El contenido de mercurio en el pescado se ha convertido en uno de los temas más debatidos en materia de seguridad alimentaria europea, la razón es que las últimas investigaciones científicas y varias denuncias de organizaciones ambientales han reabierto el debate sobre su consumo, riesgos y nuevas alertas en Europa, sobre todo entre las mujeres embarazadas, los niños y los consumidores habituales de atún y grandes especies marinas.
En este contexto, hoy conocemos la publicación de una amplia encuesta realizada por la Agencia de Seguridad Alimentaria de la Unión Europea (EFSA), que aporta por primera vez una radiografía detallada sobre cuánto pescado consumen los europeos realmente y hasta qué punto conocen las recomendaciones oficiales para evitar una exposición excesiva al mercurio o metilmercurio.
Recordemos que el metilmercurio es la forma orgánica y más tóxica del mercurio que llega al medio ambiente y termina concentrándose en los ríos y los mares, donde microorganismos como las algas y las bacterias lo transforman en metilmercurio. Este compuesto pasa a los peces pequeños a través de la alimentación y como apenas se elimina del organismo, se acumula con el tiempo. A medida que avanza por la cadena alimentaria, cada depredador integra en su organismo la carga tóxica del anterior, por lo que las especies de mayor tamaño concentran unos niveles más elevados, por este motivo que se aconseja limitar el consumo de peces grandes como el atún o el pez espada.
Volviendo al tema, la investigación fue solicitada por la Comisión Europea y se desarrolló en dos fases. Primero se realizó una encuesta en los 27 países miembros, además de Islandia y Noruega, posteriormente se repitió el sondeo en países que habían actualizado sus recomendaciones dietéticas para comparar si la comunicación pública tenía efecto. La atención se centró especialmente en mujeres embarazadas y en periodo de lactancia, porque el feto y el bebé en desarrollo, son los más sensibles a los efectos del metilmercurio, aunque al mismo tiempo dependen del consumo de pescado de la madre para recibir nutrientes que son clave para su crecimiento y desarrollo cerebral.
Según los datos recabados, seis de cada diez europeos consumen pescado o marisco con regularidad, alrededor de un tercio de los adolescentes, los adultos y las embarazadas reconocen consumir pescado varias veces por semana y de especies grandes depredadoras como el pez espada o determinadas especies de atunes, que ya sabemos que son las que acumulan más mercurio a lo largo de su vida.
Aquí es donde entra en juego un concepto biológico clave, la bioacumulación. El mercurio liberado al medio ambiente por las actividades industriales llega al mar, las bacterias lo transforman en metilmercurio que, como hemos comentado, es la forma más tóxica del mercurio que se concentra progresivamente a medida que asciende en la cadena alimentaria, por lo que cuanto mayor y más longevo es el pescado, mayor es la carga tóxica.
Esta es la razón por la que la mayoría de las autoridades sanitarias europeas, recomiendan limitar a una o dos raciones semanales las especies de pescados grandes, y optar por la más pequeñas, como la sardina, la caballa o el boquerón, entre otras, pues tienen concentraciones mucho menores de metilmercurio. La cuestión es comprar pescado de forma inteligente.
El mensaje de EFSA no es alarmista, es un mensaje de equilibrio, lo expertos comentan que el pescado aporta proteínas de gran calidad, yodo, vitamina D y ácidos grasos omega-3, asociados al desarrollo cognitivo infantil y a la reducción del riesgo cardiovascular en las personas adultas, pero el problema aparece cuando la exposición al metilmercurio se vuelve crónica.
Apunta que muchos consumidores conocen mejor los beneficios del consumo de pescado que los posibles riesgos. Según se desprende de la encuesta, más de la mitad de los consumidores identifica ventajas nutricionales, mientras que una minoría recuerda peligros concretos, destacando que el mercurio es el contaminante más reconocido. La agencia comenta que la conducta alimentaria no depende únicamente de la información sanitaria, factores como el precio, el sabor o la comodidad, pesan más en la decisión de compra, lo que quiere decir que saber no siempre implica actuar.
Hay que recordar que la ONG ambiental BLOOM publicó el informe ‘Toxic Tuna’, en el que analizó 148 latas de atún vendidas en cinco países europeos con un resultado sorprendente, más del 50% de las latas superaba los límites de mercurio aplicados a otras especies de pescado. En este estudio se advertía que el atún tiene permitido un umbral legal de metilmercurio más elevado, lo que facilita que la mayoría de productos sean comercializables a pesar de tener unos niveles significativos de esta toxina. Recordemos que en un caso concreto, una lata adquirida en un Carrefour de París registró valores muy superiores a los considerados restrictivos. BLOOM destacaba que los estándares actuales priorizan la viabilidad económica del mercado del atún, por encima de la salud pública, y pedía equiparar sus límites a 0,3 mg/kg, es decir, el mismo techo aplicado a otras especies de pescado.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica el mercurio entre las diez sustancias más peligrosas para la salud humana, una exposición prolongada puede afectar al sistema nervioso, al desarrollo cerebral infantil y al sistema cardiovascular. El debate también alcanza a los organismos que fijan normas internacionales, ya que como comentaba BLOOM, en organizaciones como la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) o el Codex Alimentarius, la industria pesquera tiene una presencia destacada, lo que podría influir en la relajación de algunos límites regulatorios.
Menos pescado en el plato europeo
Curiosamente, estas alertas coinciden con un descenso del consumo de pescado. Un estudio del Eurobarómetro revelaba que los europeos compran menos pescado que hace unos años, sólo un 23% lo adquiere semanalmente y crece el número de personas que nunca lo consumen. Las razones son varias, inflación, preferencia por los productos congelados o enlatados que son más baratos, las dudas sobre sostenibilidad y cada vez más, el temor a la contaminación por mercurio y microplásticos que tienen una notable presencia en las especies marinas. También aumentan las exigencias de etiquetados claros sobre el origen, los métodos de captura y la seguridad alimentaria, algo que llevan pidiendo desde hace mucho tiempo organizaciones como Oceana.
Pero, es que el problema no termina en los metales pesados como el mercurio, recordemos que investigadores de la Universidad del País Vasco demostraron que los peces pueden acumular restos de medicamentos como antidepresivos, antibióticos o compuestos de cremas solares, además de los citados microplásticos. Aunque todavía se estudian sus efectos en los seres humanos, la presencia de esta mezcla química refuerza la necesidad de vigilancia y control ambiental.
¿Entonces, dejamos de comer pescado?
La evidencia científica no apunta eliminar el pescado de la dieta, sino elegir mejor, hay que sustituir los grandes depredadores por especies pequeñas y variadas, moderar el consumo de atún y especialmente mujeres embarazadas y niños, y atender a las recomendaciones nacionales como las de la AESAN como la estrategia más sensata. En definitiva, el pescado sigue siendo un alimento saludable, pero ya no puede considerarse ‘seguro’ sin matices. Entre los beneficios nutricionales y los riesgos de contaminación, los consumidores europeos se mueven en un terreno donde la información clara, la regulación estricta y el etiquetado transparente serán determinantes para recuperar la confianza.
Podéis conocer más detalles de la encuesta de la EFSA a través de este artículo publicado en su página web.