Casi todo el mundo consume demasiada sal sin saberlo

Durante años, la idea de que casi todo el mundo consume demasiada sal sin saberlo ha podido parecer exagerada, pero hoy los datos muestran que describe bastante bien la realidad. Muchas personas creen que controlan su consumo y que el problema afecta sobre todo a otros, pero cuando se analizan los hábitos alimentarios reales, el panorama cambia: la mayoría consume más sal de la recomendada por la OMS sin ser realmente consciente de ello.

Un reciente estudio promovido por De Nierstichting (Fundación del Riñón) de los Países Bajos (Nierstichting) refuerza la realidad de esta percepción errónea. Según los datos, el 70% de los encuestados considera que la población en general consume demasiada sal, pero sólo un 18% de ellos reconoce que se excede en la ingesta de sal en su caso particular. Se trata de un contraste que muestra un sesgo evidente, los consumidores tendemos a ver el problema fuera y no dentro, y la realidad es que la gran mayoría de la población supera el límite de ingesta recomendado, establecido en 6 gramos diarios de sal.

El citado estudio aporta otro dato destacado, más de la mitad de las personas mayores de 45 años cree que su consumo de sal se encuentra dentro de lo adecuado, cuando en realidad no es así. Lamentablemente, esta falta de conciencia dificulta cualquier intento de cambio, ya que es complicado corregir un problema que no se percibe como propio.

Cierto es que los datos proceden de los Países Bajos, pero la situación es perfectamente extrapolable a España donde se supera ampliamente la ingesta recomendada. Diversos estudios sitúan el consumo medio entre los 9 y los 10 gramos diarios, así lo concluye la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), lo que supone prácticamente el doble de lo aconsejado por los organismos internacionales. Por tanto, el exceso de sal no es un problema aislado, es un problema estructural en la alimentación moderna.

Uno de los motivos principales del abuso de sal es que no se percibe, ya que en su mayoría no procede del uso del salero, procede de los alimentos cotidianos que forman parte de nuestra dieta habitual (con gran cantidad de productos ultraprocesados). Aproximadamente el 84% de la sal ingerida procede de productos procesados como embutidos, quesos, salsas, sopas, platos preparados o incluso alternativas vegetales. Por tanto, sólo una pequeña parte corresponde a la sal que añadimos al cocinar o en los platos cuando nos sentamos en la mesa.

Según los expertos, esto explica por qué muchas personas creen que consumen poca sal, y es que simplemente no la ven. Sin embargo, la sal está presente en cantidades significativas en los alimentos que se consumen a diario, por lo que esta “invisibilidad” es uno de los principales obstáculos para reducir su consumo.

Recordemos que las consecuencias para la salud por el abuso de sal son significativas, su exceso está estrechamente relacionado con la hipertensión arterial, un factor de riesgo clave en las enfermedades cardiovasculares. Pero también tiene un impacto directo sobre los riñones, de hecho, el propio estudio recuerda que el daño renal es irreversible y puede evolucionar hasta provocar insuficiencia renal, lo que deriva en tratamientos como la diálisis e incluso la necesidad de recurrir a los trasplantes de riñon.

Según el estudio, en los Países Bajos más de 1,8 millones de personas viven con daño renal, y cada año se suman unos 130.000 nuevos casos. Aunque las cifras en nuestro país varían, la tendencia es similar y está en crecimiento, siendo en gran parte debido a factores como la alimentación, el sobrepeso o enfermedades como la diabetes.

Otro dato preocupante es la cantidad de sal que se consume a lo largo del tiempo, los datos de diferentes estudios muestran que la mitad de las mujeres superan los 8 gramos diarios, mientras que en los hombres esta cifra alcanza los 11 gramos. Si se acumula ese exceso a lo largo de un año, supone más de un kilo de sal por encima de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, lo que supone una carga muy considerable para el organismo.

Más allá de las enfermedades cardiovasculares y renales, la evidencia científica también apunta a una relación entre el consumo elevado de sal y el cáncer de estómago. Estudios recientes en población occidental han demostrado que quienes añaden sal con frecuencia a sus comidas, tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar cáncer, incluso tras ajustar otros factores como el estilo de vida o la situación socioeconómica.

A nivel global, la situación es igualmente preocupante. La OMS (ver informe) calcula que el consumo medio mundial alcanza los 10,8 gramos diarios, y advierte que la reducción del consumo avanza de forma muy lenta. De hecho, sólo una minoría de países ha implementado políticas obligatorias eficaces para reducir la presencia de sodio en los alimentos, algo que preocupa a esta organización.

España aparece entre los países que han desarrollado estrategias para abordar este problema, pero muchas de ellas se basan en acuerdos voluntarios con la industria alimentaria (ya sabemos que en la mayoría de caso las iniciativas voluntarias de la industria alimentaria son poco eficaces). Las políticas obligatorias como los límites máximos de sal o unos sistemas claros de etiquetado frontal, han demostrado ser más eficaces para lograr cambios reales en los consumidores.

Por esta razón, cada vez más expertos insisten en que la solución debe ser compartida. Por un lado, es necesario que las administraciones impulsen regulaciones más estrictas, por otro lado, es fundamental mejorar la información que se brinda al consumidor mediante herramientas que permitan conocer de forma clara cuánta sal contienen los alimentos. Iniciativas como medidores de consumo o campañas de concienciación, buscan precisamente ese objetivo, hacer visible lo invisible, y en esto la organización del Reino Unido Action on Salt es especialista.

A nivel individual también hay margen para mejorar reduciendo el consumo de alimentos ultraprocesados, optar por alimentos frescos, leer las etiquetas nutricionales y cocinar más en el hogar son medidas eficaces. Además, el gusto se adapta con el tiempo, por lo que es posible acostumbrarse a sabores menos salados sin perder disfrute en la comida, e incluso utilizar estrategias como sustituir la sal con hierbas y especias.

En definitiva y como ya hemos comentado, el exceso de sal es un problema silencioso, generalizado y en muchas ocasiones invisible. Por ello es tan importante tomar conciencia y entender que el problema también nos afecta, como primer paso para cambiar los hábitos y proteger nuestra salud a largo plazo. Podéis conocer más detalles del estudio a través de este artículo publicado en la página de la Fundación del Riñón de los Países Bajos (Nierstichting).

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