La creciente preocupación por la presencia de microplásticos en los alimentos ha dejado de ser un tema exclusivo de los laboratorios de investigación para convertirse en una inquietud cotidiana de los ciudadanos europeos, algo que ya reflejábamos en el post “Seguridad alimentaria en la UE, ¿qué opinan los europeos?”. Para comprender el alcance de este fenómeno, es necesario analizar lo que la EFSA sabe hasta el momento, separando las certezas científicas de las numerosas incógnitas que todavía rodean a estas partículas plásticas.
El debate ya no se limita al plástico evidente, esas piezas grandes que contaminan los océanos y afectan de forma visible a la fauna marina. Ahora la ciencia se centra en lo que resulta invisible para el ojo humano, rastreando cómo el plástico degradado se ha integrado de forma silenciosa en la cadena alimentaria y, por extensión, en el propio organismo.
Históricamente, la percepción del problema del plástico se ha asociado a imágenes de entornos marinos degradados y animales afectados por la ingesta de residuos de gran tamaño. Pero en la última década, la comunidad científica ha desplazado parte de su atención hacia lo imperceptible a simple vista. Se trata de un cambio de enfoque que ha revelado que los plásticos no desaparecen, sino que se fragmentan de forma continua.
Las nuevas investigaciones han desmentido la vieja idea de que la contaminación por plástico afecta exclusivamente a los ecosistemas oceánicos. Diversos estudios confirman que el entorno terrestre y los suelos agrícolas sufren también este impacto, lo que convierte la presencia de estas partículas plásticas en un fenómeno ubicuo, es decir, presente en múltiples entornos al mismo tiempo. Esta preocupación aparece cada vez con más frecuencia en los medios de comunicación y en las encuestas de opinión pública, como muestran los datos del Eurobarómetro que referenciábamos en el post “Seguridad alimentaria en la UE, ¿qué opinan los europeos?”.
Microplásticos y nanoplásticos: un enemigo silencioso
Los plásticos son polímeros sintéticos que se caracterizan por su nula o bajísima capacidad de degradación biológica. Al exponerse a los elementos ambientales, sufren un proceso de fragmentación física que genera partículas cada vez más pequeñas. Se definen como microplásticos las partículas de plástico con un tamaño inferior a 5 milímetros. Los fragmentos más grandes dentro de esta categoría pueden llegar a ser visibles, pero los más pequeños escapan por completo a nuestra visión.
Se consideran nanoplásticos aquellas partículas que, tras continuar fragmentándose, han entrado en la escala nanométrica. Actualmente, en la comunidad científica coexisten discrepancias sobre el límite exacto que separa ambas categorías: algunos investigadores sitúan la frontera en una micra y otros proponen límites inferiores. Sin embargo, sí existe consenso en que el comportamiento físico-químico de estas partículas cambia de forma drástica a medida que disminuye su tamaño.
La omnipresencia de los microplásticos implica que convivimos con ellos a través de múltiples vías de exposición. Se han detectado partículas suspendidas en el aire por efecto de la brisa marina y el oleaje, lo que introduce la inhalación como una posible vía de entrada al organismo. Sin embargo, buena parte de las partículas inhaladas que no son lo suficientemente pequeñas como para ser absorbidas por el sistema respiratorio pueden terminar arrastradas hacia el tracto digestivo.
Por esta razón, los expertos de la EFSA apuntan que los alimentos y el agua son, con gran probabilidad, una de las vías principales y más significativas de exposición humana a los microplásticos. Recordemos que una investigación de la Universidad de Victoria (Canadá) concluía que los seres humanos consumen una gran cantidad de microplásticos sin saberlo.
La ruta del plástico hacia las fresas
Para ilustrar de forma práctica cómo pueden llegar estas partículas a un producto fresco de supermercado, se puede analizar el ciclo de producción de una bandeja de fresas. La contaminación no procede de un único punto, sino de una suma de factores a lo largo de toda la cadena alimentaria, tal como explican los expertos de la EFSA en su material divulgativo.
Los suelos agrícolas pueden estar previamente contaminados. Algunas investigaciones han mostrado que las raíces de las plantas pueden absorber microplásticos y nanoplásticos, que después son transportados a través del sistema vascular vegetal hasta otros tejidos de la planta. Como información complementaria, recomendamos retomar la lectura del post “Microplásticos presentes en los suelos agrícolas, ¿hay motivos para preocuparse?”.
También el agua puede actuar como vía de entrada. Si las fuentes hídricas utilizadas para la agricultura están contaminadas por plásticos, se produce una transferencia directa de estos materiales a los cultivos. A ello se suman algunas prácticas agrícolas que, aunque buscan optimizar el uso del agua o mejorar el rendimiento del cultivo, pueden convertirse en fuentes de emisión de partículas plásticas. Es el caso del acolchado agrícola con láminas de plástico o del uso de tuberías de polímeros en sistemas de riego por goteo, materiales que pueden degradarse con el tiempo y liberar fragmentos en el propio terreno de cultivo.
También existe riesgo durante el procesado y transporte. En las fases de recolección, lavado, selección y manipulación, los alimentos pueden entrar en contacto con cintas transportadoras, recipientes, superficies y otros materiales fabricados total o parcialmente con plástico. La fricción, el desgaste y el uso continuado pueden favorecer el desprendimiento de partículas.
