Durante generaciones, la pregunta que se hacía en las familias era simple: ¿qué podemos comer hoy? Mientras en la actualidad, la pregunta se ha vuelto extraña: ¿qué puedo comer para cuidar mi salud? Hemos pasado de comer para subsistir a tener que reaprender a comer en un entorno donde abunda lo disponible, pero no siempre lo que nos conviene. Y, entre tanta oferta, el criterio se vuelve más valioso que nunca.
Comer para cuidarse no debería sonar a castigo, ni a una vida en blanco y negro. En muchas casas, sin embargo, esa conversación se enreda entre extremos: o la rigidez que no se sostiene, o el ‘ya que no puedo hacerlo perfecto, lo abandono’. Y en medio queda lo más importante: la posibilidad real, cotidiana, imperfecta y suficiente, de volver a una forma de comer que se reconozca, que siente bien y que se disfrute.
Venimos de una generación en la que comer bien no era un concepto, era lo normal: se comía lo que había en el mercado, lo que entraba en casa y lo que se sabía cocinar. Había ultraprocesados, claro, pero no estaban en el centro de la alimentación. Eran un capricho ocasional, no una base cotidiana. Y nuestros padres, por pura lógica doméstica (y también por economía), no los compraban con la frecuencia con la que hoy aparecen en cualquier despensa.
No lo contamos para idealizar el pasado, sino porque ese marco explica algo importante: antes, sin discurso y sin etiquetas, el entorno ya empujaba hacia una alimentación más sencilla y más reconocible. Ahora, en cambio, hace falta poner conciencia y criterio a lo que antes venía dado.
En casa esa forma de mirar la despensa y la mesa viene de lejos. Siempre hemos hablado de la comida con la calma de quienes han aprendido a escuchar al cuerpo: sentido común, nada de épica y cero florituras. Pero también con una convicción que para nosotros es esencial: comer es uno de los grandes placeres de la vida, y cuidarse no debería estar reñido con disfrutar. No lo vivimos como sustituto de la medicina, ni como promesa, sino como base. Una base que sostiene, que acompaña y que, con el tiempo, te devuelve algo que hoy vale oro: autonomía.
Por eso me interesa insistir en algo que parece obvio, pero no lo es: comer mejor no debería convertirse en una carrera de obstáculos, ni en una lista infinita de normas o prohibiciones. Cocinar con intención (en el sentido más humano de la palabra) no significa vivir contando calorías ni convertir cada decisión en un examen; significa elegir bien, construir sabor sin muletas y permitir el placer, porque lo que no se disfruta rara vez se mantiene.
Y para que esta conversación no se quede en teoría, quiero bajarla a tierra. A la compra, a la despensa, al plato. A los ingredientes. No como fetiches ni como “salvadores”, sino como herramientas reales: entender qué son, qué aportan, cómo se comportan en la cocina y por qué, cuando los tratamos con un mínimo de técnica, no sólo comemos más rico, también nos resulta más fácil sostener una forma de alimentarnos que nos siente bien.
Así que este texto es el punto de partida. Ahora vendrá una serie práctica para llevarlo a la mesa: decisiones pequeñas, hábitos que se sostienen y, sobre todo, ingredientes detallados, uno a uno, para aprender a usarlos, disfrutarlos y aprovechar sus bondades sin exageraciones. Os recordamos que estos contenidos se estrenan primero en Substack, y algunos capítulos y recursos son exclusivos para suscriptores de pago. En el blog iremos publicando una parte de ellos, adaptados a este formato. Ahora vamos, con la introducción.
Mi padre habla de los alimentos como hablan los mayores cuando han aprendido a escuchar al cuerpo: con calma, con sentido común, sin florituras. En su mesa, la salud siempre va primero. Y no puedo estar más orgullosa, porque es con lo que he crecido y, a día de hoy, me acompaña: me preocupa, me guía y, a veces, me empuja a decir en voz alta algo que convendría no olvidar.
Además, mi padre me ha demostrado algo que parece obvio y, sin embargo, no lo es: lo mejor para la salud suele ser lo más sencillo. Comida real, natural, reconocible. Y esto lo valoro todavía más porque no siempre se ha vivido así. En su generación ya existían ultraprocesados (menos que ahora, sí), pero se consumían con una inocencia que hoy resulta casi entrañable: no se sabía lo que eran ni lo que implicaban. Estaban ricos, eran cómodos, eran modernos. Y durante mucho tiempo eso bastaba.
