producirse incluso cuando un determinado ingrediente no forma parte de la receta de un alimento. Un ejemplo habitual es el de una tableta de chocolate que no integra frutos secos entre sus ingredientes, pero esta tableta se fabrica en la misma línea de producción donde anteriormente se elaboraron chocolates con almendras, avellanas o cacahuetes. Aunque la maquinaria se limpie siguiendo los protocolos establecidos, siempre existe la posibilidad de que permanezcan cantidades microscópicas de los alérgenos.
Lo mismo puede ocurrir durante el almacenamiento de las materias primas, el transporte, la manipulación de los ingredientes o el uso compartido de silos, cintas transportadoras, mezcladoras o utensilios de trabajo. Productos como la harina, la leche en polvo, el sésamo o distintos frutos secos, pueden transferirse accidentalmente entre las distintas elaboraciones.
Es por estos casos que nació el etiquetado precautorio, sin embargo, durante años muchas empresas optaron por utilizar la advertencia de forma sistemática ante cualquier mínimo riesgo y sin haber realizado una evaluación científica que justificara realmente la inclusión del mensaje.
Las nuevas directrices han sido integradas como un anexo de la Norma General para el Etiquetado de los Alimentos Preenvasados (CXS 1-1985), uno de los textos de referencia más importantes del Codex Alimentarius, y su finalidad es establecer un modelo armonizado basado en la ciencia y en la evaluación del riesgo, que pueda servir de referencia para gobiernos, organismos de control y para la industria alimentaria en todo el mundo.

El documento deja claro que las advertencias precautorias no pueden sustituir unas adecuadas prácticas de fabricación. Antes de incluir un «puede contener», las empresas deberán demostrar que han implantado sistemas eficaces de gestión de alérgenos, procedimientos de limpieza adecuados, medidas para evitar la contaminación cruzada y controles que reduzcan al máximo la presencia accidental de ingredientes alergénicos. Sólo cuando tras aplicar todas esas medidas, persista un riesgo residual científicamente demostrado, estará justificado recurrir a este tipo de etiquetado.
Para elaborar estas recomendaciones la FAO y la Organización Mundial de la Salud, han celebrado durante los últimos años siete consultas internacionales con comités de expertos, en las que se ha revisado toda la evidencia científica disponible sobre los umbrales de exposición y la gestión de riesgos asociados a los alérgenos alimentarios. El resultado es un marco común que pretende eliminar las diferencias existentes entre los países y favorecer unas decisiones mucho más consistentes.
La preocupación por el abuso del etiquetado precautorio tampoco era exclusiva del Reino Unido, recordemos que en 2015 trascendieron los resultados de diversas actuaciones llevadas a cabo por las autoridades alimentarias de Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia, que habían iniciado años antes una campaña conjunta para comprobar cómo estaban utilizando las empresas el conocido mensaje «Puede contener trazas de…«, de todo ello hablábamos en el post “Uso innecesario de “puede contener” en las etiquetas alimentarias de los países nórdicos”.
Las inspecciones que se realizaron mostraron una situación preocupante, y es que aproximadamente uno de cada cinco alimentos analizados incluía la mencionada advertencia, sin que existiera una evaluación exhaustiva que justificara la existencia de un riesgo real de contaminación cruzada. El Consejo Nórdico de Ministros calificó aquellos resultados como especialmente graves, ya que suponían una limitación injustificada para miles de consumidores alérgicos, a esto hay que añadir que el uso indiscriminado de estas leyendas podía reducir progresivamente su credibilidad.
Los expertos insistían entonces en una idea que hoy vuelve a recoger el Codex Alimentarius, que la protección de las personas con alergias alimentarias no pasa por llenar los envases de advertencias preventivas, sino por implantar procesos de producción que reduzcan realmente el riesgo y utilizar el etiquetado únicamente cuando sea realmente necesario. En aquel entonces se anunciaron campañas de inspección más rigurosas para comprobar si las empresas habían corregido la situación, entre otras medidas, se planteó analizar el origen de determinados ingredientes, verificar los protocolos de limpieza y revisar las evaluaciones internas de riesgo realizadas por los propios fabricantes.
Gestionar correctamente los alérgenos alimentarios
La contaminación cruzada es uno de los mayores desafíos para la industria alimentaria moderna, muchas fábricas elaboran diferentes productos utilizando las mismas líneas de producción, lo que obliga a implantar sistemas muy estrictos para evitar que pequeñas cantidades de un ingrediente pasen accidentalmente de un alimento a otro.
Para minimizar estos riesgos existen numerosas medidas preventivas, entre ellas destacan la planificación adecuada de las órdenes de fabricación, separando la producción de alimentos con y sin alérgenos, el uso de barreras físicas que eviten la dispersión de partículas, la correcta identificación de los utensilios y los equipos, la limpieza validada de maquinaria e instalaciones, el almacenamiento independiente de materias primas, y la formación continua del personal encargado de la producción.
