El color del vino

El color del vino viene dado por el color de la piel de la uva con la que se haya elaborado, así, un vino blanco proviene de las uvas verdes o blancas, un vino rosado se obtendría dejando macerar brevemente el mosto con la piel de la uva y un vino tinto se obtendría dejando macerar el mosto con la piel de la uva hasta alcanzar el color deseado por el enólogo.

Pero no es de la elaboración de los vinos de lo que queremos hablar, sino del color del vino en su etapa de guarda en una bodega particular. El tiempo cambia el color del vino, o sea, el proceso de guarda provoca en los vinos cambios significativos en su color, los vinos tintos terminan aclarándose y los vinos blancos se oscurecen, por eso, excederse en los tiempos de guarda resultaría un inconveniente.

Los vinos deben guardarse evitando que se conviertan en vinos muertos, un vino de guarda es complejo y reúne todas las características necesarias para este proceso, aromas, textura, grado alcohólico, tipo de botella, factores que nos permitirán mantener nuestros vinos durante un determinado periodo de tiempo en nuestra bodega particular. Pero dejar madurar demasiado un vino provoca que termine apagándose y se convierta en un vino muerto, y en este caso, el color nos puede decir mucho sobre el vino.

Un vino envejece paulatinamente, poco a poco pierde sus aromas frutales y son sustituidos por aromas mucho más complejos, excedernos en la guarda provoca que el proceso finalice y termine perdiéndose la estructura, el vino ya no mejora y comienza a degradarse. El color del vino puede variar desde un púrpura oscuro, pasando por distintas tonalidades de rojo, hasta llegar a un color similar al de una teja de color claro.

En un proceso de guarda prolongado el color del vino se apaga perdiendo su brillo y su intensidad, el rojo vivo que lo caracterizaba cuando era joven ha desaparecido, al igual que los complejos aromas terciarios. Con los vinos blancos ocurre lo mismo y quizás son más fácilmente detectables, de hecho, no hace falta que pase mucho tiempo para que empiecen a oscurecerse.

Disfrutar de un buen vino en toda su plenitud pasa por no excederse en el tiempo de guarda, de lo contrario, el vino termina “muriendo” acabando su maduración y comenzando el proceso de degradación. Es mejor disfrutarlos antes y no debemos llegar al límite, recordemos que el proceso de guarda para un crianza sería de unos cuatro años a partir de la añada, ocho años para un reserva y quince años para un gran reserva. De este modo nos aseguraremos de poder disfrutar de todo el esplendor en aromas, textura, sabor y por supuesto, color.

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