Audrey Doré y la pregunta que cambia la forma de entender los vinos de altura

He asistido cada año a las catas de vinos de altura de Andorra Taste y todas me han resultado interesantes. Tiene algo especialmente atractivo probar vinos nacidos en viñedos donde la pendiente, el frío, la insolación o la dificultad para trabajar la tierra forman parte de su identidad. Pero la cata dirigida este año por Audrey Doré me gustó especialmente porque partió de una pregunta aparentemente sencilla que, en realidad, obliga a revisar muchas ideas asumidas: ¿a partir de qué altitud podemos hablar de un vino de altura?

Audrey Doré es una de las sumilleres más reconocidas de su generación. Tras más de una década trabajando junto a Josep Roca en El Celler de Can Roca, donde llegó a ser jefa de sumilleres, en 2024 asumió la dirección de Vii, el bar de vinos de los hermanos Roca en Girona. En 2025 recibió el Premio Nacional de Gastronomía a la Mejor Sumiller, después de una trayectoria muy ligada al vino, la sala y a una forma de entender la sumillería estrechamente conectada con el territorio y la gastronomía.

Con ese bagaje, su propuesta en Andorra Taste no consistió simplemente en reunir seis vinos nacidos a gran altitud, sino en cuestionar qué significa realmente la altura cuando cambia el territorio. La propia sesión se presentó con una pregunta muy parecida: «¿Un vino de altura representa lo mismo en todas partes?»

No existe una cifra universal que resuelva la cuestión. Aunque suele utilizarse como referencia la cota de 500 metros, la cata servía precisamente para demostrar las limitaciones de esa frontera: 400 metros pueden representar altura en un territorio mientras que 800 significan otra cosa completamente distinta en otro.

La altitud puede favorecer temperaturas más bajas y ayudar a conservar acidez o retrasar la maduración, pero no actúa sola. Hay que sumar latitud, orientación, insolación, amplitud térmica, suelo, variedad y clima. Y ahora esta conversación resulta especialmente pertinente porque el aumento de las temperaturas está llevando a muchos viticultores a buscar cotas más elevadas en busca de frescor.

Ekam 2024: empezar a 800 metros

La primera copa fue Ekam 2024, de Castell d’Encus, en la D.O. Costers del Segre. Está elaborado con un 85 % de riesling y un 15 % de albariño. El viñedo se sitúa en una zona de altura del Pallars Jussà y en la cata hablamos de unos 800 metros. Aquí Audrey Doré introdujo ya varias de las variables que iban a acompañarnos durante toda la sesión: exposiciones norte y sur, variedades diferentes y la combinación de influencias climáticas. La buena conservación del frescor no podía atribuirse simplemente a estar a 800 metros. Era una manera eficaz de abrir la cata: empezar por un vino cuya altitud nadie discutiría y, aun así, demostrar que el dato por sí solo explica poco.

La Réserve d’O 2024: cuando 400 metros también son altura

El segundo vino llevaba el argumento todavía más lejos. La Réserve d’O 2024, de Marie y Frédéric Chauffray, procede de Arboras, en Languedoc, y sus viñas se encuentran a unos 400 metros. Y ahí estaba una de las ideas que mejor resume la sesión: en ese lugar, 400 metros son altura. No tenía sentido enfrentar mecánicamente esos 400 metros con los 800 de Castell d’Encus. Cambiaban la latitud, el clima, la exposición y el paisaje. La cifra necesitaba contexto.

Consciència Còsmica 2025: la altura tampoco promete ligereza

Con Consciència Còsmica 2025, de Còsmic Vinyaters, nos trasladamos al Alt Empordà. Audrey Doré habló de un territorio donde cambian también los suelos: la pizarra domina unas zonas y el granito aparece hacia el interior, y situó la viña en torno a los 500 metros. El vino está elaborado con cariñena gris, una variedad de piel grisácea que puede dar vinos con poco color. En este caso había cierta maceración, por lo que el aspecto en copa tenía algo más de intensidad.

