En los últimos años, hablar de microplásticos en los alimentos ha dejado de ser una cuestión secundaria para convertirse en una preocupación actual y cotidiana, ya que se impone el deseo de saber lo que realmente consumimos sin darnos cuenta. Cada vez hay más evidencias científicas y de mayor calidad, lo que permite trazar una línea clara en el tiempo, desde las primeras sospechas sobre su presencia hasta los estudios más recientes que estiman su alcance y analizan sus posibles efectos en el organismo humano.
En 2019 se marcó un punto de inflexión. Un estudio de la Universidad de Victoria, en Canadá, puso cifras a una realidad que hasta entonces era difusa, concluyendo que los seres humanos ingerimos microplásticos de forma habitual. Estas partículas plásticas, procedentes de la degradación de envases, textiles y otros materiales sintéticos, estaban presentes en el agua, el aire y en numerosos alimentos. No olvidemos que en 2016 un estudio también constataba la presencia de microplásticos en los suelos agrícolas..
En aquel momento, las estimaciones eran ya preocupantes, ya que se calculaba una ingesta anual de entre 39.000 y 52.000 partículas plásticas sólo a través de la alimentación, cifra que podía aumentar notablemente al incluir la inhalación. A esto hay que añadir otros factores, como el consumo de agua embotellada, que puede incrementar la exposición.
Pero para los investigadores, el gran interrogante no era únicamente cuántos microplásticos y nanoplásticos ingeríamos, sino qué consecuencias podían tener en nuestro organismo. La EFSA ya advertía entonces de la falta de datos concluyentes y, todavía hoy, no existe una evaluación del riesgo suficientemente completa que permita concluir de forma definitiva sobre los posibles efectos de estas partículas en la salud humana. En aquel momento, la ciencia estaba aún en una fase inicial, más centrada en detectar el problema que en comprenderlo en profundidad.
A partir de 2019 comenzaron a aparecer indicios de que los microplásticos no eran simples residuos pasivos, podemos citar el trabajo de los investigadores del Centro Médico de la Universidad de Utrecht, que observaron que podían interferir con el sistema inmunológico. Las investigaciones mostraban que algunas células inmunes morían tras entrar en contacto con estas partículas, algo que no ocurría de la misma manera ante las bacterias comunes.
En 2021, un estudio de la Universidad Estatal de Florida profundizó aún más al demostrar que los microplásticos y nanoplásticos podían alterar células pulmonares humanas, modificando su estructura y ralentizando su metabolismo. Este descubrimiento fue clave porque introdujo dos ideas fundamentales, la exposición no se limita a la ingesta y los efectos pueden ser sutiles pero acumulativos.
A medida que se ha profundizado en el tema, se ha incrementado su complejidad, recordemos que no hace mucho un estudio europeo concluía que los nanoplásticos pueden unirse a antibióticos como la tetraciclina a un nivel molecular, dificultando la absorción del fármaco por el organismo y generando un problema añadido, el de favorecer la aparición de bacterias resistentes.
Este descubrimiento resultó especialmente preocupante, y es que al adherirse a los microplásticos, los antibióticos pueden llegar en dosis insuficientes a las bacterias, lo que crea el entorno perfecto para que estas desarrollen resistencia. Este concepto conocido como “resistencia cruzada”, sugiere que factores ambientales como los plásticos pueden influir directamente en uno de los mayores desafíos de la medicina moderna.
Alteraciones intestinales y efectos sistémicos por la ingesta de microplásticos
Posteriormente, la atención se centró en el sistema digestivo y podíamos conocer que diversos estudios demostraron que los microplásticos pueden alterar el microbioma intestinal, provocando disbiosis (desequilibrio en la microbiota), inflamación crónica y un aumento del riesgo de enfermedades metabólicas y neurológicas. Además, se observó que estas partículas plásticas pueden incrementar la permeabilidad intestinal, permitiendo el paso de toxinas y bacterias al torrente sanguíneo, algo conocido como “intestino permeable”, que conecta el sistema digestivo con otros órganos y amplifica el impacto de la exposición.