Estas prácticas forman parte de los sistemas de gestión de alérgenos que desde hace años recomiendan tanto las autoridades sanitarias como los organismos internacionales. Las nuevas directrices del Codex refuerzan precisamente esta filosofía: primero debe reducirse el riesgo mediante buenas prácticas y sólo después valorar si sigue siendo necesario incorporar una advertencia precautoria.
Pero, a pesar de los avances normativos registrados durante la última década, diversos estudios han demostrado que el problema continúa presente. En 2018 una investigación realizada en el Reino Unido volvió a poner de manifiesto importantes deficiencias en el etiquetado de los alimentos envasados. Tras analizar productos alimenticios relacionados con reacciones alérgicas accidentales sufridas por consumidores, los investigadores comprobaron que el 37 % contenía entre uno y cuatro alérgenos que no aparecían declarados correctamente en la etiqueta.

Los resultados eran especialmente preocupantes porque no sólo delataban un uso incorrecto del mensaje «puede contener», también la ausencia de información obligatoria sobre los ingredientes alergénicos presentes en determinados alimentos. Los investigadores encontraron casos en los que los fabricantes advertían sobre posibles trazas de cacahuete, huevo o soja, que finalmente no aparecían en los análisis. También detectaron la situación contraria, alimentos que no incluían ninguna advertencia precautoria y que sí contenían cantidades detectables de algunos alérgenos.
Esta combinación de falsos avisos y omisiones representa uno de los mayores riesgos para las personas con alergias alimentarias, ya que dificulta enormemente la elección de productos alimenticios seguros y aumenta la probabilidad de sufrir reacciones accidentales. Los expertos apuntaron, además, que muchas pequeñas y medianas empresas necesitaban una mayor orientación sobre cuándo debía utilizarse realmente el etiquetado precautorio y cómo implantar sistemas eficaces de control de alérgenos dentro de sus instalaciones.
La aprobación de estas nuevas directrices supone un paso importante hacia la armonización internacional del etiquetado de alérgenos. Aunque las normas del Codex Alimentarius tienen carácter voluntario (algo que debería cambiarse a obligatorio), constituyen la referencia internacional utilizada por numerosos países para desarrollar su legislación alimentaria, siendo un punto de apoyo fundamental en el comercio internacional de alimentos.
En la práctica, disponer de unos criterios científicos comunes permitirá que fabricantes, autoridades sanitarias y organismos de control, hablen el mismo lenguaje a la hora de determinar cuándo está justificado utilizar un etiquetado precautorio. Esto contribuirá a reducir las diferencias que existen actualmente entre los países y ofrecer a los consumidores una información mucho más fiable.
Además, las nuevas recomendaciones complementan otros documentos ya desarrollados por el Codex, como las normas sobre la declaración obligatoria de alérgenos y el Código de Prácticas para la Gestión de Alérgenos Alimentarios por parte de las empresas alimentarias, reforzando una línea de trabajo basada en la prevención y el análisis del riesgo.
Uno de los principales objetivos de la FAO y la OMS es recuperar la confianza en un mensaje de advertencia que con el paso de los años había perdido parte de su credibilidad debido al abuso de uso. Cuando una advertencia aparece únicamente porque existe un riesgo residual demostrado científicamente, el consumidor sabe que debe tomársela realmente en serio. Del mismo modo, cuando esa advertencia no figura en el envase, puede confiar en que el fabricante ha aplicado todas las medidas razonables para evitar la presencia accidental de los alérgenos.
Este nuevo planteamiento también beneficia a la propia industria alimentaria, ya que muchas empresas llevaban tiempo reclamando criterios internacionales claros, que les permitieran decidir cuándo utilizar el etiquetado precautorio sin depender de diferentes interpretaciones según el país o la autoridad competente. La existencia de un marco armonizado facilita el cumplimiento normativo, reduce la inseguridad jurídica y favorece el comercio internacional de los alimentos.
De todos modos, la implantación efectiva de estas recomendaciones requerirá inversiones en sistemas de gestión de alérgenos, validación de los procesos de limpieza, la formación del personal y unas evaluaciones periódicas del riesgo. Es probable que para algunas empresas, especialmente las más pequeñas, este proceso suponga un esfuerzo adicional, pero a largo plazo también puede traducirse en una mejora de la calidad y la seguridad de sus productos alimenticios.
Podéis conocer todos los detalles de las nuevas directrices a través de este artículo publicado en la página de la FAO, y en este documento (Pdf) de la Comisión del Codex Alimentarius.







