Pistachos y microbiota intestinal: ¿qué dice la ciencia?

Un estudio científico ha observado que consumir pistachos diariamente puede modificar la composición de la microbiota intestinal, concretamente en personas con prediabetes. Los resultados aportan nuevos conocimientos sobre la relación entre la alimentación y los microorganismos que habitan nuestro intestino, pero también plantean una cuestión importante: ¿hasta qué punto estos cambios pueden traducirse en beneficios reales para la salud?

Los pistachos han adquirido un enorme protagonismo gastronómico en los últimos años. Su presencia en helados, chocolates, cremas, productos de pastelería y elaboraciones de cocina contemporánea no deja de crecer, pero su interés va más allá de las posibilidades culinarias. Desde hace tiempo, distintas investigaciones estudian su composición nutricional y sus posibles efectos sobre el organismo, entre ellos, su influencia en la microbiota intestinal.

En 2025 se publicó una investigación en la revista científica Current Developments in Nutrition que analizó qué ocurría cuando un grupo de personas adultas con prediabetes consumía 57 gramos de pistachos cada noche durante doce semanas, en comparación con una pauta que recomendaba un tentempié rico en hidratos de carbono. Los investigadores observaron diferencias en determinadas poblaciones bacterianas intestinales, aunque no pudieron demostrar que esas modificaciones mejoraran el control de la glucosa ni otros indicadores de salud metabólica.

¿Qué ocurre cuando comemos pistachos todos los días?

Para desarrollar el estudio, los investigadores analizaron los datos de 51 personas adultas con prediabetes, una situación en la que los niveles de glucosa en sangre son superiores a los normales, pero todavía no alcanzan los valores que permiten diagnosticar la diabetes. Estos participantes fueron quienes completaron un ensayo clínico en el que inicialmente se había incluido a 66 personas.

El ensayo comparó dos pautas alimentarias. En la primera, los participantes recibieron 57 gramos diarios de pistachos tostados y sin sal para consumir como tentempié nocturno, después de cenar y antes de acostarse. En la segunda, recibieron recomendaciones para tomar un aperitivo que aportara entre 15 y 30 gramos de hidratos de carbono, siguiendo una pauta alimentaria habitual para personas con prediabetes.

Cada etapa duró doce semanas y ambas estuvieron separadas por un descanso de al menos cuatro semanas. Todos los participantes probaron las dos alternativas, aunque en distinto orden, lo que permitió comparar los resultados de una misma persona ante dos pautas alimentarias diferentes.

Para comprobar si existían cambios, los investigadores recogieron muestras de heces antes y después de cada etapa y analizaron las bacterias presentes mediante técnicas de secuenciación genética. El objetivo era averiguar si el consumo nocturno de pistachos, en comparación con la recomendación de tomar un tentempié rico en hidratos de carbono, podía modificar la composición de la microbiota intestinal.

Los pistachos modifican determinadas bacterias intestinales

Los resultados mostraron diferencias estadísticamente significativas en la composición de las comunidades bacterianas intestinales después del consumo de pistachos, en comparación con la fase en la que los participantes siguieron la pauta alimentaria convencional.

Para comprender la importancia de este descubrimiento, conviene recordar que nuestro intestino alberga billones de microorganismos, principalmente bacterias, que participan en procesos relacionados con la digestión, el metabolismo y el funcionamiento del sistema inmunitario. La alimentación es uno de los factores que pueden influir en este complejo ecosistema, modificando las condiciones en las que viven y se desarrollan sus diferentes poblaciones microbianas.

Entre los cambios observados, los investigadores identificaron una mayor abundancia relativa de bacterias del género Roseburia y de determinados grupos de la familia Lachnospiraceae. Estos microorganismos resultan especialmente interesantes porque algunos de ellos son capaces de producir butirato, un ácido graso de cadena corta que sirve como fuente de energía para las células del colon y contribuye al mantenimiento de la barrera intestinal.

