
La seguridad alimentaria mundial está empezando a verse seriamente amenazada por la guerra en Irán, hasta el punto de que muchos expertos se preguntan si la situación actual podría derivar en una crisis mundial. Esta preocupación tiene aún más sentido si se tiene en cuenta el bloqueo del Estrecho de Ormuz, una de las rutas comerciales más importantes del mundo, por donde pasa una parte significativa de los productos alimenticios, las materias primas agrícolas y los recursos energéticos que mantienen la cadena alimentaria internacional.
Tras más de seis semanas de guerra los efectos se están haciendo más visibles, por ejemplo, más de 2.000 buques de suministro están retenidos en la región y no pueden continuar las rutas establecidas. Estos buques transportan toneladas de materias primas esenciales como el trigo, el maíz y la cebada, productos que son pilares básicos de la alimentación mundial.
También están paralizados cargamentos de aceites vegetales como el de girasol o colza, materias primas clave como el azúcar, el cacao y el café, que también son fundamentales para un amplio sector de la industria alimentaria. Por tanto, esta acumulación de mercancías, además, de generar retrasos, aumenta el riesgo de la pérdida de productos, especialmente aquellos que son más sensibles a las condiciones de transporte, según explica la Organización Marítima Internacional (IMO).
En las primeras fases de este conflicto, la industria logró mantenerse estable gracias a las reservas acumuladas y a la inercia de las cadenas de suministro (por una acumulación de stock, por envíos que ya estaban en camino, etc.), aunque hay que destacar que el equilibrio era temporal. A medida que han ido pasando los días, la falta de reposición ha empezado a generar tensiones en la disponibilidad de productos y materias primas alimentarias. Además, el problema se agrava al considerar que no sólo están en juego los alimentos que ya fueron producidos, también las materias primas necesarias para futuras cosechas, como los fertilizantes que también se encuentran atrapados en esta interrupción de la circulación marítima.
La complejidad de la globalización alimentaria hace que el impacto de este tipo de bloqueos, sea mucho más grave de lo que parece a simple vista. No se trata sólo de qué país produce qué, también cómo afecta a una red interconectada donde intervienen múltiples niveles de proveedores. Incluso empresas que no tienen relaciones directas con Oriente Medio pueden verse afectadas debido a esas dependencias indirectas dentro de sus cadenas de suministro. Retomando como ejemplo los fertilizantes, uno producido en una región afectada o un componente químico utilizado en los envases alimentarios, puede terminar influyendo en el precio o la disponibilidad de los productos finales en cualquier parte del mundo.

También hay que destacar que la crisis energética consecuencia de este conflicto, añade otra capa de dificultad. La industria alimentaria depende en gran medida del petróleo y del gas para actividades como el transporte, la refrigeración o la fabricación de envases, sectores como el de las bebidas, los productos lácteos, los alimentos congelados o las proteínas procesadas, son especialmente vulnerables. El encarecimiento de la energía incrementa los costes de producción y también puede provocar cuellos de botella en procesos clave como el envasado o la logística en frío.
Algunos analistas explican que, aunque el Estrecho de Ormuz se reabriera de forma inmediata, la normalización no sería rápida. Los expertos calculan que se necesitarían entre cuatro y seis semanas para poder estabilizar de forma parcial las cadenas de suministro, y unos tres meses para recuperar cierta normalidad. Esto se debe a factores como la acumulación del tráfico marítimo, la reorganización de las rutas, los problemas de seguridad y la necesidad de limpiar posibles riesgos en la zona. Durante ese tiempo la industria tendría que operar bajo cierta presión, con costes elevados y con una disponibilidad limitada de materias primas.
En este contexto, el impacto sobre España si es significativo, aunque hay que decir que no siempre es evidente de forma inmediata. Nuestro país está muy integrado en el mercado mundial de alimentos y depende en buena medida de las importaciones de productos como los cereales, los aceites vegetales o los fertilizantes, por lo que un encarecimiento o escasez de estas materias primas puede traducirse en un aumento de los precios en algunos productos básicos como el pan, los aceites vegetales o los alimentos procesados. Por cierto, hay que recordar que casi el 70% de los alimentos que se consumen proceden de otros países.
Cabe destacar que el sector agroalimentario español, que es clave en la economía nacional, podría verse afectado por el aumento de los costes de producción. El encarecimiento de los fertilizantes y la energía afecta directamente a los agricultores y ganaderos, reduciendo los márgenes de beneficios y en algunos casos limitando la productividad. Esto afecta al mercado interno y a la competitividad de las exportaciones españolas.

Desde el punto de vista de la seguridad alimentaria (entendida como el acceso estable y suficiente a los alimentos), España no se enfrenta a un riesgo inmediato de desabastecimiento, pero sí existe un riesgo creciente de inflación alimentaria y de tensiones en determinados productos alimenticios. En escenarios más extremos podrían aparecer medidas como el racionamiento puntual o cambios en los hábitos de consumo, donde los consumidores optarían por productos alimenticios más económicos o reduciendo el gasto en alimentación, aunque esto es algo que ya se está haciendo desde hace tiempo. Sobre la seguridad alimentaria mundial, merece la pena leer este informe y este artículo de la FAO para tener más conocimiento del tema.
Los analistas coinciden en decir que el mayor peligro se encuentra a medio y largo plazo, si la interrupción del suministro de fertilizantes se prolonga, las próximas cosechas podrían verse comprometidas reduciendo la oferta global en un momento en el que los costes energéticos siguen siendo elevados. En ese escenario, lo que empezó como una crisis logística, podría transformarse en una crisis estructural de la alimentación con efectos duraderos en diferentes países.
Es obvio que la guerra en Irán ha puesto al descubierto la fragilidad de un sistema alimentario globalizado que está muy conectado, ya que lo que ocurre en un punto estratégico del planeta, puede tener repercusiones directas en la mesa de millones de consumidores. Aunque países como España tienen mecanismos para amortiguar el impacto, la evolución del conflicto será determinante para saber hasta qué punto esta amenaza se convierte en una crisis alimentaria mundial.
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