Hace poco también conocíamos un estudio publicado en Journal of Hazardous Materials que trataba la relación entre los nanoplásticos y la Salmonella, que representa un salto cualitativo en la comprensión del problema. En este estudio se analizó cómo los nanoplásticos de poliestireno interactúan con la Salmonella, una de las bacterias más relevantes en seguridad alimentaria.
Los resultados mostraban un comportamiento complejo donde en fases iniciales, los nanoplásticos aumentaban la virulencia de la bacteria al activar genes relacionados con la invasión celular y la formación de biopelículas. Esto significa que en determinadas condiciones, estos microorganismos patógenos podían volverse más agresivos. También se identificó un aumento del estrés oxidativo, daño en las membranas celulares y la activación de mecanismos de defensa bacterianos, lo que puede contribuir a la resistencia a los antibióticos incluso sin la presencia directa de estos fármacos.
Cuantificar los microplásticos y nanoplásticos en los alimentos
Los estudios citados ayudaron a entender los efectos, pero ahora una nueva investigación ha logrado medir el alcance real del problema. Un informe elaborado por Earth Action y rePurpose Global, ha calculado que alrededor de unas 1.000 toneladas de microplásticos y nanoplásticos pasan cada año de los envases a los alimentos y las bebidas.
Esta cifra es especialmente relevante porque señala una de las principales vías de la exposición humana, el envasado. A diferencia de otras fuentes ambientales, los envases están en contacto directo y continuo con los productos alimenticios que consumimos, lo que convierte pequeñas emisiones plásticas en una exposición constante.
Según los datos del estudio, cada persona podría ingerir una media de unos 130 miligramos de estas partículas plásticas al año, llegando hasta el gramo en las personas con un consumo elevado de productos envasados. Además, la mayoría de las partículas tienen menos de 150 micrómetros, tamaño suficientemente pequeño que facilita atravesar barreras celulares e interactuar con los sistemas biológicos.
Factores que multiplican la liberación de microplásticos en los envases
El informe identifica tres factores clave que aumentan la liberación de partículas plásticas en los envases. La radiación UV y especialmente la luz solar, que puede multiplicar dicha liberación hasta en cien veces, el estrés mecánico, como la acción de abrir y cerrar botellas que genera fricción, y el calor, ya sea por microondas o por el llenado en caliente, que causa el debilitamiento de la estructura del plástico. Los investigadores argumentan que un ejemplo claro es el de las botellas PET, responsables de aproximadamente un tercio de la exposición total relacionada con envases. Se apunta también que incluso detalles de diseño como el tipo de cierre, pueden influir en la cantidad de microplásticos que se liberan.
Claro, que no se trata únicamente de los fragmentos plásticos, ya que los envases contienen aditivos que pueden liberarse junto a estas partículas, incluyendo sustancias que son potencialmente disruptoras endocrinas o carcinógenas. Los expertos estiman que ingerir entre 100 y 200 miligramos de microplásticos, puede implicar una exposición significativa a compuestos químicos asociados. Esta situación pone de manifiesto una laguna importante en las regulaciones actuales que no siempre tiene en cuenta esta doble exposición física y química.
Los investigadores explican que el valor de los estudios más recientes radica en identificar las principales fuentes y factores de riesgo, para poder actuar de forma concreta. Cambios en el diseño de los envases, mejores condiciones de almacenamiento o decisiones simples de los consumidores, pueden reducir significativamente la exposición a los microplásticos. También comentan que el reto no es eliminar el plástico de forma inmediata, se trata de entender mejor su impacto e investigar para alcanzar alternativas más seguras y sostenibles.
En definitiva, la evolución de la investigación en los últimos años muestra un patrón claro, lo que empezó como una preocupación ambiental, se ha convertido en un tema central de seguridad alimentaria y salud pública. Hoy sabemos que los microplásticos están presentes en los alimentos, que llegan a nuestro organismo y que interactúan con los sistemas biológicos de formas muy complejas. También sabemos que pueden influir en las bacterias, los medicamentos y en los procesos fisiológicos, y a pesar de que aún queda mucho por investigar, es evidente que ha cambiado la percepción del problema. Podéis conocer todos los detalles del estudio a través de este artículo (Pdf) de Earth Action.
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