
La desinformación alimentaria ya no se limita a los bulos que circulan por internet. Puede aparecer en una etiqueta, en una campaña publicitaria, en un vídeo de TikTok e incluso en un mensaje aparentemente informativo publicado por un influencer. El problema es que muchas veces no estamos ante una mentira evidente, sino ante mensajes que mezclan datos ciertos con exageraciones, omisiones o insinuaciones capaces de llevar al consumidor a conclusiones que la evidencia científica no permite sostener. El debate sobre cómo el marketing alimentario puede deslizarse hacia la desinformación pone precisamente la atención en esa zona gris.
Uno de los proyectos europeos que está estudiando este fenómeno es INFOODMATION, una iniciativa financiada por la Unión Europea, iniciada en 2025 y coordinada por el European Food Information Council (EUFIC). Su objetivo es analizar cómo los medios de comunicación, las redes sociales y las distintas formas de marketing influyen en las elecciones alimentarias y cómo puede mejorarse la comunicación para favorecer dietas más saludables y sostenibles. El proyecto se desarrollará hasta finales de 2027.
Proyecto INFOODMATION de EUFIC
La investigación de INFOODMATION ha analizado 322 ejemplos potencialmente engañosos de comunicación alimentaria recopilados en 13 países europeos, además de más de 540.000 publicaciones realizadas por influencers en 16 países, de las que unas 24.000 estaban relacionadas con la alimentación. La dimensión del análisis permite comprender que el problema no consiste sólo en detectar afirmaciones completamente falsas, sino también en estudiar cómo se construyen y distribuyen mensajes capaces de modificar nuestra percepción sobre qué alimentos son saludables, seguros o recomendables.
La parte más complicada del problema aparece cuando una afirmación contiene una parte de verdad. Por ejemplo, un alimento puede ser local, pero de ahí no se desprende necesariamente que sea siempre mejor desde el punto de vista nutricional, medioambiental o cultural. Del mismo modo, que un producto contenga un ingrediente considerado saludable no significa automáticamente que el alimento en su conjunto tenga unas características nutricionales especialmente buenas.
Esta forma de comunicación resulta eficaz porque no necesita inventar completamente los hechos. Basta con seleccionar una característica positiva, exagerar su importancia y dejar fuera el contexto que permitiría al consumidor interpretarla correctamente y, probablemente, llegar a un juicio diferente.

El proyecto INFOODMATION señala tres vías especialmente relevantes. Una consiste en utilizar premios, certificaciones o reconocimientos que parecen proceder de una autoridad independiente, de modo que el consumidor puede interpretar ese distintivo como una garantía que quizá no sea tan sólida como parece. Otra aparece cuando una comunicación comercial adopta la apariencia de información editorial independiente, sin dejar suficientemente clara la existencia de una relación económica. La tercera vía recurre a los mensajes muy emocionales, como advertencias sobre alimentos supuestamente tóxicos o peligrosos, pero también apelaciones a la tradición, la pureza, lo natural o la nostalgia. En todos estos casos existe un elemento común: se intenta orientar la interpretación del consumidor antes de que este pueda valorar adecuadamente las pruebas disponibles.
Ya sabemos que no es un problema nuevo. Recordemos, por ejemplo, que en 2017 la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) denunciaba el uso de términos como «natural», «casero», «artesano» y «tradicional» en determinados alimentos. Tras analizar 25 productos, la organización consideró que algunas de estas menciones podían inducir a error porque atribuían características que no se correspondían con la composición o la elaboración real del producto. La OCU trasladó entonces sus conclusiones a la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN), que consideró que este tipo de uso no se ajustaba al marco de prácticas informativas leales establecido por la normativa europea.
Esta cuestión resulta especialmente interesante porque palabras aparentemente inocentes pueden generar una percepción concreta. «Artesano» puede sugerir una elaboración manual, «casero» se interpreta como una receta similar a la preparada en un hogar y «natural» puede asociarse con un alimento poco procesado o más saludable. Sin embargo, ninguna de esas asociaciones debería darse automáticamente por válida sin comprobar qué significa realmente la afirmación y qué contiene el producto. Por ello, leer la lista de ingredientes continúa siendo una herramienta mucho más útil que dejarse llevar únicamente por las palabras destacadas en la parte frontal del envase.