Finalmente, hay que citar los materiales en contacto con los alimentos, en concreto, el envasado final, como las bandejas plásticas. Una revisión científica reciente elaborada para la EFSA sobre la posible liberación de microplásticos y nanoplásticos desde materiales en contacto con alimentos concluyó que, con la evidencia disponible, no se identifica una liberación masiva o alarmante desde los envases hacia los alimentos. Sin embargo, la propia falta de datos definitivos obliga a mantener abierta la investigación y a actualizar la revisión en los próximos años. Claro, que el problema no se limita sólo a las partículas de plástico: recordemos una investigación realizada por expertos de la Universidad ETH Zürich (Suiza), en la que se concluyó que existe un elevado número de sustancias químicas preocupantes en los productos elaborados con plásticos, incluido el envasado.
Aunque técnicamente es posible analizar y cuantificar los microplásticos en un alimento, los expertos de la EFSA explican que el proceso es extremadamente complejo y laborioso. A diferencia de otros contaminantes, los microplásticos varían en forma, tamaño, color y composición química. Para analizarlos, es necesario realizar un proceso de “digestión” química de la matriz alimentaria, es decir, disolver el alimento mediante reactivos para aislar únicamente el plástico residual.
Este procedimiento exige un equilibrio químico muy preciso. Si el método de digestión es demasiado débil, la materia orgánica no se disuelve correctamente; si es demasiado agresivo, se corre el riesgo de destruir o alterar el propio plástico que se pretende medir. Por tanto, preparar y analizar una sola muestra de un alimento complejo, como por ejemplo la carne, puede requerir hasta dos semanas de trabajo de laboratorio.
A esto hay que sumar el problema de la contaminación cruzada. Dado que gran parte del equipamiento de los laboratorios tradicionales está fabricado con componentes plásticos, el simple acto de manipular la muestra puede alterar los resultados, restar fiabilidad a las mediciones y dificultar la comparación de datos entre diferentes centros de investigación a nivel internacional.
Lo que se sabe y lo que todavía no se puede concluir
Los investigadores de la agencia explican que la gran pregunta que preocupa a la sociedad es cuál es el límite seguro de exposición y qué efectos reales producen estas partículas en la salud. En este punto, la ciencia mantiene una postura de cautela debido a la falta de datos toxicológicos concluyentes. La EFSA recuerda que todavía no ha completado una evaluación completa del riesgo de los microplásticos y nanoplásticos en alimentos, por lo que no puede establecer una conclusión definitiva sobre sus potenciales efectos en la salud.
Sin embargo, existen estudios experimentales que apuntan a posibles mecanismos de daño y que conviene seguir de cerca. En Gastronomía y Cía hemos referenciado investigaciones que sugieren, por ejemplo, que los microplásticos y nanoplásticos pueden afectar a las células pulmonares humanas, que podrían alterar la salud intestinal, o que las células inmunes que fagocitan microplásticos de un tamaño de 10 micras pueden morir poco después. Son estudios relevantes, pero deben interpretarse dentro de su contexto experimental y no como una cuantificación directa del riesgo alimentario real en humanos.
Los investigadores explican que lo que sí se ha podido contrastar es que el tamaño de la partícula determina su comportamiento en el organismo. Las partículas de mayor tamaño tienden a atravesar el sistema digestivo sin ser absorbidas y se excretan de forma natural a través de las heces. En cambio, los nanoplásticos, según estudios in vitro, muestran capacidad para atravesar membranas celulares, lo que abre interrogantes sobre la posible bioacumulación a largo plazo en tejidos humanos y sobre sus potenciales efectos crónicos. Sobre estos aspectos todavía no existe una respuesta científica definitiva.
A pesar de estas lagunas de conocimiento, la actividad reguladora y de investigación se ha acelerado de forma notable en los últimos años, impulsada también por el Parlamento Europeo. Recordemos que el año pasado pidió a la EFSA asesoramiento científico sobre los microplásticos en los alimentos.
A raíz de esta solicitud, la EFSA está desarrollando una evaluación integral del riesgo para la salud humana derivado de la presencia de microplásticos y nanoplásticos en la cadena alimentaria. En esta tarea participan paneles de expertos en contaminantes y observadores de otras agencias, con el objetivo de avanzar en la estandarización y armonización de las técnicas analíticas. Sólo con métodos comparables la comunidad científica podrá interpretar mejor los resultados y valorar si es posible establecer límites máximos de seguridad en los alimentos en un futuro.
En definitiva, según explica la EFSA en este artículo, la agencia reconoce que todavía existen importantes lagunas de conocimiento sobre los microplásticos y nanoplásticos en los alimentos. La investigación avanza, pero aún faltan datos sólidos, métodos analíticos armonizados y una evaluación toxicológica completa que permita definir con mayor precisión el riesgo real para la salud humana.
Estaremos atentos a las nuevas informaciones que facilite la EFSA, porque este tema no sólo afecta a la seguridad alimentaria, también obliga a revisar cómo producimos, envasamos, transportamos y consumimos alimentos en un mundo cada vez más contaminado por partículas invisibles.
Crédito imágenes | Depositphotos.com