Por eso me acompaña una frase de Michael Pollan que no entiendo como nostalgia, sino como brújula: ‘No comas nada que tu abuela no reconocería como comida’. Y sé que esa frase necesita matices: una abuela (o bisabuela) podría no reconocer un tofu o un yogur, y eso no los convierte en mala idea. Lo que me interesa de verdad es el fondo: desconfiar de lo que está diseñado para parecer comida, y volver a los ingredientes que se pueden nombrar sin rodeos. Mis abuelas ya no están, pero esa forma de mirar la despensa, con criterio, no con miedo, sigue muy viva en mí.
Nunca he profundizado en temas personales como lo voy a hacer hoy. Mi padre padeció cáncer de colon y lo superó. Han pasado tantos años que no puedo demostrar nada, pero con el tiempo he pensado que pudo haber un componente familiar: mi abuela y uno de mis tíos fallecieron por problemas del aparato digestivo en una época en la que la medicina (y los diagnósticos) no eran lo que son hoy.
Entre otras cosas, estas experiencias nos han llevado a mirar la alimentación con un respeto muy particular. No como sustituto de la medicina, sino como parte de lo que nos sostiene: una base que puede ayudarnos a estar en mejores condiciones para afrontar una enfermedad y sus tratamientos. No es una promesa, ni una conclusión cerrada; cada caso es un mundo. Pero sí es real, y difícil de discutir que una persona que cuida sus hábitos suele tener más recursos para atravesar una enfermedad, recuperarse y volver a levantar el día a día.
Y sé que no somos la única familia con una historia parecida. Cada casa tiene sus propios capítulos: diagnósticos, pérdidas, miedos, aprendizajes, decisiones pequeñas que, con el tiempo, se vuelven conocimiento. Si te apetece, me gustaría que este espacio también sirviera para eso: para que otras familias puedan compartir —hasta donde quieran— su experiencia y lo que han aprendido sobre comer mejor, cuidarse y sostenerse.
A veces, cuando hablamos de alimentarse para cuidarse, parece que estemos hablando de una vida en escala de grises. Como si cuidar la salud obligara a renunciar al placer, a la mesa compartida, a la cocina con ganas. Y yo creo que esa idea hace mucho daño, porque empuja a la gente hacia dos extremos igual de estériles: o la rigidez que no se sostiene, o el ‘ya que no puedo hacerlo perfecto, lo abandono’.
No es así.
Cuidarse, en la práctica, suele ser bastante menos épico: es una suma de hechos pequeños que, repetidos, se vuelven un hábito. Y la palabra clave aquí no es ‘control’, es sostener. Lo que se sostiene es lo que te acompaña de verdad. Lo demás se queda en la foto de un lunes motivado.
Por eso, cuando digo que en mi casa la alimentación se vive con respeto, no hablo de vivir contando calorías ni de vigilarse como si comer fuese un campo minado. Hablo de otra cosa más simple y más humana: elegir alimentos que se reconozcan, cocinar con intención y no dejar que el sabor dependa de productos diseñados para engancharte. Eso no sólo es salud: es recuperar autonomía y respetar los alimentos, que de sabor y salud, van sobrados.
Y aquí pasa algo curioso: cuando vuelves a una cocina más natural, el placer no desaparece. Cambia. Deja de ser un placer inmediato y estridente para convertirse en un placer prolongado: el de un plato que sienta bien, el de una digestión tranquila, el de un paladar que se reeduca y vuelve a disfrutar de lo que antes le parecía ‘poco’. No es romanticismo: es aprendizaje sensorial, para muchos. Porque el paladar, igual que el cuerpo, aprende. Y desaprende.
En los últimos años hemos empezado a poner nombre a algo que intuíamos desde hace tiempo: hemos confundido ‘rico’ con ‘irresistible’. Y lo irresistible, muchas veces no tiene que ver con la calidad ni con el sabor en sentido culinario, sino con la palatabilidad, y, más aún, con lo hiperpalatable: productos diseñados para que el cuerpo pida otro bocado antes de haber terminado el primero.
Lo hiperpalatable suele jugar con combinaciones muy concretas: dulce, salado, crujiente, graso, cremoso… y con ese punto exacto de intensidad que no deja espacio para el matiz. Claro que es placentero. Pero también puede funcionar como una pequeña anestesia del paladar: te acostumbras al volumen alto, y cuando vuelves a una cocina normal, hecha con ingredientes naturales, parece que falta algo. Y ese ‘algo’ no es sabor; es estímulo.
Cuando el gusto llega prefabricado, la cocina se vuelve dependiente. Dependiente de una salsa, de un polvo, de un producto ‘con sabor a’, de ese empujón que lo arregla todo en segundos. Y en cuanto quitas la muleta, no es que la comida esté sosa: es que el paladar necesita reaprender a disfrutar de lo que no grita.
