El tiempo para cocinar está en alguna parte

Ponte Netflix mientras cocinas. O una serie, un podcast, música, la radio, un vídeo de YouTube o ese programa que te acompaña sin exigir demasiado. Lo digo medio en broma, pero también muy en serio, porque quizá el problema no siempre es que no tengamos tiempo para cocinar. A veces el problema es que hemos separado la cocina de la vida cotidiana, como si cocinar fuera una actividad aparte, solemne, larga, pesada, reservada para cuando todo lo demás ya está hecho.

Y claro, ese momento casi nunca llega. Decimos “no tengo tiempo de cocinar” con toda la sinceridad del mundo. Y muchas veces es verdad. Hay trabajos agotadores, horarios partidos, turnos imposibles, criaturas que atender, personas mayores, desplazamientos, cansancio acumulado, compras pendientes, lavadoras, correos, llamadas, preocupaciones y una lista de tareas que parece escrita por alguien que no conoce la vida real.

Pero también hay otra verdad, más incómoda y quizá más útil: vivimos en una época en la que dedicamos mucho tiempo a mirar pantallas. A veces para descansar, otras para anestesiarnos un poco, otras porque el móvil nos atrapa antes de que nos demos cuenta. Un capítulo lleva a otro. Un vídeo lleva a otro. Un mensaje lleva a una red social. Cinco minutos de scroll se convierten en media hora.

Y cuando levantamos la cabeza, seguimos cansados, seguimos sin haber cenado bien y seguimos pensando que no tenemos tiempo. Quizá esta idea incomoda un poco. Precisamente por eso merece la pena quedarnos aquí un momento. No para juzgarnos, sino para entender qué está pasando con nuestro tiempo, nuestra comida y nuestra forma de descansar.

Porque no se trata de culpabilizarnos. Bastante culpa cargamos ya en demasiadas cosas. Se trata de mirar con honestidad dónde se nos va el día y preguntarnos si nuestra alimentación no merece también un hueco pequeño, realista y posible.

Cocinar no siempre significa hacer un guiso de tres horas, preparar masa madre, limpiar calamares, montar un caldo oscuro o llenar la cocina de cazuelas. Cocinar también puede ser lavar unos tomates y aliñarlos bien. Cocer unos huevos. Abrir un bote de garbanzos y convertirlo en una cena decente. Cortar unas verduras y saltearlas. Hacer una crema. Preparar arroz para dos días. Dejar una vinagreta lista. Tostar unas semillas. Sacar del congelador algo que tuvimos la inteligencia de guardar otro día.

Cocinar no tiene por qué ser perfecto. Tiene que ser posible.

El tiempo no aparece: se reserva

Uno de los grandes engaños de la vida adulta es pensar que algún día tendremos tiempo. Tiempo para cocinar mejor, para ordenar la despensa, para planificar la compra, para comer con más calma, para probar recetas nuevas, para cuidarnos un poco más.

Pero el tiempo no suele aparecer. El tiempo se reserva.

Y reservar tiempo no significa convertirnos en máquinas de organización ni vivir con una hoja de cálculo pegada a la nevera. Significa decidir que comer no es un trámite menor. Que no es lo último de la lista. Que no podemos dejar nuestra alimentación siempre en manos del hambre urgente, del cansancio de las nueve de la noche o de lo primero que aparezca al abrir la despensa.

Claro que habrá días de bocadillo improvisado, de tortilla rápida, de restos, de “hoy no puedo con mi vida” y de “que cada uno se apañe”. Eso también es vivir. El problema no son esos días. El problema es cuando todos los días se parecen a ese día.

Entonces quizá conviene cambiar el enfoque, en lugar de decir “no tengo tiempo de cocinar”, podemos preguntarnos qué podemos cocinar con el tiempo real que tenemos. Ahí empieza una conversación mucho más interesante.

No hace falta cocinar más difícil, sino cocinar más a favor

A veces no cocinamos porque imaginamos la cocina como algo demasiado grande. Pensamos en recetas completas, ingredientes concretos, tiempos exactos, elaboraciones largas. Y claro, si para cenar bien necesitamos una receta de doce pasos, es normal que acabemos desistiendo.