La investigadora Kristina Petersen, profesora de Ciencias de la Nutrición de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State) y una de las responsables de la investigación, explicó en una información publicada por la propia universidad que el consumo nocturno de pistachos parece capaz de modificar de forma significativa la composición de las comunidades bacterianas intestinales de las personas con prediabetes.

El estudio también encontró una menor abundancia relativa de determinados microorganismos, entre ellos bacterias del género Flavonifractor, que participan en la transformación de algunos compuestos vegetales, especialmente los flavonoides presentes en frutas, verduras y otros alimentos. Algunas investigaciones han relacionado su abundancia con procesos inflamatorios y alteraciones metabólicas, aunque sus efectos sobre la salud todavía no están completamente aclarados.

Existe, además, un matiz importante: los investigadores no observaron un aumento significativo de la diversidad bacteriana dentro de cada muestra. Lo que cambió fue principalmente la composición de las comunidades microbianas y la proporción de determinados grupos de microorganismos.

Esta distinción es relevante porque una modificación de la microbiota no implica necesariamente una mejora de su funcionamiento. Aunque determinadas bacterias se relacionen con procesos fisiológicos beneficiosos, su mayor o menor abundancia no basta para determinar si el conjunto del ecosistema intestinal es más saludable.

¿Qué tiene el pistacho para provocar estos cambios?

Una posible explicación se encuentra en la composición nutricional de este fruto seco. Los pistachos contienen fibra, proteínas vegetales, grasas insaturadas, minerales y diferentes compuestos fenólicos. Algunos de estos componentes pueden influir en el ambiente intestinal y en la actividad de los microorganismos que lo habitan.

La fibra desempeña un papel especialmente interesante porque una parte llega al intestino grueso sin haber sido digerida y allí puede interactuar con determinadas bacterias y participar en distintos procesos metabólicos. Sin embargo, no todas las fibras tienen el mismo comportamiento y en el pistacho predomina la fibra insoluble, que generalmente se fermenta menos que algunas fibras solubles. Por esta razón, los científicos consideran que los cambios observados podrían deberse a la combinación de distintos nutrientes y compuestos del fruto seco, y no exclusivamente a su contenido en fibra.

Durante la fase en la que se consumieron pistachos, los participantes aumentaron su ingesta de fibra aproximadamente en cinco gramos diarios respecto a la etapa comparativa. Aun así, los investigadores reconocen que no es posible determinar con exactitud qué componentes del pistacho fueron responsables de las modificaciones observadas.

También hay que tener en cuenta que el estudio comparó dos pautas alimentarias diferentes. Por tanto, los resultados muestran el efecto de consumir pistachos en lugar de seguir la recomendación de tomar un tentempié rico en hidratos de carbono, pero no permiten atribuir los cambios a un nutriente concreto ni asegurar que se producirían de la misma manera en otras condiciones alimentarias.

¿Pueden los pistachos ayudar a prevenir la diabetes?

Esta es una de las preguntas más interesantes que plantea la investigación, pero también una de las que deben abordarse con mayor prudencia. La microbiota intestinal está siendo estudiada por su posible relación con el metabolismo de la glucosa y el desarrollo de enfermedades metabólicas, ya que algunos microorganismos producen sustancias que pueden intervenir en procesos relacionados con la inflamación y la regulación del azúcar en sangre. Sin embargo, modificar determinadas poblaciones bacterianas no significa necesariamente que se mejore la salud metabólica.

De hecho, en el ensayo clínico original del que procede este análisis, los investigadores no encontraron diferencias significativas entre ambas pautas alimentarias en indicadores como la glucosa en ayunas, la hemoglobina glucosilada, la insulina o la resistencia a la insulina. Es decir, aunque el consumo nocturno de pistachos modificó determinadas poblaciones bacterianas, no se demostró que mejorara el control de la glucosa durante el periodo estudiado.

Los propios investigadores señalan que son necesarios nuevos estudios para determinar si estas modificaciones de la microbiota pueden producir beneficios metabólicos a largo plazo. Por tanto, los resultados no justifican considerar los pistachos como un tratamiento para la prediabetes ni como una forma demostrada de prevenir la diabetes tipo 2.

