
Durante años, las angulas han ocupado en España un lugar que mezcla tradición, celebración, memoria y lujo. Para muchas personas forman parte de una cultura gastronómica muy concreta, mientras que para otras, hace tiempo que representan también una contradicción difícil de ignorar. Y esa contradicción, lejos de resolverse, se ha vuelto más incómoda. Este no es un debate nuevo, tampoco para quienes llevamos años escribiendo sobre gastronomía, alimentación y producto: lo preocupante es que, con más datos y más alertas, la situación de la anguila europea no ha mejorado, sino que se ha vuelto más crítica.
Lo ocurrido en febrero de 2026 no abre la discusión, pero sí la devuelve al primer plano con una fuerza que ya no permite seguir tratándola sólo como una cuestión de costumbre, temporada o precio. El intento del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) de reforzar la protección de la anguila europea, el bloqueo posterior por parte de varias comunidades autónomas y el posicionamiento público de chefs de gran reconocimiento, han convertido este asunto en algo más que un debate administrativo o pesquero: hoy es también una cuestión gastronómica, ética y cultural.
Porque cuando hablamos de angulas no hablamos sólo de un producto apreciado en la mesa. Hablamos de la fase juvenil de la anguila europea (Anguilla anguilla), una especie con un ciclo biológico extraordinario (desove en el Mar de los Sargazos y crecimiento en aguas continentales y costeras europeas) y una situación extremadamente delicada. La propia Comisión Europea resume su declive como un problema causado por múltiples presiones humanas (pesca, barreras migratorias, contaminación, entre otras), además de otros factores como parásitos y cambios oceanográficos.
Un debate con memoria y con una incomodidad de fondo
Quien lleve años siguiendo este tema recordará que la conversación sobre las angulas no empezó con la reunión de este febrero. Hace mucho tiempo que se habla de escasez, precios desorbitados, furtivismo, exportación, vedas y planes de gestión. También de una pregunta incómoda que la gastronomía ha preferido aplazar demasiadas veces: qué significa convertir en objeto de lujo la cría de una especie en declive.
Revisar hoy ese debate produce una sensación extraña: muchas de las ideas que ya circulaban entonces, siguen aquí, pero con un agravante evidente. Ahora tenemos más informes, más datos, más recomendaciones científicas y más presión institucional. Es decir, menos margen para la ambigüedad. No se trata de borrar la dimensión cultural del producto ni de caricaturizar a quienes forman parte de ese mundo. Se trata de asumir que la conversación ha cambiado de nivel.
El 30 de enero de 2026, el MITECO anunció que llevaría al Comité de Flora y Fauna la propuesta de declarar a la anguila europea en peligro de extinción dentro del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE). El ministerio explicó que retomaba una tramitación iniciada en 2020, con dictámenes científicos favorables y una actualización en 2024 que mantenía la recomendación de reforzar su protección.
Además, el Ministerio enmarcó la iniciativa en la cooperación con las comunidades autónomas, por tratarse de una especie pescada en aguas interiores y continentales, y subrayó que la propuesta se apoyaba en criterios científicos, recomendaciones internacionales y compromisos de conservación de biodiversidad. Sin embargo, en la reunión del 17 de febrero de 2026, la propuesta no salió adelante.
Según las informaciones publicadas sobre el comité, se opusieron Galicia, Asturias, Cantabria, Región de Murcia, Comunidad Valenciana e Illes Balears. Otras comunidades se abstuvieron o condicionaron su postura a un debate técnico posterior en un grupo de trabajo. Este punto conviene decirlo con claridad: no estamos ante una polémica genérica, sino ante una decisión política concreta, con posiciones territoriales también concretas.

Qué argumentan quienes se oponen a la prohibición
Sería un error contar este asunto como si sólo hubiera dos bloques de eslóganes. Las comunidades y sectores que rechazan una prohibición total no suelen negar que la situación de la anguila sea grave, lo que cuestionan es que centrar la respuesta en el veto de la pesca sea suficiente o eficaz por sí solo.
Entre sus argumentos aparecen de forma recurrente el impacto socioeconómico sobre la pesca artesanal y actividades vinculadas, el riesgo de incentivar el furtivismo si desaparece el marco legal y trazable, y la necesidad de una gestión integral, que aborde también barreras fluviales, hábitat, contaminación y otras causas del declive.
Éste es un debate real y no conviene barrerlo. Pero tampoco se puede usar para esquivar la pregunta de fondo: si el estado de la especie es crítico, ¿qué nivel de renuncia estamos dispuestos a asumir?
Qué están haciendo los chefs españoles
Una de las novedades más relevantes de este episodio es que el debate ha salido del terreno exclusivamente técnico y administrativo y ha entrado de lleno en la conversación gastronómica pública. El MITECO visibilizó el apoyo de Euro-Toques España, promotora de la campaña “Angulas, no, gracias”, en una reunión celebrada a finales de enero. En la nota oficial del Ministerio se mencionan, entre otros, Maca de Castro, Pedro Subijana, Andoni Luis Aduriz y Diego Guerrero.