Pero cocinar en casa no debería depender siempre de una receta. Debería apoyarse en recursos. Tener unos básicos bien elegidos. Saber qué verduras aguantan mejor la semana. Comprar legumbres cocidas sin pedir perdón. Tener huevos, arroz, pasta, conservas buenas, fruta, frutos secos, yogur natural, aceite de oliva virgen extra, vinagres, hierbas, especias, algún queso, algún pescado o carne si se consume, y verduras que puedan resolverse de varias maneras.

Eso no es sofisticación. Es supervivencia doméstica con un poco de criterio. Y si crees que necesitas ayuda para construir esa base, aquí la vas a encontrar. Para empezar, quédate con esta idea: una despensa útil no es la que está llena de cosas bonitas. Es la que te salva una cena sin empujarte siempre hacia lo peor. Es la que permite que, en veinte minutos, puedas preparar algo rico y razonablemente equilibrado.

Un bote de lentejas no es “no cocinar”. Es una oportunidad de comer un plato digno. Puedes enjuagarlas, mezclarlas con tomate, cebolla tierna, atún o huevo, unas aceitunas, una vinagreta y hierbas frescas. O saltearlas con verduras. O convertirlas en una crema. O añadirlas a una sopa rápida.

Lo importante no es si has partido de cero. Lo importante es si has tomado una decisión mejor que la alternativa que te esperaba por puro agotamiento.

Y esto vale para muchas cosas. Un arroz cocido del día anterior puede convertirse en una cena en diez minutos. Un filete de pescado se hace en la sartén o en el microondas mientras preparas una ensalada. La freidora de aire puede dejar unas verduras listas casi sin atención mientras haces otra cosa.

Una tortilla con las verduras que sobraron ayer sigue siendo una cena estupenda. Unos huevos cocidos, una lata de atún y unas hojas de ensalada resuelven una comida completa en muy poco tiempo. En casa últimamente hacemos durums más de una noche porque son un buen ejemplo de esa cocina posible en poco tiempo.

Una tortilla de trigo, unas hojas de lechuga, tomate, un poco de pollo a la plancha, atún o un huevo duro, una salsa de yogur o un buen hummus, y tienes una comida equilibrada que apetece de verdad. No da la sensación de estar tirando de lo primero que hay, sino de comer algo que elegirías aunque tuvieras más tiempo.

Y aquí hay otra idea que conviene recordar: cocinar más en casa no significa complicarse más la vida, sino volver a cocinar ingredientes. Un huevo, unas verduras, un pescado, unas legumbres, un arroz, una fruta, un yogur natural, una buena conserva, un pan decente. Alimentos reconocibles, que podemos combinar de muchas maneras sin depender siempre de platos preparados con listas de ingredientes interminables.

No se trata de demonizar todos los productos preparados, porque también pueden sacarnos de un apuro y algunos están bien resueltos. Pero si nuestra alimentación diaria depende demasiado de ellos, acabamos perdiendo margen: margen para elegir, para ajustar, para aprovechar sobras, para aliñar mejor, para cocinar a nuestro gusto y para saber realmente qué estamos comiendo.

La compra también es cocinar

Muchas veces hablamos de cocinar como si empezara cuando encendemos el fuego, pero ya me has escuchado decirlo muchas veces, empieza antes. A cocinar se empieza en la compra.

Si compramos sin pensar mínimamente en cómo vivimos, luego cocinamos contra nosotras mismas. Compramos verduras preciosas que requieren tiempo que no tenemos, ingredientes sueltos que no combinan entre sí, cosas que nos apetecen en el mercado, pero no pensamos cuándo las vamos a usar. O, al contrario, compramos tan poco producto fresco que luego la cocina se queda coja.

📬 La reflexión no termina aquí

Si has llegado hasta aquí, quizá también te apetezca seguir pensando en algo que nos toca de cerca: por qué decimos que no tenemos tiempo para cocinar, qué papel tienen las pantallas en ese cansancio acumulado y cómo podemos volver a hacer sitio a la comida real sin convertirla en otra exigencia más.

En Gastronomía y Cía A Bocados continúa esta reflexión y continuará la parte más práctica: compra, despensa, ingredientes que dan juego, preparaciones sencillas, cenas en veinte minutos y recursos para cocinar incluso cuando el día no da para mucho más.

No es una invitación a complicarte la vida. Es justo lo contrario: cocinar más a tu favor, con menos culpa, más intención y muchas ideas posibles.

Seguir leyendo en Gastronomía y Cía A Bocados

Artículos relacionados