Al margen de estas investigaciones, el pistacho destaca por su perfil nutricional y, como otros frutos secos, puede formar parte de una alimentación equilibrada y aportar nutrientes interesantes dentro de una dieta variada. Su popularidad gastronómica, asociada a su sabor, su característico color verde y su versatilidad en elaboraciones dulces y saladas, no debe confundirse con la existencia de propiedades preventivas o terapéuticas que todavía no han sido demostradas.

También conviene considerar las limitaciones de la investigación. El estudio utilizó una cantidad diaria de 57 gramos de pistachos, superior a una ración habitual de unos 30 gramos, y se realizó con un grupo relativamente pequeño de personas con prediabetes. Además, cada intervención tuvo una duración de doce semanas, un periodo que no permite establecer cuáles podrían ser sus efectos a largo plazo.

Por estas razones, los resultados no pueden extrapolarse automáticamente a toda la población ni permiten recomendar una cantidad concreta de pistachos con el objetivo de mejorar la microbiota intestinal. Lo que sí aportan es información sobre la compleja relación entre los alimentos que consumimos, los microorganismos intestinales y el metabolismo. Una relación en la que intervienen numerosos factores y que no puede explicarse únicamente a partir de los efectos de un alimento aislado.

La financiación del estudio y los posibles conflictos de intereses

Hay otro aspecto de esta investigación que merece atención: su financiación y los posibles conflictos de intereses de sus autores, una cuestión especialmente relevante cuando los resultados pueden utilizarse para promocionar el consumo de un alimento.

Según la información publicada por Penn State, el estudio recibió financiación de American Pistachio Growers, una organización vinculada al sector productor de pistachos. También contó con el apoyo del Instituto de Ciencias Clínicas y Traslacionales de Penn State, a través del Centro Nacional para el Avance de las Ciencias Traslacionales de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH), además de otras instituciones académicas y científicas. En la publicación científica, Kristina Petersen y Penny Kris-Etherton declararon haber recibido financiación de American Pistachio Growers para desarrollar la investigación. Asimismo, otros dos autores, Justin Wright y Regina Lamendella, declararon ser cofundadores de Wright Labs LLC.

Que una investigación reciba financiación de una organización con intereses comerciales en el producto estudiado no significa que sus resultados sean incorrectos. Sin embargo, sí hace especialmente importante conocer quién financia el trabajo, qué papel ha desempeñado en su desarrollo y qué relaciones económicas o profesionales declaran sus autores. La transparencia en la financiación, la independencia metodológica y la posibilidad de que otros investigadores reproduzcan los resultados son aspectos fundamentales para valorar la solidez de las conclusiones científicas. La existencia de posibles conflictos de intereses no invalida automáticamente una investigación, pero exige que se declaren y se gestionen adecuadamente.

Esta cuestión adquiere especial importancia en un contexto en el que, como ya hemos explicado en Gastronomía y Cía, la investigación científica alimentaria depende cada vez más de la financiación de la industria agroalimentaria.

La investigación aporta nuevos conocimientos sobre la relación entre los pistachos y la microbiota intestinal, aunque todavía queda mucho por esclarecer. Los cambios observados en determinadas poblaciones bacterianas son interesantes desde el punto de vista científico, pero no justifican atribuir a este fruto seco beneficios metabólicos que aún no se han demostrado.

Los pistachos pueden formar parte de una alimentación variada y equilibrada por su composición nutricional, además de ofrecer numerosas posibilidades gastronómicas. Sin embargo, su valor como alimento no necesita apoyarse en promesas de salud que la ciencia todavía no puede confirmar. Quizá esa sea una de las conclusiones más importantes de este trabajo, especialmente en un momento en el que determinados resultados científicos se utilizan con demasiada facilidad para promocionar alimentos como si fueran productos capaces de prevenir enfermedades.

Podéis consultar el estudio científico completo a través de este artículo publicado en la revista científica Current Developments in Nutrition. También encontraréis información complementaria sobre los resultados y las declaraciones de los investigadores en este artículo publicado por la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State).

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