Intestino y cerebro: el origen del antojo por las proteínas

Durante años se ha creído que el apetito dependía sobre todo del hambre, del gusto o de la necesidad de obtener energía, pero nuevas investigaciones demuestran que el organismo es mucho más sofisticado de lo que se pensaba. El estudio sobre la conexión entre intestino y cerebro revela que nuestro organismo detecta cuándo se necesita comer, pero también identifica qué nutrientes le faltan, y modifica el comportamiento alimentario para empujarnos a comer determinados alimentos. Precisamente eso es lo que acaba de demostrar un nuevo trabajo científico que ha descubierto cómo el intestino puede activar el deseo específico de consumir proteínas y aminoácidos esenciales.

La investigación que ha sido desarrollada por científicos del Instituto de Ciencias Básicas de Corea del Sur (IBS), expertos de la Universidad Nacional de Seúl y la Universidad Ewha Womans, ha identificado una vía de comunicación desconocida hasta el momento entre el intestino y el cerebro. El descubrimiento publicado en la revista científica Science explica cómo nuestro organismo detecta la falta de proteínas y reacciona impulsando la búsqueda de nutrientes concretos, en vez de provocar simplemente un hambre generalizada.

Se trata de un descubrimiento importante porque ayuda a entender mejor por qué en determinados momentos podemos sentir antojos alimentarios específicos. Muchas veces podemos pensar que esos impulsos son simplemente psicológicos o fruto de la costumbre, pero la ciencia empieza a demostrar que tras ellos existe una compleja red biológica que intenta mantener el equilibrio nutricional de nuestro organismo.

Como sabemos, las proteínas son esenciales para la vida dado que aportan aminoácidos que son fundamentales y que el cuerpo no puede fabricar por sí mismo, por lo que deben obtenerse a través de la alimentación. Cuando el organismo detecta que existe carencia, se activan unos mecanismos que modifican nuestras preferencias alimentarias para priorizar aquellos alimentos ricos en proteínas.

Lo realmente interesante de esta investigación es el hecho de que los resultados demuestran que el intestino no actúa sólo como un órgano digestivo encargado de absorber nutrientes, en realidad funciona como una especie de ‘sensor inteligente’ que es capaz de vigilar de forma continua el estado nutricional del organismo y enviar información directamente al cerebro.

Los investigadores han descubierto que esta comunicación funciona a través de dos sistemas coordinados. El primero es una vía neuronal rápida que transmite la alerta de forma casi inmediata desde el intestino hasta el cerebro, el segundo mecanismo es hormonal y actúa de forma más lenta, reforzando durante más tiempo el deseo de consumir proteínas y aminoácidos esenciales.

Para llegar a estas conclusiones los expertos trabajaron con moscas de la fruta, uno de los modelos animales más utilizados en neurociencia para estudiar el comportamiento alimentario, y aunque pueda parecer sorprendente, hay que decir que estos insectos comparten mecanismos biológicos básicos con los mamíferos, lo que permite analizar con gran precisión determinados circuitos neuronales.

Cuando las moscas de la fruta recibían una dieta deficiente en proteínas, ciertas células especializadas y presentes en el intestino liberaban una hormona peptídica denominada CNMa que actúa como señal de comunicación entre el intestino y el cerebro, ayudando al organismo a detectar la falta de proteínas y aminoácidos esenciales. Esta señal activaba neuronas intestinales conectadas directamente con el cerebro, a través de una vía nerviosa específica intestino-cerebro. Paralelamente, la misma hormona viajaba por el organismo a través de la circulación sanguínea, reforzando posteriormente el mensaje de la necesidad de proteínas.

Lo más llamativo, según los expertos, es que este mecanismo no provocaba simplemente un aumento general del apetito, ya que el organismo no buscaba consumir más cantidad de cualquier alimento, en realidad modificaba de forma selectiva las preferencias alimentarias. Las moscas de la fruta empezaban a sentir mayor atracción por nutrientes relacionados con las proteínas, mientras se reducía el interés por el azúcar y los carbohidratos. Por tanto, el organismo regula cuánto comemos y también influye de forma activa en qué queremos comer.

Han comprobado también que esta señal intestinal inhibía determinadas neuronas cerebrales que son sensibles al azúcar y que se conocen como neuronas DH44. En consecuencia, el cerebro reducía el interés por los alimentos azucarados, priorizando la búsqueda de aminoácidos esenciales. Los investigadores explican que este aspecto resulta especialmente relevante ya que ayuda a comprender por qué ciertos déficits nutricionales pueden alterar nuestros deseos alimentarios. Por ello, en muchos casos los antojos podrían ser mecanismos biológicos de compensación, diseñados para corregir ciertas carencias concretas de nutrientes.

