Sucralosa y salud, ¿es tan segura como se dice?

Durante años, la sucralosa se ha presentado como la alternativa perfecta al azúcar, no tiene calorías, es extremadamente dulce (600 veces más que el azúcar) y aparentemente es inocua. Sin embargo, cuando se revisan con detalle los informes científicos más recientes, incluida la evaluación realizada por la EFSA (Agencia de Seguridad Alimentaria de la Unión Europea) y otros estudios independientes, aparece inevitablemente una pregunta acerca de la relación entre sucralosa y salud, ¿es tan segura como se dice realmente?

Las respuestas oficiales son, en parte, tranquilizadoras, pero también reconocen lagunas de conocimiento, limitaciones y efectos secundarios que invitan a tener un mayor espíritu crítico. Desde hace años la sucralosa (E-955) ha sido promocionada como una alternativa casi ideal al azúcar por las características antes descritas, sin embargo, cuando se examinan con calma los informes científicos y los estudios independientes, las conclusiones son menos simples de lo que sugiere el marketing publicitario.

Qué dice la EFSA de la sucralosa y que no puede asegurar

En la reevaluación toxicológica más reciente realizada por la agencia, confirma la ingesta diaria admisible (IDA) de 15 mg por kilo de peso corporal, y asegura que la exposición media de los consumidores europeos se mantiene por debajo de ese umbral. Hasta aquí, el mensaje oficial parece tranquilizador, pero el propio informe añade dos advertencias relevantes. La primera es que cuando la sucralosa se somete a temperaturas elevadas durante periodos prolongados, puede liberar cloro y generar compuestos clorados, cuya toxicidad no está bien caracterizada.

Esto es algo que afecta tanto a los procesos industriales (panadería, repostería horneada, etc.) como a la cocina doméstica. Es decir, no se puede descartar que al freír u hornear con sucralosa se formen sustancias potencialmente problemáticas para la salud.

La segunda advertencia es que no existen datos suficientes para respaldar la extensión del uso de la sucralosa a nuevas aplicaciones tecnológicas, como más productos de panadería y repostería. La propia EFSA reconoce que la evidencia disponible no le permite concluir sobre la seguridad en estos escenarios. Desde el punto de vista científico y regulatorio, este matiz es importante, y es que afirmar que un aditivo es “seguro en los usos autorizados”, no equivale a garantizar su seguridad en cualquier condición real de consumo. Y la cocina cotidiana con temperaturas variables, tiempos prolongados de horneado y combinaciones de ingredientes, rara vez reproducen las condiciones controladas de un laboratorio.

Mientras la EFSA se centra sobre todo en la toxicidad (genotoxicidad, carcinogenicidad, metabolismo), otras líneas de investigación han examinado los efectos metabólicos y neurológicos. Podemos citar un estudio de la Universidad de Sídney donde se mostró que la exposición continuada a edulcorantes artificiales puede recalibrar los centros de recompensa cerebral en modelos animales. Tras un consumo de edulcorantes durante varios días, los animales terminaban comiendo más cuando recibían alimentos con azúcar real, por lo que los expertos plantearon la hipótesis de que el cerebro detecta una discordancia entre dulzor y energía y trata de compensarla aumentando el apetito.

Más recientemente, investigadores de la Universidad del Sur de California observaron, mediante resonancia magnética funcional, que la sucralosa aumenta la actividad del hipotálamo, una región clave en el control del apetito. El edulcorante no estimula hormonas de la saciedad como la insulina o el GLP-1, provocando más deseo de comer y especialmente en las personas que tienen obesidad. Por tanto, si el objetivo de los edulcorantes no calóricos es ayudar a controlar el peso, este efecto paradójico merece una especial atención.

Otro frente de debate procede del microbioma, recordemos que investigadores de la Universidad Ben-Gurión del Néguev concluían que los edulcorantes artificiales podrían afectar al equilibrio de la flora intestinal al interferir con la comunicación bacteriana. Aunque estos resultados proceden en parte de estudios in vitro y deben interpretarse con precaución, encajan con una tendencia más amplia, y es que se sabe que pequeñas alteraciones en la flora intestinal pueden afectar al metabolismo, la inflamación o la tolerancia a la glucosa. Claro, que este tipo de efectos funcionales, no siempre quedan plenamente reflejados en las evaluaciones regulatorias tradicionales que se centran en la toxicidad aguda o en la toxicidad crónica clásica.

También merece la pena citar un análisis observacional de la Universidad de Boston, que encontró asociaciones entre el consumo diario de bebidas con edulcorantes artificiales y un mayor riesgo de ictus y demencia, aunque también es verdad que los propios autores del estudio admitían que no se puede establecer causalidad, pero no hay duda de que la señal estadística existe.

Este tipo de estudios no prueban que la sucralosa cause enfermedad, pero sí indican que no es prudente asumir una inocuidad total, y es que cuando múltiples investigaciones independientes apuntan en direcciones parecidas, apetito, microbioma, metabolismo, cerebro… conviene, al menos, aplicar el principio de precaución y mantener una postura preventiva.

La EFSA trabaja con criterios rigurosos, pero su marco de evaluación tiene limitaciones, este se basa sobre todo en dosis máximas teóricas, toxicidad clásica y estudios controlados. Pero el problema es que la vida real no es un laboratorio, cocinamos, mezclamos ingredientes, usamos varios edulcorantes a la vez y los consumimos durante décadas. Además, efectos sutiles como cambios en el apetito o en el microbioma, pueden no aparecer en los ensayos toxicológicos estándar.

Cuando la propia agencia admite que no puede confirmar la seguridad en nuevas aplicaciones térmicas o domésticas, el mensaje implícito es claro y es que existe incertidumbre científica relevante. Entonces, ¿qué hacer como consumidor? Obviamente no se trata de alarmar ni de demonizar un ingrediente en concreto, ya que la evidencia actual no indica que la sucralosa sea un tóxico agudo a las dosis habituales, pero tampoco respalda la idea de que sea completamente inocua.

Por tanto, una postura razonable sería evitar cocinar u hornear con sucralosa a altas temperaturas, no basar la dieta en productos “light” o “cero” como sustituto permanente, priorizar el agua y los alimentos poco procesados, y por supuesto, utilizar los edulcorantes no calóricos con moderación.

Paradójicamente, la alternativa más segura sigue siendo la más simple, reducir el gusto por el exceso de dulzor, en vez de reemplazar el azúcar por edulcorantes artificiales de los que todavía no se tiene pleno conocimiento y comprensión. A la vista de los datos actuales, parece evidente que la sucralosa parece científicamente incierta, por lo que lo mejor es ser prudentes y realizar un consumo moderado.

Podéis conocer todos los detalles del estudio de la EFSA a través de este artículo publicado en el Journal EFSA, seguramente sacareis conclusiones interesantes.

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