La buena noticia es que hay camino de vuelta, y no es dramático. Se vuelve a cocinar con ganas cuando se entiende una cosa: el sabor se construye. No cae del cielo. No viene en un envase. Se construye con técnicas sencillas y con ingredientes que trabajan para ti.
A mí me gusta pensar que cuidarse en la mesa se parece más a ordenar una casa que a seguir un régimen. No se trata de prohibir, sino de facilitar. Si en casa tienes lo que usas, usas lo que te sienta bien. Si lo que tienes en la despensa son soluciones fáciles, las usarás. Si lo que tienes son trampas bien diseñadas, también.
La cocina que cuida, la que de verdad se mantiene con los años, tiene tres características muy concretas:
✔ La primera es sencilla de repetir. No depende de recetas imposibles ni de ingredientes raros. Depende de un repertorio que funciona.
✔ La segunda no negocia con la calidad del básico. Puede ser una cocina humilde, pero no es una cocina descuidada. Un buen aceite, una buena legumbre, verduras con sentido, proteínas elegidas con criterio, frutas de verdad. No hace falta convertir la compra en una obsesión, pero sí en una decisión.
✔ Y la tercera entiende el placer. El placer no es un enemigo, es el pegamento. Lo que no es agradable no se repite. Y lo que no se repite no construye salud.
Por eso me interesa tanto hablar de comida desde este lugar: porque aquí la gastronomía no es únicamente hedonismo, es cultura útil. Es conocimiento que se traduce en vida diaria. Y porque en esta conversación caben muchas familias: las que han aprendido por necesidad, las que han aprendido por intuición, las que han aprendido a golpes y las que simplemente han decidido cuidarse antes de que el cuerpo les obligue a hacerlo.
Esto no debe sonar a lección ni a superioridad moral. Cada cual vive como sabe o como puede, y bastante hacemos con sostener el día. Pero sí quiero defender una idea sencilla, comer bien no es un lujo, es una forma de respeto por el cuerpo, por el tiempo que tenemos, que no es infinito, y por los alimentos que nos sostienen.
Comer para cuidarse tampoco debería convertirse en una vida de renuncias, ni en un catálogo de prohibiciones, ni en una relación tensa con la comida. Cuando se hace con intención, suele ser lo contrario: es aprender a elegir con un objetivo, a cocinar con interés y a disfrutar con calma. Y, curiosamente, cuanto más sólida es la base, menos dependes de los atajos.
Porque la comida real no es una penitencia, sino todo lo contrario. Es una forma de libertad cotidiana: saber qué compras, saber qué cocinas y reconocer lo que te sienta bien. Con el tiempo, esa coherencia trae algo valioso: tranquilidad. No la tranquilidad ingenua de creer que todo está bajo control, sino la de saber que estás cuidando lo que sí depende de ti.
Me gusta desmontar la idea de que cuidarse es vivir midiendo, restringiendo o culpabilizándose. Cuidarse, en el sentido que a mí me importa, es sostener hábitos que se puedan repetir. Es construir una despensa que se use de verdad. Es cocinar con recursos sencillos y con criterio. Y también es permitir el placer, porque el placer no es un capricho: es una parte de lo que hace que una forma de comer sea sostenible en el tiempo. Lo que no se disfruta, rara vez se mantiene.
¿Te gustaría mantener una conversación continuada sobre cómo se cocina para vivir mejor, sin dramatismos y sin etiquetas? No para volver a la cocina de nuestros abuelos como si fuera una postal, pues ellos comían así, muchas veces, porque no había otra, sino para recuperar lo valioso desde otro lugar: hoy podemos elegir, no por supervivencia, sino por placer y por futuro, por gusto, por claridad y por la idea tan simple y tan revolucionaria de llegar a los años con el cuerpo lo más a favor posible.
A partir de aquí, lo vamos a bajar a la mesa. Porque comer con intención no se demuestra con frases bonitas, se demuestra con decisiones pequeñas: cómo compras, cómo organizas, cómo cocinas, cómo construyes sabor… Las ideas, para ser de verdad, tienen que cocinarse.
Y para empezar esa serie con algo útil, la próxima entrega va a girar en torno a un ingrediente que en casa se ha ganado su sitio por pura eficacia: el jengibre. No como ingrediente milagroso, sino como herramienta cotidiana para dar sabor, equilibrar platos y cocinar mejor cada día. Si te apetece, nos leemos en breve.
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