La designación de Jerez de la Frontera como Capital Española de la Gastronomía 2026 se conoció el 17 de octubre de 2025, tras el fallo del jurado que reconoce el legado culinario y la contribución de la ciudad al patrimonio gastronómico nacional. Pero el relevo y el arranque de la agenda han llegado ahora, concretamente el pasado 10 de febrero de 2026, cuando la alcaldesa, María José García-Pelayo, recogió el título en el Salón Noble del Ayuntamiento de Jerez, de manos del presidente de Capital Española de la Gastronomía y de la concejala de Turismo del Ayuntamiento de Alicante.
Jerez recoge así un testigo que viene pasando de mano en mano desde hace más de una década: Alicante (2025), Oviedo (2024), Cuenca (2023), Sanlúcar de Barrameda (2022), Murcia (2020–2021), Almería (2019), León (2018), Huelva (2017), Toledo (2016), Cáceres (2015), Vitoria-Gasteiz (2014), Burgos (2013) y Logroño-La Rioja (2012). Ese recorrido ayuda a entender el sentido del título, no es un aplauso puntual, es un relevo anual que pone el foco en ciudades muy distintas y obliga a cada una a demostrar, durante un año entero, que su gastronomía es algo más que un argumento turístico.
En los textos oficiales del Ayuntamiento, Jerez se presenta como algo más que un destino de fin de semana. Se define como una ciudad con potencial enogastronómico y con una candidatura respaldada por todos, sector empresarial, asociaciones, instituciones, universidad, consejo regulador, comercio, cultura, vecindario. Esa lista de apoyos no es un adorno: explica por qué estos reconocimientos pueden funcionar. Una capitalidad gastronómica no se construye sólo desde una concejalía, la sostienen quienes cocinan, sirven, cultivan, compran, venden, investigan, enseñan y mantienen viva la costumbre de salir, sentarse y compartir.
En la designación de octubre se citan expresamente entidades como HORECA, la Asociación Hostelería de Jerez, el Clúster Turístico, la Universidad de Cádiz, el Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen Jerez-Xérès-Sherry, Brandy y Vinagre de Jerez, la Diputación, asociaciones de comerciantes y colectivos culturales y vecinales… en definitiva, el conjunto de la sociedad jerezana.
Jerez no ganó este título con una frase redonda, sino con un mapa que empieza en la campiña y en la cercanía, una despensa que no necesita viajar para ser valiosa y que se entiende desde el respeto por el producto con nombre propio. A partir de ahí, la cocina aparece como lo que es en las ciudades que han aprendido a cocinarse a sí mismas, una suma de hechos, oficios y costumbres. La tradición no es una vitrina, sino una práctica diaria; y la vanguardia no es maquillaje, sino oficio afinado, técnica y mirada contemporánea apoyada en lo anterior.
En el centro de ese mapa está el vino, claro, pero no como maridaje, sino como columna vertebral cultural: un patrimonio que se bebe y que también organiza el gusto, el comercio, la conversación y, por extensión, la manera de comer. Y alrededor del vino o, mejor dicho, alrededor de la vida que el vino ha creado aparecen esos espacios que no se inventan por decreto: tabancos, peñas, mostos, lugares donde la gastronomía no se representa para el visitante, sino que se vive con naturalidad.
Y luego está el calendario, que en una ciudad como Jerez no es baladí. Fiestas, encuentros y eventos marcan momentos del año en los que el plato y la copa funcionan como un lenguaje común. Esa es, en el fondo, la idea que sostiene la candidatura: que la gastronomía no es un reclamo aislado, sino un sistema completo (producto, cocina, vino, lugares y tiempo) y que, cuando ese sistema está vivo, un título lo hace más visible.
El relato oficial menciona espacios donde lo gastronómico sucede de forma natural. Un tabanco no es únicamente un sitio donde beber, es barra, conversación y costumbre. Una peña es más que un local, es tejido social. Y el mosto, en su temporada, no es sólo una bebida, es una señal clara de estación, de hábitos y de mesa compartida. Jerez, además, explica su cocina desde un punto que suena razonable: una cocina forjada en la convivencia de culturas, capaz de conservar el legado sin cerrarse a la evolución. Ese equilibrio —no convertir la tradición en museo ni la modernidad en ruptura— es uno de los retos reales de cualquier capitalidad.
El lema existe, pero lo importante es lo que obliga a hacer
La candidatura se presentó bajo el lema “Come, Bebe, Ama Jerez”, y se reforzó con una marca y un logotipo que buscan transmitir una visión transversal de la gastronomía como patrimonio cultural. Un lema puede quedarse en frase bonita o convertirse en guía: todo depende de lo que se haga con él. Lo interesante aquí es que el Ayuntamiento define cuatro líneas estratégicas para ordenar el proyecto:
✔ Legado y tradición de la cocina local.
✔ Cooperación e intercambio, entendiendo el valor de la interacción entre gastronomía y otras expresiones culturales.
✔ Sostenibilidad, alineada con desarrollo sostenible, investigación e innovación.
✔ Talento y oficios de la gastronomía, con programas e iniciativas orientadas a nuevas generaciones, formación y capacitación.
Ese marco, bien trabajado, evita que la capitalidad se convierta en una sucesión de eventos sin continuidad. Marca prioridades: enseñar, profesionalizar, dejar herramientas, conectar cocina con cultura y sostener un hilo conductor que dure más allá del año de la capitalidad. El dossier presentado recoge un programa de 54 actividades planificadas a lo largo de 2026, definidas con agentes del territorio, con la intención explícita de mantener un calendario vivo e incorporar propuestas durante todo el año.
El Ayuntamiento recuerda que la Capital Española de la Gastronomía busca reconocer a la ciudad que más destaque en la promoción de la gastronomía como uno de los principales atractivos del turismo en España. Y pone un dato sobre la mesa: según cifras citadas de la Secretaría de Turismo, el 15% de los turistas que visitan España reconoce que viajó atraído por la oferta de cocina y vinos, siendo la gastronomía un motivo clave al elegir destino. Ese porcentaje ayuda a entender por qué las ciudades se toman en serio estos títulos: porque pueden traducirse en visitas, economía local y proyección.
Un título puede ser escaparate o puede ser compromiso. Jerez de la Frontera ya tiene el foco, ahora empieza lo importante, que 2026 no sea sólo un calendario de actos, sino una oportunidad real para contar su cocina desde dentro y, sobre todo, para que el año deje proyectos útiles, alianzas reales y una manera más sólida de explicar qué es Jerez cuando pase el titular.