Las redes sociales convierten el mensaje emocional en una ventaja
El escenario se vuelve más complejo cuando la comunicación alimentaria abandona el envase y llega a las redes sociales. En este entorno, los contenidos compiten fundamentalmente por captar la atención y los mensajes breves, contundentes y emocionales tienen una ventaja considerable frente a las explicaciones científicas llenas de matices. Una explicación sobre nutrición puede necesitar varios minutos para aclarar la relación entre un alimento, una cantidad, el conjunto de la dieta y las características individuales de una persona. En cambio, un vídeo que asegura que determinado alimento «te intoxica» o que otro es capaz de «desintoxicarte» puede transmitir su idea en pocos segundos.
La investigación de la Universidad Médica de Viena ofrece un ejemplo especialmente significativo. Un equipo del Center for Public Health analizó publicaciones de seis influencers de habla alemana en TikTok, Instagram y YouTube, cuyos contenidos alcanzaban conjuntamente a más de 35 millones de seguidores y suscriptores. El análisis se centró en publicidad dirigida a menores de entre 13 y 17 años. El 75 % de los alimentos y bebidas anunciados presentaba unos niveles de grasas, sal o azúcar que, de acuerdo con los criterios de la Organización Mundial de la Salud utilizados en el estudio, impedían que se comercializaran publicitariamente entre los niños. Además, la mayoría de las publicaciones no estaban identificadas claramente como publicidad.

Esto introduce una cuestión fundamental: el consumidor puede no percibir que está ante una estrategia de marketing. Cuando un producto aparece integrado en la vida cotidiana de una persona a la que seguimos, la frontera entre la recomendación personal y la publicidad puede resultar mucho menos evidente.
Claro que la influencia tampoco funciona únicamente mediante anuncios. Las redes sociales crean una percepción de lo que hace y aprueba nuestro entorno. Una investigación de la Universidad de Aston con 369 estudiantes universitarios encontró que las normas percibidas sobre el consumo de frutas y verduras entre los usuarios de Facebook se asociaban positivamente con el consumo propio de estos alimentos. También se observó una relación entre la percepción de aprobación hacia los alimentos de alta densidad energética y un mayor consumo de snacks y bebidas azucaradas. Sin embargo, no se encontró una relación significativa con el índice de masa corporal, y los propios investigadores señalaron la necesidad de seguir estudiando los efectos a largo plazo.
El dato importante no es solamente que alguien nos diga qué debemos comer, también importa lo que percibimos que comen los demás. Las imágenes, vídeos y publicaciones pueden contribuir a construir una norma social. Si parece que nuestro entorno consume determinados alimentos, podemos percibirlos como más normales o aceptables.
Esta transformación adquiere todavía más importancia entre las generaciones jóvenes. Una encuesta difundida en 2025 por Fruit Juice Science Centre y realizada entre más de 8.000 europeos señaló que el 32 % de los jóvenes de 18 a 24 años recurría a redes sociales como TikTok o Instagram para obtener consejos relacionados con la salud, porcentaje que aumentaba al 35 % cuando se trataba específicamente de nutrición y alimentación.
El dato debe interpretarse con cierta cautela porque procede de una plataforma vinculada específicamente al sector del zumo de fruta, como ya comentamos en su momento. Precisamente por ello, resulta importante aplicar al propio estudio el criterio que se reclama para el resto de la comunicación alimentaria: conocer quién financia o difunde la información, qué intereses puede tener y contrastar sus conclusiones con fuentes independientes. Esta precaución no significa descartar automáticamente una información por su procedencia, sino comprender que la transparencia sobre los intereses es parte esencial de una comunicación fiable.

