Piden prohibir la cría de pulpos en la UE tras la retirada del proyecto de Gran Canaria

La retirada del proyecto para crear la primera granja comercial de pulpos a gran escala del mundo ha sido recibida como una buena noticia por quienes llevan años cuestionando este tipo de acuicultura, pero la decisión de Nueva Pescanova deja también una cuestión pendiente. La petición para prohibir la cría de pulpos en la UE pretende precisamente evitar que una iniciativa similar pueda volver a plantearse en otro lugar de Europa. El proyecto de Gran Canaria ha sido retirado, pero la legislación europea todavía no establece una prohibición específica de la cría intensiva de pulpos.

El pasado 23 de julio Nueva Pescanova comunicó formalmente a la Autoridad Portuaria de Las Palmas su decisión de abandonar el proyecto con el que aspiraba a poner en marcha en el puerto de La Luz (Gran Canaria) la primera granja comercial de pulpos a gran escala del mundo. La empresa justificó la decisión por las circunstancias surgidas durante la tramitación administrativa, así como por los nuevos requerimientos planteados por la Comisión Autonómica de Evaluación Ambiental.

Para quienes se habían opuesto al proyecto, la noticia supuso una victoria tras años de campaña; sin embargo, hay una diferencia importante entre conseguir que un proyecto concreto no salga adelante y modificar las normas para impedir que otro igual pueda ponerse en marcha en el futuro. La retirada de Nueva Pescanova no equivale a una prohibición de la cría de pulpos en España ni en la Unión Europea, lo que ha terminado con el proyecto de Gran Canaria ha sido el desistimiento de la empresa ante las circunstancias empresariales y regulatorias surgidas durante la tramitación, no una norma europea que prohíba expresamente esta actividad.

La iniciativa de Nueva Pescanova pretendía crear una instalación de grandes dimensiones destinada a producir unas 3.000 toneladas de pulpo al año, cantidad que, según la documentación del proyecto difundida por las organizaciones que se oponían a él, equivaldría aproximadamente a un millón de ejemplares. El objetivo era criar pulpos comunes (Octopus vulgaris) desde las primeras etapas de su desarrollo hasta alcanzar el tamaño comercial.

La idea no era nueva, ya que durante décadas investigadores de diferentes países habían intentado completar el ciclo de vida del pulpo en cautividad, y uno de los principales obstáculos era la elevada mortalidad durante las primeras etapas de desarrollo. En nuestro país se produjo un avance especialmente importante cuando investigadores del Instituto Español de Oceanografía desarrollaron una metodología que permitió que ejemplares nacidos en cautividad alcanzaran la fase juvenil. Posteriormente, Nueva Pescanova anunció que había logrado cerrar el ciclo reproductivo, es decir, que pulpos nacidos en acuicultura llegaran a la edad adulta y se reprodujeran también en cautividad.

Aquel avance científico tenía una gran importancia, ya que permitía estudiar con mayor profundidad la biología del Octopus vulgaris y abría la posibilidad de producir pulpos en cautividad sin depender de la captura de ejemplares del medio natural para iniciar cada ciclo. Desde el punto de vista empresarial, también ofrecía la posibilidad de responder a una demanda internacional elevada y reducir la dependencia de las importaciones.

Por esta razón, el debate no puede reducirse a decir que la acuicultura del pulpo carece de interés científico. El desarrollo conseguido por los investigadores españoles fue relevante y contribuyó a ampliar el conocimiento sobre una especie extraordinariamente compleja, pero el problema empieza cuando ese avance científico se traslada a un modelo de producción intensiva a gran escala.

Una de las principales razones por las que la cría industrial de pulpos genera tanta controversia es la propia biología de estos animales. Los pulpos son cefalópodos con capacidades cognitivas muy desarrolladas: pueden resolver problemas, explorar objetos, aprender, modificar su comportamiento y adaptarse a diferentes situaciones. Además, presentan comportamientos que hacen especialmente difícil reproducir en los sistemas intensivos las condiciones necesarias para garantizar un nivel adecuado de bienestar.

El comportamiento natural de los pulpos es principalmente solitario; en una instalación industrial, sin embargo, sería necesario mantener un número muy elevado de animales en espacios controlados. Los expertos llevan años advirtiendo que una elevada densidad poblacional puede favorecer el estrés, la agresividad, las lesiones y el canibalismo. Una revisión científica sobre la acuicultura del pulpo señala también problemas relacionados con el bienestar, las condiciones de alojamiento y la mortalidad durante las primeras fases de vida.

