La información que agota: elegir lo importante y recuperar la calma

Vivimos rodeados de información, pero no de comprensión. Este texto reflexiona sobre el cansancio informativo, el scroll infinito y la necesidad de volver a poner límites para leer mejor, elegir lo importante y recuperar la calma.

Nota editorial (Gastronomía y Vida)

Este texto lo publicamos primero en Gastronomía y Cía – A Bocados (Substack), dentro de una línea que estamos construyendo: Gastronomía y Vida. Porque la vida también se cocina, y en esa cocina caben muchas cosas además de recetas: el tiempo, la atención, la calma y la forma en que nos alimentamos (también) de información.

Lo compartimos aquí, porque creemos que esta reflexión toca algo muy cotidiano y muy nuestro: cómo volver a poner límites cuando todo empuja a vivir sin pausas y sin estar de verdad en lo que vivimos.

No me agota leer: me agota no poder terminar.

Sobre el ruido, el scroll infinito y la decisión adulta de devolverle a la información un marco… y a la vida, su turno.

Café y periódico

Salía de casa e iba directa al kiosco para coger el periódico del día, como quien se lleva algo necesario, no por obligación, sino por gusto. Bueno, a veces me llevaba una revista, que también me gustaban mucho, hasta que empezaron a decaer. El ritual me hacía sentir bien, comprar una lectura en papel, meterla en el bolso y sentir que el día empezaba con una ceremonia sencilla, pero reconocible.

Antes, el periódico tenía peso literal y moral: ocupaba espacio en la mano, olía, manchaba un poco, hacía ruido al doblarse. Y ese ruido era una frontera. Había un ‘ahora leo’ y un ‘ya he terminado’. El quiosco era un umbral: salías, elegías, pagabas, volvías. También había veces que leía el periódico en el bar (ese bar de mi ciudad, donde aún se podía perder el tiempo sin pedir perdón) era un acuerdo tácito: te doy un café, me das una tregua. Ese 2×1 no era ahorro: era un sistema de intercambio sensato. Dinero a cambio de pausa; pausa a cambio de salud mental.

Lo pienso y me da un poco de pena, porque esa esencia se ha ido perdiendo. No es una impresión caprichosa ni una nostalgia inventada para quedar bien: hemos cambiado el ritmo y hemos cambiado el método. El papel ha sido desbancado por internet, sí, pero lo más determinante no es el soporte, sino lo que viene con él: la velocidad, la continuidad, la ausencia de final.

La información se ha vuelto ubicua. Está en el bolsillo, en la muñeca, en el ordenador, en la tele encendida de fondo, en el móvil que vibra… Antes la información estaba en un sitio: en el quiosco, en el bar, en la mesa del desayuno o a mediodía mientras comías. Ahora está en todas partes y, por estar en todas partes, se ha vuelto más difícil de encajar en un lugar interior. No es que sepamos más, es que recibimos más. Y recibir no es lo mismo que comprender.

El periódico tenía un límite natural: un número de páginas, un cierre, un ‘mañana seguimos’. En el móvil no hay mañana, hay ‘siguiente’. No hay última página, hay otra pestaña o directamente scroll. No hay un gesto físico que marque el final: doblar, guardar, dejar encima de la mesa. Hay una pantalla que se apaga, sí, pero la mente sigue encendida, porque lo que has leído no se cierra; se queda flotando junto a lo siguiente que llega. A veces lo peor no es la noticia, sino el pasillo infinito que la rodea: titulares, alertas, opiniones empaquetadas, reacciones, indignaciones, memes, hilos. Todo mezclado en el mismo recipiente.

Y ahí, sin darte cuenta, cambia el tipo de cansancio. Porque no es un cansancio de lectura, yo leo con gusto, siempre lo he hecho, es un cansancio de permanencia. De estar siempre un poco dentro. Antes entrabas a informarte como quien entra en un sitio y luego sale. Ahora, si no pones atención consciente, no sales: te quedas a medias, con la sensación de que el mundo está pasando y tú deberías estar mirándolo. Y eso no es estar informada: es estar en alerta.

Lo más perverso de este cambio es que parece una mejora. Acceso inmediato, disponibilidad total, actualizaciones constantes. Pero el precio es otro: la atención se fragmenta, el cuerpo se acostumbra a la interrupción, y la cabeza aprende a vivir con un ruido de fondo que antes no existía. El periódico podía ser duro, claro, pero tenía algo que hoy echo mucho de menos: una especie de higiene. Leías, cerrabas. Podías seguir con tu vida sin sentir que estabas abandonando nada.

Desayuno y lectura

Por eso el recuerdo del bar no es una postal romántica. Era un lugar donde el tiempo todavía tenía un valor humano. Donde podías estar sin justificarte. Donde nadie te pedía que fueras productiva mientras te tomabas un café. Ese tipo de espacios también se han ido adelgazando, porque el consumo se ha vuelto más rápido, más impaciente, más ‘para llevar’, ¡hasta el café es para llevar! Y cuando el tiempo se vuelve caro, la lectura larga es lo primero que se queda sin sitio.

A veces pienso en lo que significaba que un periódico manchara un poco. Suena ridículo, lo sé, pero era un recordatorio físico: esto ha pasado por mis manos. Esto me ha tocado. Ahora todo es limpio, liso, sin rastro, como si nada terminara de ocurrir. Lees diez cosas, cierras la app y no queda nada en las manos… pero dentro se queda un poso, una mezcla de inquietud y saturación. Una forma moderna de estar llena y, sin embargo, cansada.