Este trabajo también se ha centrado en otro protagonista fundamental de la salud, la flora intestinal. Los expertos observaron que las moscas sin bacterias intestinales normales mostraban una activación mucho más intensa de las neuronas relacionadas con la búsqueda de aminoácidos, algo que sugiere que las bacterias intestinales desempeñan un papel importante en la regulación de los nutrientes disponibles, así como en la forma en la que el cerebro interpreta las necesidades nutricionales.

Cada vez existen más evidencias de que la microbiota influye en la digestión y también en el metabolismo, el sistema inmunitario, el estado de ánimo e incluso el comportamiento alimentario. El nuevo estudio refuerza aún más la idea de que intestino y cerebro mantienen una comunicación constante, mucho más compleja de lo que se creía hace apenas unos años.

Otro aspecto especialmente interesante del estudio es que han comprobado que este mecanismo no se limita a los insectos, experimentos realizados con roedores de laboratorio han mostrado resultados similares, pues cuando los animales sufrían una deficiencia de proteínas, desarrollaban una fuerte preferencia por aminoácidos esenciales. Otro descubrimiento inesperado se relaciona con una hormona denominada FGF21, que desempeña un papel central en el apetito por las proteínas en mamíferos. Las investigaciones muestran que incluso ratones modificados genéticamente para carecer de esta hormona, seguían mostrando una intensa búsqueda de aminoácidos.

Los resultados indican que existen otros sistemas de detección nutricional que resultan desconocidos para la ciencia. Los expertos comentan que es probable que el organismo disponga de múltiples mecanismos de seguridad destinados a garantizar la obtención de nutrientes esenciales para la supervivencia.

Este trabajo encaja perfectamente con otras investigaciones recientes sobre la conexión intestino-cerebro. Recordemos que hace unos años, científicos de la Universidad de Columbia descubrieron otra vía de comunicación intestinal relacionada con el deseo de consumir grasas. En ese estudio se comprobó que ciertas células intestinales detectaban la presencia de grasas y enviaban señales al cerebro a través del nervio vago, impulsando la preferencia por los alimentos grasos, incluso aunque los animales no pudieran percibir el sabor de la grasa.

El mencionado estudio de la Universidad de Columbia ya había empezado a desmontar la idea de que el gusto controla completamente nuestras preferencias alimentarias. Ahora la nueva investigación sobre las proteínas, amplía todavía más el mapa de las señales biológicas que condicionan lo que comemos. Todo el conjunto ayuda a entender por qué resulta tan difícil modificar ciertos hábitos alimentarios únicamente con la fuerza de voluntad, y es que el cerebro no toma decisiones aisladas, responde constantemente a señales hormonales, neuronales y metabólicas que son enviadas desde el intestino y otros órganos.

Desde el punto de vista evolutivo, estos mecanismos tenían una enorme utilidad. Durante miles de años el ser humano vivió en entornos donde los nutrientes eran escasos y conseguir proteínas suficientes resultaba esencial para sobrevivir. El cuerpo desarrolló sistemas extremadamente eficaces para detectar carencias y dirigir el comportamiento alimentario hacia los nutrientes necesarios.

Los investigadores explican que el problema es que actualmente vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, altamente calóricos y que han sido diseñados para estimular de forma permanente los circuitos de recompensa cerebral. En este contexto, los mecanismos biológicos que antes eran útiles, pueden ahora contribuir al sobrepeso, la obesidad y otros trastornos metabólicos. Es por ello que este tipo de estudios genera un enorme interés médico para comprender cómo el intestino influye en el cerebro, lo que podría abrir nuevas vías para tratar la obesidad, los trastornos alimentarios y las enfermedades metabólicas.

Muchos fármacos actuales para tratar la obesidad actúan precisamente sobre aquellas hormonas intestinales relacionadas con el apetito. Sin embargo, los expertos reconocen que todavía se sabe muy poco sobre cómo las señales naturales generadas en el intestino, modifican realmente el comportamiento alimentario. Los investigadores consideran que estos descubrimientos podrían permitir desarrollar tratamientos mucho más precisos en el futuro, evitando bloquear simplemente el apetito general, para modular de forma selectiva ciertos antojos o para corregir desequilibrios nutricionales concretos.

Esta nueva investigación refuerza una idea que es cada vez más aceptada en la ciencia, que el intestino funciona casi como un “segundo cerebro”, no sólo participa en la digestión, también interviene en las emociones, las decisiones alimentarias, el metabolismo y la regulación energética.

Lo cierto es que quedan muchas preguntas que todavía no tienen respuesta y gran parte de estas investigaciones deben confirmarse plenamente en los seres humanos, pero los resultados muestran con claridad que comer no depende únicamente del placer o de las rutinas y costumbres. Tras cada antojo, preferencia alimentaria e impulso por determinados nutrientes, existe toda una red biológica diseñada para mantener el equilibrio interno del organismo.

Os recomendamos acceder a este artículo publicado en la página del Instituto de Ciencias Básicas de Corea del Sur, y a este otro publicado en la página de la revista Science para conocer más detalles del trabajo.

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