Uno de los aspectos fundamentales es el dolor. La investigación sobre la sensibilidad de los cefalópodos ha acumulado suficientes evidencias como para que organismos científicos y legisladores presten especial atención a su bienestar. El trabajo dirigido por investigadores de la London School of Economics fue precisamente una de las bases científicas que contribuyeron a que el Reino Unido incluyera a los cefalópodos dentro de su legislación de reconocimiento de la capacidad de sentir. Merece la pena retomar la lectura del post «Los crustáceos decápodos y los moluscos cefalópodos no podrán ser cocinados vivos en Reino Unido» como información adicional.

Esto no significa que podamos conocer exactamente qué siente un pulpo ni equiparar su experiencia con la humana, pero sí que existe una base científica sólida que respalda la idea de que estos animales pueden experimentar dolor y otras formas de malestar y que, por tanto, debe aplicarse el principio de precaución cuando se diseñan sistemas de producción que pueden afectar a su bienestar.

La pregunta más difícil del debate es si podría diseñarse un sistema capaz de garantizar un nivel adecuado de bienestar. En teoría, cualquier explotación acuícola puede mejorar las condiciones de alojamiento, controlar la calidad del agua, proporcionar refugios y reducir los factores que provocan estrés. Pero el problema del pulpo es que sus necesidades biológicas y conductuales pueden entrar en conflicto con la lógica de una producción intensiva.

Un sistema industrial persigue criar un gran número de animales de manera eficiente, optimizando el espacio y los recursos. El pulpo, en cambio, necesita unas condiciones ambientales que le permitan expresar comportamientos naturales y reducir los conflictos entre individuos. Es una combinación que resulta especialmente complicada cuando se habla de instalaciones destinadas a producir cientos de miles o millones de animales.

A esto se añade otra cuestión que ha sido objeto de críticas: el sacrificio. Según la documentación del proyecto difundida por las organizaciones contrarias a la granja, se planteó el uso de agua helada para provocar la muerte de los animales, pero el bienestar durante el sacrificio es un tema especialmente delicado, ya que no basta con que un método resulte técnicamente eficaz, también debe existir suficiente evidencia de que provoca una pérdida rápida de consciencia y evita un sufrimiento innecesario.

La situación jurídica de los pulpos en la Unión Europea es uno de los argumentos centrales para quienes reclaman una prohibición, ya que los invertebrados no están cubiertos por ninguna legislación de la UE sobre bienestar animal en las granjas. La Comisión Europea ha reconocido en varias respuestas parlamentarias que la Directiva 98/58/CE, que establece normas generales para la protección de los animales mantenidos con fines ganaderos, no se aplica a los animales invertebrados. Por tanto, actualmente no existen normas específicas de la UE sobre el bienestar de los moluscos criados en granjas, y tampoco requisitos concretos sobre el bienestar durante su sacrificio.

Conviene realizar una precisión importante: esto no significa que los cefalópodos estén completamente ausentes de toda la legislación europea. La normativa sobre animales utilizados con fines científicos sí incluye a los cefalópodos vivos. Lo que existe es un vacío específico en la legislación de bienestar aplicable a los animales criados para producción alimentaria. La diferencia es fundamental: si una empresa quisiera desarrollar una granja industrial de pulpos para consumo humano, actualmente no existe una prohibición europea concreta que impida esa actividad por razones de bienestar animal.

A esto hay que sumar la alimentación. Las directrices estratégicas de la UE para una acuicultura más sostenible promueven una menor dependencia de la harina y el aceite de pescado obtenidos de poblaciones salvajes y el desarrollo de especies de bajo nivel trófico. La cría de un animal carnívoro como el pulpo obliga, por tanto, a examinar con especial atención el origen de los ingredientes utilizados para alimentarlo.

La defensa de la acuicultura suele apoyarse en una idea sencilla: si conseguimos producir una especie en granjas acuícolas, podremos reducir la presión sobre las poblaciones salvajes. En determinadas especies y bajo determinadas condiciones esto puede ser cierto, pero no puede darse por supuesto en el caso de un depredador como el pulpo. Estos cefalópodos necesitan una alimentación rica en proteínas y parte de los ingredientes del pienso podría proceder directa o indirectamente de otros animales marinos.