En la campaña difundida en febrero, diversos medios han recogido además la participación de una decena de chefs españoles de alto perfil que se posicionan a favor de dejar de consumir angulas como gesto de responsabilidad ante el estado de la especie. Entre los nombres citados figuran Joan Roca, Ángel León, Andoni Luis Aduriz, Diego Guerrero, Maca de Castro, Yolanda León, María Gómez, Isabel Álvarez, Jesús Sánchez y Beatriz Sotelo.
Más allá de la fuerza simbólica de los nombres, lo importante es el cambio de mensaje, ya no se trata sólo de si está permitido, sino de si es coherente seguir ofreciéndolo cuando el propio discurso gastronómico reivindica biodiversidad, producto y sostenibilidad.
Si hablamos de una campaña internacional de chefs extranjeros sumándose formalmente al lema español “Angulas, no, gracias”, a día de hoy no se conoce una adhesión coordinada y verificable comparable a la que se ha visibilizado en España. Lo que sí existe es un respaldo internacional científico e institucional muy claro: El ICES (Consejo Internacional para la Exploración del Mar) mantiene para 2026 una recomendación de cero capturas en todos los hábitats, tanto recreativas como comerciales, e incluyendo capturas de angula para repoblación y acuicultura.
El mismo documento insiste en reducir también a cero otras mortalidades antropogénicas no pesqueras y en restaurar hábitats y conectividad. La Comisión Europea resume que la anguila europea está en una situación crítica y detalla que el problema es multifactorial: pesca, barreras migratorias, contaminación, furtivismo/exportación ilegal y otros factores. Dicho de otro modo, aunque el gesto visible de chefs sea ahora principalmente español, el diagnóstico de fondo no lo es.
La ciencia aprieta, pero el debate sigue atascado
El ICES lleva años enviando un mensaje muy duro sobre la anguila europea, y en su consejo para 2026 vuelve a insistir en la máxima cautela: cero capturas y reducción de todas las mortalidades humanas evitables. Además, describe el estado del stock como crítico y por debajo de referencias biológicas potenciales. En paralelo, la conversación política en España vuelve a tropezar con la misma dificultad: cómo articular medidas que respondan a la urgencia ecológica sin ignorar el impacto territorial y social.
Pero una cosa no debería tapar la otra. Que el problema sea complejo no significa que podamos seguir tratándolo como una simple disputa entre tradición y prohibición.
En gastronomía hablamos mucho de origen, de producto, de temporalidad, de respeto. Y está bien. Pero esas palabras pierden valor cuando sólo se aplican mientras resultan cómodas.
El caso de las angulas obliga a una revisión incómoda de muchos relatos, el del lujo, el de la excepcionalidad, el de la nostalgia de ciertas mesas, incluso el del prestigio asociado a servir lo escaso. Porque lo escaso no siempre es sinónimo de valioso, a veces es señal de alarma.
Nadie niega que este tema tenga aristas económicas, culturales y territoriales. Precisamente por eso exige una conversación adulta, sin simplificaciones. Pero una conversación adulta también implica reconocer algo básico: cuando una especie lleva décadas en declive y los organismos científicos recomiendan medidas extremas de precaución, seguir defendiendo el consumo como si nada tuviera que cambiar ya no es una postura neutral.

Una pregunta incómoda
La pregunta no es sólo si las angulas forman parte de una tradición gastronómica. La pregunta es si una tradición puede seguir defendiéndose del mismo modo cuando el recurso natural del que depende está en situación crítica. Y quizá, para la cocina, para chefs, restaurantes, medios y consumidores, el verdadero lujo hoy no consista en servir angulas, sino en tener criterio para poner límites antes de que sea demasiado tarde.
¿Y qué pasa con el cultivo de anguilas?
Aquí conviene hacer una precisión importante, porque genera mucha confusión. Sí existe piscicultura de anguila, pero eso no significa que el problema de conservación esté resuelto, ni que el mercado quede desvinculado de la presión sobre la especie.
En la práctica, la mayor parte de la acuicultura de anguila europea no funciona como una cría completa en cautividad desde el huevo hasta el producto final, sino como engorde en granja de juveniles capturados en el medio natural (angulas). Es decir, en muchos casos, la granja no produce la angula: la recibe tras su captura y la cría hasta talla comercial.
Y aquí aparece la contradicción clave de este debate: lo que demandan muchos consumidores de lujo es precisamente la angula, no la anguila criada hasta tamaño adulto. Por eso, cuando se habla de tradición, mercado y gastronomía, no basta con decir que hay piscifactorías. La pregunta sigue siendo la misma: qué ocurre con la extracción de juveniles de una especie en situación crítica.
Esto no significa que la gestión de la especie se reduzca sólo a la pesca o a la acuicultura. El problema, como recuerdan los organismos científicos y europeos, es multifactorial, hábitat, barreras migratorias y contaminación, entre otros. No se puede usar la existencia de piscicultura como argumento para dar por resuelta una presión que, en gran medida, sigue empezando en el medio natural.
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