Fue el vino con el que menos conecté. Lo encontré rudo, con cuerpo, mucha acidez y una presencia alcohólica marcada. La cariñena tiene ese punto rústico y aquí se hacía notar. Pero precisamente por eso me pareció interesante dentro del recorrido: la altura no garantiza vinos ligeros, delicados ni de bajo grado alcohólico.

El Hombre Bala 2023: más altura, pero también más insolación

La cuarta copa fue El Hombre Bala 2023, de la Sierra de Gredos, un tinto de garnacha. Aquí entraba otra variable fundamental: subir en altitud puede aportar noches más frescas y alargar el ciclo vegetativo, pero también implica una radiación solar intensa. Y esa combinación puede mantener acidez al tiempo que permite una maduración suficiente para alcanzar graduaciones alcohólicas considerables. Por eso asociar automáticamente “altura” con “poco alcohol” o con vinos ligeros resulta demasiado simple. El Hombre Bala ayudaba a desmontar muy bien esa idea.

Casa Auvinyà Evolució Syrah: 1.200 metros en Andorra

El quinto vino fue Casa Auvinyà Evolució Syrah, y en este caso yo tenía una relación previa con el lugar porque había visitado la bodega un par de años antes, aunque entonces no publiqué sobre aquella visita. Casa Auvinyà está en Sant Julià de Lòria, a unos 1.200 metros de altitud, bajo el bosque de la Rabassa. El proyecto nació en 2005 y está ligado desde su origen a demostrar que era posible cultivar viña y elaborar vino en estas condiciones de montaña. Su presencia en la cata tiene sentido por sí sola. Aquí la montaña no es una interpretación: condiciona desde el origen la viabilidad del cultivo, la elección de variedades y todo el proyecto vitivinícola. Aún tengo una botella de esta bodega, así que más adelante podré daros mi propia nota de cata.

Els Escurçons 2009: 600 metros en el Priorat son muchos metros

Els Escurçons 2009, de Mas Martinet, procedente de uno de los viñedos más altos del Priorat, a unos 600 metros. Lo verdaderamente importante para la cata era otra cosa: 600 metros en el Priorat sí son altura. Y el vino, pese a ser de 2009, seguía mostrando mucha vida. Lo encontré menos carnoso que algunos de los anteriores, muy aromático en boca, con una nota mentolada y, sobre todo, con una sensación de frescor clara al final. Esa frescura después de tantos años resultaba una forma magnífica de cerrar una sesión que había empezado precisamente preguntándose qué puede significar la altitud en un vino.

Los metros no bastan

Al terminar la cata, la idea que me quedó no fue que existe una determinada cota a partir de la cual un vino pasa a ser ‘de altura’, más bien lo contrario. Los 400 metros de Languedoc, los 500 del Alt Empordà, los 600 del Priorat, los 800 del Pallars o de Gredos y los 1.200 de Andorra no se pueden ordenar simplemente de menor a mayor y esperar que esa escala explique los vinos. Cada cifra pertenece a un clima, una latitud, una orientación, un suelo y una variedad.

Y a todo ello se suma ahora el cambio climático. Cada vez más viticultores buscan zonas más altas porque necesitan preservar frescor y alargar los ciclos de maduración, pero subir no es una solución infinita ni sencilla: aumentan la radiación, el riesgo de heladas, el viento, la dificultad para mecanizar y, llegado un punto, también se acaba la montaña.

España tiene una orografía relativamente montañosa dentro de Europa y eso puede ofrecer alternativas en algunas zonas, pero habrá que ver hasta dónde puede desplazarse el viñedo y cómo cambia con él el paisaje vitícola.

Después de asistir durante varios años a las catas de vinos de altura de Andorra Taste, esta me dejó una pregunta que probablemente recordaré más que muchas notas de cata: quizá lo importante no sea saber a cuántos metros está una viña, sino entender qué significan esos metros exactamente allí donde está plantada.

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