Esto puede generar una paradoja: una granja destinada a producir pulpo para aliviar la presión sobre las poblaciones salvajes podría terminar dependiendo de la captura de otros peces para elaborar su alimento. El impacto dependería de la composición del pienso, de la cantidad necesaria para producir cada kilo de pulpo y del origen de sus ingredientes. La cuestión es especialmente relevante dentro del objetivo europeo de reducir la dependencia de la acuicultura de la harina y el aceite de pescado obtenidos de poblaciones salvajes (pescado forraje).

Por ello no basta con comparar una granja de pulpos con la pesca tradicional y asumir automáticamente que la primera será más sostenible. Habría que analizar todo su ciclo productivo: alimentación, consumo de agua y energía, mortalidad, instalaciones, residuos, bienestar animal y origen de los recursos utilizados para alimentar a los animales.

Claro, que también existen argumentos a favor de la investigación, y la oposición a las granjas industriales no debe llevar a ignorar los avances científicos conseguidos en torno al cultivo del pulpo. Completar el ciclo reproductivo de Octopus vulgaris en cautividad fue un logro muy importante; el conocimiento obtenido puede ayudar a comprender mejor el crecimiento, la reproducción, el desarrollo larvario y otros aspectos de la biología de esta especie. Se trata de una información que puede tener aplicaciones científicas que no estén relacionadas directamente con la producción alimentaria.

También existe un argumento económico: la demanda mundial de pulpo es alta y las capturas pueden variar considerablemente, por lo que una producción controlada podría proporcionar un suministro más estable y reducir determinadas dependencias comerciales; además, si algún día se consiguiera desarrollar un sistema que demostrara ser ambientalmente sostenible y compatible con el bienestar animal, la acuicultura podría tener ventajas frente a otros modelos de explotación de poblaciones salvajes.

La retirada de Nueva Pescanova demuestra que las exigencias administrativas y ambientales pueden hacer que una empresa reconsidere un proyecto de estas características, pero esos procedimientos no constituyen una prohibición permanente. Si la cría intensiva de pulpos continúa sin una regulación concreta, una empresa podría intentar desarrollar un proyecto similar en otra comunidad autónoma, en otro país miembro de la UE o con un diseño diferente que cumpla las condiciones administrativas exigidas.

Una prohibición europea tendría un efecto muy distinto, ya que establecería una regla común para todos los Estados miembros, evitando que el futuro de esta actividad dependa exclusivamente de las decisiones administrativas de cada territorio. Además, una prohibición permitiría aplicar de manera coherente el principio de precaución, ya que existe una evidencia científica creciente sobre la sensibilidad y las necesidades de bienestar de los pulpos, pero al mismo tiempo persisten dudas importantes sobre la posibilidad de criarlos y sacrificarlos de forma compatible con un elevado nivel de bienestar.

La Unión Europea ya ha reconocido que la legislación sobre bienestar animal debe mantenerse al día con los avances científicos y, en este caso, existe una oportunidad para decidir qué modelo de acuicultura quiere promover Europa antes de que la producción industrial de pulpo se convierta en una realidad consolidada.

La petición de una prohibición de la cría de pulpos en la Unión Europea parte precisamente de la idea de no esperar a que exista una industria consolidada para empezar a discutir sus consecuencias. Se trata de una campaña ciudadana alojada en una plataforma privada, no de una Iniciativa Ciudadana Europea ni de una propuesta legislativa que obligue a las instituciones a actuar. Su finalidad es recabar apoyo social y presionar para que se aborde esta cuestión. Si la evidencia científica justifica considerar a los pulpos animales capaces de sentir y si todavía existen dudas importantes sobre la posibilidad de garantizar su bienestar en unos sistemas intensivos, una prohibición europea permitiría cerrar definitivamente la puerta a la expansión de este modelo.

La granja de Gran Canaria no se construirá, pero como se comenta aquí, se mantiene una pregunta: ¿queremos que el próximo proyecto tenga que ser detenido de nuevo mediante años de oposición y procedimientos administrativos, o queremos que la Unión Europea establezca ahora unas reglas claras sobre la cría industrial de pulpos?

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