
La FAO ha encendido las alarmas sobre un tema que hasta hace poco parecía casi incuestionable, el uso del plástico reciclado en envases alimentarios. Actualmente los gobiernos, las empresas y los consumidores impulsan la transición hacia una economía circular para reducir los residuos y frenar la contaminación, y en este contexto, el nuevo informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura plantea una pregunta que aunque incómoda es necesaria, ¿estamos sustituyendo un problema ambiental por un posible problema sanitario?
El informe de la FAO titulado “Food Safety Implications of Recycled Plastics and Alternative Food Contact Materials”, analiza de forma detallada las implicaciones de seguridad alimentaria que derivan del uso de plásticos reciclados y de otros materiales alternativos que entran en contacto con los alimentos. Hay que decir que el documento no rechaza el reciclaje ni cuestiona la necesidad de reducir residuos plásticos, pero afirma que el entusiasmo ecológico no puede ir por delante de las evidencias científicas en materia de seguridad química.
El tema es especialmente relevante porque los envases alimentarios forman parte esencial de la vida cotidiana. Según la FAO, más de dos tercios de todos los materiales de envasado que se producen en el mundo se destinan a la industria de la alimentación y las bebidas, y el plástico representa aproximadamente el 37% de los materiales utilizados en el envasado de alimentos. El problema, apuntan los expertos, es que este modelo ha contribuido a una enorme crisis global de residuos plásticos. Precisamente por ello, las administraciones están promoviendo cada vez más el uso de materiales reciclados, también en sectores tan sensibles como el alimentario.
Hay que aclarar que el reciclaje de plásticos destinados al contacto alimentario, no es un proceso que pueda parecer tan simple que se limite a triturar, fundir y volver a fabricar botellas o bandejas de plástico. La FAO advierte que si los flujos de residuos no están estrictamente controlados, pueden mezclarse plásticos de uso alimentario con otros plásticos industriales o domésticos que están contaminados, y es precisamente en este paso donde surgen los riesgos.
Uno de los puntos más preocupantes del informe presentado por la FAO es la presencia de sustancias químicas potencialmente peligrosas que pueden migrar desde los envases hacia los alimentos. La organización recuerda que en la fabricación de plásticos se utilizan miles de compuestos químicos diferentes, entre ellos plastificantes, estabilizantes, antioxidantes, disolventes, catalizadores, retardantes de llama y otros aditivos destinados a mejorar propiedades como la flexibilidad, la resistencia o la durabilidad del material.

El problema es que muchos de esos compuestos se mantienen en el material reciclado, y peor aún, durante el uso, el almacenamiento, la exposición ambiental y el posterior reciclaje, pueden aparecer nuevas sustancias no añadidas intencionadamente que son conocidas como NIAS (non-intentionally added substances). Algunas investigaciones citadas por la FAO, han detectado en los plásticos reciclados concentraciones elevadas de PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), hidrocarburos aromáticos policíclicos, metales pesados, retardantes bromados y otros contaminantes persistentes.
Es necesario destacar que estos resultados coinciden con las preocupaciones que ya se planteaban en Europa desde hace años. Recordemos que en el año 2022, la Comisión Europea aprobó un nuevo reglamento específico para materiales y objetos de plástico reciclado destinados al contacto alimentario que sustituía la antigua normativa del año 2008. El reglamento tenía como objetivo impulsar la economía circular aumentando el contenido reciclado en los envases, pero siempre en condiciones estrictas de descontaminación y control.
La propia Comisión Europea reconocía que muchos plásticos contienen contaminantes que son capaces de comprometer la seguridad alimentaria, destacando entre ellos los plastificantes, los antioxidantes, los agentes de fabricación (sustancias químicas que se utilizan durante el proceso de producción del plástico) e incluso los compuestos procedentes de usos indebidos de los envases. En otras palabras, una botella reutilizada para almacenar productos químicos o combustibles, podría integrar residuos problemáticos en el circuito del reciclaje si no existe una separación rigurosa.
Por ello, la FAO insiste en que el reciclaje destinado a envases alimentarios requiere sistemas de limpieza avanzada, una descontaminación eficaz y una verificación analítica rigurosa. El documento explica que las autoridades regulatorias recurren a pruebas de descontaminación conocidas como challenge tests, en las que se contaminan deliberadamente plásticos usados con sustancias químicas representativas para comprobar si el proceso de reciclaje es capaz de eliminarlas de forma eficaz.
La Unión Europea ha establecido límites muy estrictos para la migración química desde envases reciclados. Según la normativa europea, si una sustancia desconocida migra hacia un alimento por encima de determinados niveles, debe someterse a evaluaciones toxicológicas muy detalladas. Sin embargo, el problema de fondo sigue siendo el mismo: existen miles de sustancias presentes en los plásticos cuya toxicidad todavía no se conoce completamente.

