
Las recomendaciones nutricionales del gobierno estadounidense para el periodo 2025–2030 han encendido la polémica en la comunidad científica y médica. Bajo el lema de “volver a la comida real”, las guías alimentarias de EE.UU. se presentan como el mayor reinicio de la política nutricional federal en décadas. Sin embargo, para muchos médicos, dietistas-nutricionistas y organizaciones de salud, el mensaje de fondo es otro: este giro refuerza una preocupación creciente, que el lobby cárnico y lácteo está desplazando a la evidencia y poniendo por delante intereses económicos y políticos frente al consenso construido durante años de investigación.
En una primera lectura, el documento parece contener elementos positivos, ya que promueve el consumo de frutas, verduras y cereales integrales, limita el azúcar añadido, el sodio y el alcohol, simplificando el lenguaje para hacerlo más accesible a la población en general. También se insiste en reducir el consumo de alimentos muy procesados, algo que muchos expertos consideran un avance necesario ante la actual dieta estadounidense que está dominada por productos ultraprocesados y que se asocia a una elevada tasa de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares. Claro, que estas mejoras se encuentran junto a unas recomendaciones que han encendido las alarmas en diferentes sectores del ámbito sanitario.
El aspecto más criticado de estas nuevas guías es la insistencia en priorizar las proteínas animales en cada comida. Las guías recomiendan ingestas de proteína considerablemente más altas que en ediciones anteriores, promoviendo de forma explícita el consumo regular de carne roja, aves, huevos, mariscos y productos lácteos enteros, incluyendo mantequilla y grasa de vacuno como grasas aceptables en el marco de una dieta saludable. A pesar de que se mantiene el límite teórico de que las grasas saturadas no superen el 10 % de las calorías diarias, muchos expertos apuntan que esta recomendación resulta incoherente cuando, al mismo tiempo, se está incentivando el consumo de los principales alimentos que aportan grasas saturadas.
La Physicians Committee for Responsible Medicine, organización médica estadounidense sin ánimo de lucro que cuenta con unos 17.000 miembros y trabaja en los ámbitos de la investigación clínica, la salud pública y la educación nutricional, comenta que las guías aciertan al advertir sobre los riesgos de la grasa saturada, pero fallan de forma grave al no señalar con claridad su origen. Desde esta organización se comenta que los principales responsables del exceso de grasa saturada en la dieta estadounidense son la carne y los productos lácteos, alimentos que las propias guías promueven de forma activa. No se trata de una pequeña contradicción, ya que existe una sólida base científica que vincula el consumo habitual de estos productos con un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2, obesidad y en el caso de los lácteos, ciertos tipos de cáncer.

Otro punto destacado de la crítica es el trato que reciben los alimentos procesados. Las guías adoptan un enfoque casi restrictivo hacia todo lo “altamente procesado”, sin distinguir entre productos ultraprocesados de bajo valor nutricional y alimentos procesados de origen vegetal que están enriquecidos con elementos esenciales. Diversos estudios han mostrado que los cereales integrales enriquecidos, los panes y otros productos vegetales procesados, pueden reducir el riesgo de defectos congénitos, enfermedades cardiovasculares y diabetes. Sin embargo, estas distinciones apenas aparecen en el documento oficial, que por otro lado tiende a exculpar a la carne y a los lácteos, mientras condena de forma generalizada a los productos procesados.
Más allá del contenido, el proceso de elaboración de las guías ha sido uno de los aspectos más cuestionados. El Comité Asesor de las Guías Alimentarias que está integrado por científicos y profesionales de la salud, ha trabajado durante dos años de forma pública y transparente revisando miles de estudios. Entre sus conclusiones destacaba la recomendación de priorizar las proteínas vegetales como las legumbres y los frutos secos por sus beneficios para la salud y el medio ambiente, relegando la carne y los lácteos a un papel secundario. Pero ahora, muchas de estas recomendaciones han sido ignoradas en la versión final que se ha publicado y que podéis consultar en este Pdf.
Según denuncian algunas organizaciones médicas y de defensa del consumidor, el documento final ha sido elaborado por un grupo reducido de autores con vínculos financieros asociados a la industria cárnica y láctea, además de que no se ha abierto, como en otras ocasiones, un proceso de consulta pública. Para algunos críticos este cambio radical sobre el procedimiento habitual sugiere que los intereses industriales influyen de manera decisiva en una política que debería basarse exclusivamente en la mejor evidencia científica disponible.
La mayoría de los ciudadanos estadounidenses no siguen ni conocen en detalle las guías alimentarias, pero estas tienen un impacto directo en los programas federales que son clave, como los comedores escolares, o el programa federal WIC (Women, Infants, and Children) del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, dirigido a mujeres embarazadas, lactantes y niños menores de cinco años. Las recomendaciones oficiales determinan qué alimentos se compran, se sirven y se promueven, afectando de forma desproporcionada a las poblaciones vulnerables.

Asociaciones como la American Heart Association, han acogido con precaución algunos aspectos positivos del documento, pero también han expresado su preocupación por el énfasis puesto en la carne roja, las grasas saturadas y los lácteos enteros, reiterando su preferencia por las proteínas vegetales, el pescado y los lácteos bajos en grasa. Por el contrario, los representantes de la industria cárnica han celebrado abiertamente la llegada de las nuevas guías, destacando que ahora se realiza una corrección de décadas de políticas nutricionales equivocadas.
En su conjunto, las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030 reflejan un profundo conflicto entre dos visiones de la nutrición, una basada en décadas de investigación que favorece los patrones alimentarios donde predominan los alimentos vegetales, y otra que reivindica un papel central para los alimentos de origen animal bajo el discurso de la “comida real” y la tradición. Para muchos expertos en salud pública el riesgo es evidente, al difuminar mensajes claros sobre los efectos de la carne y los lácteos en la salud, las guías pueden contribuir a perpetuar los mismos problemas crónicos que supuestamente quieren combatir. ¿Qué opinas? ¿Crees que esta “revolución nutricional” beneficiará realmente a la población o los intereses de la industria agroalimentaria han pesado más que la ciencia?
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