En las redes sociales abundan además los mensajes que convierten cuestiones nutricionales complejas en respuestas absolutas. Aparecen alimentos presentados como imprescindibles, productos que supuestamente eliminan toxinas o dietas capaces de producir transformaciones extraordinarias en muy poco tiempo. El problema de estos mensajes no reside únicamente en que puedan ser falsos. En ocasiones, una cuestión real se simplifica tanto que acaba produciendo una conclusión equivocada.
La inteligencia artificial añade una nueva capa de complejidad
A esta situación se suma ahora la inteligencia artificial generativa. Los chatbots pueden facilitar enormemente el acceso a la información, pero también pueden ofrecer respuestas convincentes cuando la evidencia es limitada o cuando la pregunta parte de una premisa equivocada.
En el contexto de INFOODMATION se advierte precisamente de este riesgo y se plantea la necesidad de que los textos generados por inteligencia artificial sobre nutrición, salud o sostenibilidad sean tratados como borradores que requieren una revisión humana. Las afirmaciones deberían poder rastrearse hasta fuentes fiables y los mensajes relacionados con salud, nutrición o sostenibilidad deberían someterse a controles especializados.
Esto es especialmente relevante porque la forma de presentar una respuesta puede transmitir una seguridad mayor de la que realmente permite la evidencia. Una respuesta perfectamente redactada no equivale necesariamente a una respuesta científicamente correcta. La recomendación tanto para las empresas como para los consumidores es sencilla: pedir las fuentes, comprobarlas y desconfiar especialmente de las afirmaciones demasiado rotundas o comercialmente convenientes.
El reto para las marcas: comunicar bien sin renunciar a captar atención
El problema no se resuelve pidiendo que toda la comunicación alimentaria sea aburrida, ya que la ciencia puede explicarse de manera atractiva. De hecho, uno de los desafíos actuales consiste precisamente en trasladar información rigurosa a formatos que las personas realmente consumen. INFOODMATION plantea la necesidad de desarrollar mejores prácticas para gobiernos, empresas y sociedad civil, así como recomendaciones y herramientas que permitan mejorar la comunicación alimentaria.
La Comisión Europea explica que el proyecto estudiará también las políticas y marcos regulatorios relacionados con la información alimentaria y prestará especial atención a colectivos vulnerables como los niños, los adolescentes y las personas con un nivel socioeconómico bajo.

Para las empresas, la responsabilidad empieza antes de publicar una campaña. Los equipos científicos, técnicos, regulatorios y de comunicación deberían participar desde las primeras fases y no cuando ya está creada una afirmación llamativa que resulta difícil modificar. Las colaboraciones con influencers también deberían dejar perfectamente claro cuándo existe una relación comercial.
Para los consumidores, la mejor defensa no consiste en desconfiar de absolutamente todo, sino en aprender a identificar las señales que justifican una comprobación adicional. Una promesa extraordinaria, una palabra concreta, una afirmación que presenta un alimento como milagroso, un supuesto experto sin referencias verificables o una publicidad que parece una recomendación espontánea son motivos suficientes para detenerse y buscar contexto.
La cuestión de fondo es que la desinformación alimentaria no siempre tiene el aspecto de una mentira. Puede presentarse como una etiqueta atractiva, una recomendación amistosa, una historia emocional o una explicación aparentemente científica, y precisamente por ello resulta más difícil de detectar. El marketing alimentario tiene derecho a vender productos y a destacar sus cualidades, pero la confianza del consumidor depende de que exista una diferencia clara entre persuadir e inducir a una interpretación que la evidencia no sostiene. Cumplir la legislación es un mínimo necesario. Comunicar de manera transparente, proporcionar contexto y permitir que el consumidor pueda comprobar las afirmaciones debería ser el siguiente paso.
En un entorno en el que un vídeo puede hacerse viral en minutos y una afirmación generada por inteligencia artificial puede parecer perfectamente convincente, la credibilidad se convierte en uno de los activos más importantes de cualquier marca alimentaria. La mejor estrategia a largo plazo, coincidiendo con lo que comentan aquí, no parece ser decir aquello que más llama la atención, sino conseguir que lo que se dice resista cuando alguien decide comprobarlo.
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