Este tema ya ha sido señalado en investigaciones anteriores como las desarrolladas por expertos de la Universidad de Copenhague, que encontraron cientos de compuestos químicos liberados por botellas reutilizables. Según los estudios, casi del 70% de las sustancias identificadas en algunos plásticos no tenían información toxicológica suficiente para determinar su seguridad.
La FAO también centra la atención sobre un tema que genera cada vez más preocupación pública, los microplásticos y nanoplásticos. El informe reconoce que estas partículas ya han sido detectadas en sangre, pulmones, placenta, leche materna y otros tejidos humanos, y aunque todavía no existe consenso científico definitivo sobre su impacto sanitario, sí existe una creciente evidencia de exposición humana continua.
Uno de los datos más impactantes citados por el informe es que una persona podría ingerir entre 39.000 y 52.000 partículas de microplásticos al año, cifra que puede incrementarse considerablemente en quienes consumen agua embotellada de forma regular. La FAO también señala que el reciclaje mecánico de los plásticos puede convertirse en una fuente adicional de microplásticos por los procesos de trituración y degradación de los materiales.
El informe destaca que actualmente no existen métodos analíticos plenamente validados para medir con precisión los microplásticos y nanoplásticos en los alimentos y las bebidas, lo que complica evaluar el riesgo real para la salud humana. La Organización Mundial de la Salud (OMS) también reconoce que la evidencia disponible sigue siendo limitada y todavía insuficiente para establecer conclusiones definitivas. Recordemos que hace unos años, en relación a los microplásticos en el agua embotellada, la OMS consideraba que no era un riesgo para la salud.

Otro de los aspectos relevantes del informe es la advertencia sobre los denominados materiales alternativos “bio-based”, es decir, aquellos plásticos fabricados a partir de recursos renovables como el maíz, la caña de azúcar o el almidón de yuca. Aunque suelen presentarse como unas soluciones más sostenibles, la FAO recuerda que también pueden contener residuos de pesticidas, toxinas naturales o alérgenos procedentes de las materias primas vegetales.
A todo esto hay que añadir que las nuevas tecnologías de envases inteligentes integran nanopartículas y compuestos diseñados para prolongar la conservación de los alimentos, o para monitorizar su frescura. Este tipo de innovaciones abren nuevas posibilidades para reducir los desperdicios, pero, también introducen nuevos interrogantes toxicológicos.
Resulta paradójico que la propia FAO recuerde la función fundamental que cumplen los envases alimentarios en la reducción del desperdicio de comida a escala mundial. Se calcula que el desperdicio alimentario genera entre el 8% y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, mientras que cada año se pierden más de mil millones de toneladas de alimentos. En este contexto, el envasado no es un elemento accesorio: protege los alimentos frente a la contaminación microbiológica, los daños físicos y el deterioro químico, además de prolongar la vida útil de muchos productos alimenticios.
Por todo lo comentado se puede decir que el debate es mucho más complejo de lo que parece, el plástico alimentario no puede eliminarse de golpe sin consecuencias importantes para la seguridad alimentaria y la logística global. Al mismo tiempo, la transición hacia materiales reciclados exige aplicar garantías mucho más sólidas de las que existen en la actualidad.
La FAO considera que uno de los grandes problemas, es la enorme disparidad regulatoria entre los países. Mientras algunas regiones cuentan con sistemas avanzados de evaluación y control, otras carecen de marcos armonizados para supervisar los materiales reciclados destinados al contacto alimentario. Por esta razón, la FAO reclama estándares globales armonizados, que permitan realizar evaluaciones científicas consistentes y garantizar la seguridad de estos materiales en todo el mundo.
El informe elaborado servirá como base para futuras discusiones en la Comisión del Codex Alimentarius o Código Alimentario, establecido por la FAO y la OMS en 1963 con el objetivo de crear unas normas alimentarias internacionales armonizadas. El objetivo final es encontrar un equilibrio entre la sostenibilidad ambiental, la seguridad alimentaria y la salud pública.
El reciclaje del plástico parece imprescindible para reducir los residuos y avanzar hacia una economía circular, pero la ciencia tiene muchas preguntas sin responder sobre las sustancias químicas invisibles, que podrían acabar migrando desde los envases hasta nuestra comida. En definitiva, reciclar más no basta si no se hace con unos controles extremadamente rigurosos, pero antes es necesario investigar más y eliminar esas lagunas de conocimiento. Podéis conocer todos los detalles del informe de la FAO a través de este documento (Pdf).