Y luego está el otro matiz, el más incómodo: el papel no sólo fue desbancado por internet; internet también cambió las reglas del juego del periodismo. No todo, no siempre, no en todas partes, pero sí lo suficiente como para notarlo. El clic como moneda, el titular como anzuelo, la urgencia como estilo, la opinión pegada a la noticia. No es que antes todo fuera ejemplar, pero había más margen para la pausa. Ahora la pausa se ha vuelto sospechosa: si no publicas, desapareces; si no empujas, no existes. Y en esa lógica, también el lector se convierte en alguien que no lee: escanea, reacciona, salta, acumula.

Yo, que antes elegía comprar una lectura, ahora a veces siento que la lectura me elige a mí. Que la información me encuentra incluso cuando no la he pedido. Y ahí está el nudo de todo: el agotamiento no viene sólo de lo que ocurre en el mundo, sino de esta forma de estar expuesta a ello sin un principio y un final, sin ritual, sin el derecho natural a cerrar el periódico y seguir con la vida.

Porque aquello del quiosco, el bar, la lectura, el café que se enfriaba sin culpa… no era un capricho. Era una manera de vivir la información con un poco de humanidad. Y quizá por eso lo echo tanto de menos: no por el papel en sí (que lo prefiero, y siempre que puedo lo elijo) sino por lo que llevaba dentro. Un marco. Un final. Una tregua.

Y, aun así, no quiero caer en la caricatura de que ‘todo antes era mejor’. No lo era. También había ruido, también había sesgos, también había intereses, y también había días en los que el periódico te dejaba un nudo en el estómago. La diferencia es que el nudo venía con un cierre. Con un gesto que decía: hasta aquí. Ahora el nudo a veces viene sin cierre, y eso cambia la relación con el mundo.

Lo digital, bien usado, tiene cosas que me parecen valiosas. Te abre fuentes, te permite contrastar, te da acceso a medios que antes ni conocías, te permite leer a gente que escribe con profundidad sin depender de un kiosco ni de una distribución. El problema no es el formato; el problema es vivir dentro de él como si fuera aire. Y, sobre todo, aceptar como normal que la información te acompañe en todo, incluso cuando tu vida está en otra cosa: una conversación, un paseo, una compra, una comida, un silencio.

Información en todas partes

La reconciliación adulta, para mí, no pasa por renunciar, sino por recuperar límites. Por volver a tratar la información como se trata lo que importa: con un marco, con un lugar y con un final. Igual que no cenas de pie en la puerta de la nevera (aunque puedas), igual que no cocinas con todas las ollas a la vez encendidas (aunque te dé la sensación de avanzar), igual que no conversas mientras te entran cinco voces distintas por encima. No por moral, sino por una evidencia: el cuerpo y la cabeza necesitan forma.

Me doy cuenta de que el ritual de antes funcionaba porque era un diseño inteligente sin pretenderlo. El kiosco te obligaba a elegir. El papel te obligaba a ir a un ritmo. El bar te regalaba una tregua. Y el periódico, al cerrarse, te devolvía el día. Esa arquitectura se puede recuperar sin volver al papel cada mañana, sin convertir la nostalgia en una religión.

Se puede recuperar con gestos pequeños pero serios. Con una decisión íntima: yo decido cuándo entra el mundo. Y decido también cuándo sale. No por desinterés, sino por respeto. Respeto a mi atención, que es finita; respeto a mi tiempo, que no es un vertedero; respeto a mi vida, que no puede estar siempre en modo ‘última hora’.

A veces ese borde o límite es tan simple como elegir una hora concreta para leer, como antes se elegía el café en el bar. O elegir dos o tres fuentes que te merezcan confianza y no abrir el resto por inercia. O leer un artículo entero, de principio a fin, como quien vuelve a comer sentada. Hay algo casi físico en esa sensación: la atención vuelve a su sitio. Ya no saltas: permaneces. Ya no te alimentas a bocados: te nutres.

Y también está el otro borde, el más difícil y el más necesario: aprender a cerrar aunque el mundo siga. Cerrar aunque haya más noticias. Cerrar aunque haya una parte de ti que sienta que, si no miras, estás siendo irresponsable. Porque esa idea, la de que estar informada significa estar disponible, es una trampa que se ha instalado con mucha facilidad. Una cosa es seguir la actualidad. Otra es vivir con el sistema nervioso en turno de guardia.

Quizá por eso me conmueve tanto el recuerdo del periódico doblado. No era sólo papel: era una manera de decir ‘ya está por hoy’. Y hoy, que el mundo no se dobla, tenemos que inventar esa misma frase con otros materiales: con límites, con elección, con una forma propia de leer que no te arrastre.

No se trata de volver atrás. Se trata de no dejar que nos lleven. De recuperar la relación con la información como recuperas la relación con la cocina cuando estás harta de comer cualquier cosa: no renuncias a comer, pero vuelves a cocinar. Vuelves a decidir. Vuelves a darte el lujo de hacerlo con intención.

Gastronomía y Cia - Mar Gavilán y Javier Muniesa

Mar Gavilán y Javier Muniesa

En 2005, fundamos el primer blog gastronómico colaborativo en España, que rápidamente se convirtió en un referente en el ámbito gastronómico. En 2008, dimos un paso adelante y creamos Gastronomía & Cía de manera independiente. Para nosotros, ha sido un sueño hecho realidad combinar nuestras pasiones por la gastronomía, la creatividad y la divulgación. Ahora nuestro objetivo es inspirar, informar, deleitar y conectar con todos los entusiastas de la cocina.

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