El informe Estado de los mercados de los productos agrícolas básicos en 2026 elaborado por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), proporciona una visión con detalle acerca de cómo el comercio internacional de alimentos está respondiendo a un escenario que cada vez es más complejo.
En un contexto que está marcado por los fenómenos meteorológicos extremos, los conflictos geopolíticos, las crisis económicas, las pandemias y la creciente incertidumbre global, la FAO apunta que los mercados agrícolas han demostrado tener una notable capacidad de adaptación. Sin embargo, la organización también advierte que esa resiliencia, sólo podrá mantenerse mediante una mayor cooperación internacional, políticas comerciales responsables y redes de suministro diversificadas.
Durante las últimas dos décadas el comercio mundial de productos agrícolas ha experimentado una gran transformación. Desde el año 2000 el valor de los intercambios internacionales de alimentos se ha multiplicado por cinco, hasta situarse alrededor de los dos billones de dólares, expansión que ha permitido que un número creciente de países pueda abastecerse de productos procedentes de diferentes regiones del mundo. Esto ha mejorado la disponibilidad de alimentos y ha facilitado el acceso a dietas más variadas y nutritivas.
Paralelamente, la integración de los mercados ha provocado la dependencia mutua entre los países, de modo que cualquier alteración o perturbación importante en una zona productora, puede repercutir rápidamente sobre el resto del planeta. Precisamente, el principal objetivo de este informe es analizar hasta qué punto los mercados mundiales son capaces de absorber estas perturbaciones y recuperar el equilibrio en un plazo relativamente corto.
Por ello la FAO estudia concretamente los mercados del trigo, el maíz y el arroz, tres cereales que, como sabemos, constituyen la base de la alimentación de millones de personas, desempeñando un papel esencial en la seguridad alimentaria y especialmente en aquellos países con pocos ingresos y en los países que dependen de las importaciones alimentarias para cubrir sus necesidades básicas.
La organización identifica un amplio conjunto de amenazas que afectan de forma recurrente a los mercados agrícolas, de ellas, las más visibles son los fenómenos meteorológicos extremos como las sequías, las inundaciones, las olas de calor o las tormentas, cuya frecuencia e intensidad han aumentado en los últimos años. Estos fenómenos climáticos reducen las cosechas, dañan las infraestructuras y limitan la oferta disponible, provocando tensiones sobre los precios internacionales. A esto hay que sumar otros factores como las crisis financieras, las fluctuaciones de los precios de la energía, los precios de los fertilizantes, la aparición de enfermedades que afectan a los cultivos y el ganado, los conflictos armados y las tensiones geopolíticas que alteran las rutas comerciales y dificultan el suministro de alimentos.
La FAO explica que la experiencia acumulada desde inicios de siglo, demuestra que estas perturbaciones aparecen en raras ocasiones de forma aislada. Con frecuencia se combinan varios factores al mismo tiempo generando crisis mucho más difíciles de gestionar, y uno de los ejemplos más representativos fue la crisis mundial de los precios de los alimentos entre los años 2007 y 2008. En este periodo coincidieron malas cosechas en grandes países productores, un fuerte aumento del precio del petróleo, los bajos niveles de reservas de cereales, un aumento de la demanda internacional, y diversas restricciones a las exportaciones impuestas por algunos gobiernos para proteger sus mercados internos. Como resultado se produjo un gran incremento de los precios del trigo, el arroz y otros productos básicos, que agravó la inseguridad alimentaria y empujó a millones de personas hacia la pobreza extrema.
Años más tarde la pandemia de la COVID-19 volvió a poner a prueba la capacidad de respuesta de los mercados internacionales. Las restricciones de la movilidad, el cierre temporal de las fronteras y las dificultades logísticas, provocaron importantes alteraciones en las cadenas de suministro. La FAO destaca que a diferencia de lo ocurrido durante la mencionada crisis de 2007-2008, muchos países evitaron aplicar restricciones prolongadas a las exportaciones de alimentos y gracias a ello, el comercio internacional continuó funcionando y consiguió evitar un desabastecimiento generalizado. Sin embargo, el aumento de los costes del transporte y las dificultades económicas derivadas de la pandemia provocaron una notable subida de los precios en numerosos mercados nacionales.
El conflicto iniciado en Ucrania en el año 2022 supuso un nuevo desafío para el sistema alimentario mundial, ya que tanto Ucrania como Rusia juegan un papel fundamental en las exportaciones de trigo, maíz, aceite de girasol y fertilizantes. Las dificultades para mantener abiertas las rutas marítimas del mar Negro y el encarecimiento de la energía y las materias primas agrícolas, generaron nuevas presiones sobre los precios internacionales y afectaron especialmente a los países con una elevada dependencia de las importaciones de cereales. Hablando de lo más reciente, la FAO advierte sobre la inestabilidad en Oriente Próximo y las tensiones en las rutas estratégicas para el transporte marítimo, ya que pueden aumentar los costes logísticos y agravar aún más la incertidumbre en los mercados agrícolas internacionales.
A pesar de esta situación en Oriente Próximo, el informe apunta un mensaje relativamente optimista, ya que según el análisis realizado sobre los flujos comerciales internacionales, los mercados agrícolas tienen una capacidad considerable para recuperarse después de un shock. En la mayoría de los casos, las reducciones del comercio provocadas por fenómenos meteorológicos extremos o por otras perturbaciones tienden a corregirse en pocos meses, recuperándose progresivamente el equilibrio entre la oferta y la demanda. Esta capacidad de adaptación se explica en buena medida por la creciente interconexión de los mercados internacionales, así como por la posibilidad de recurrir a proveedores alternativos cuando uno de los principales exportadores sufre problemas de producción.
Pero la FAO también subraya que esta resiliencia no debe darse por garantizada, ya que algunos mercados continúan estando muy concentrados en un reducido número de grandes exportadores, sobre todo si hablamos de determinados cereales. Cuando un país depende excesivamente de uno o dos proveedores para abastecerse de alimentos, cualquier interrupción del comercio se puede traducir rápidamente en escasez y aumentos notables en los precios. Por ello, uno de los principales mensajes del informe es que la diversificación de socios comerciales, constituye una de las herramientas más eficaces para reforzar la seguridad alimentaria y reducir la vulnerabilidad frente a futuras crisis.
La investigación de la FAO también pone de manifiesto que la estructura de las redes comerciales resulta decisiva para afrontar las crisis. En las últimas décadas, los países han ampliado el número de socios con los que intercambian productos agrícolas, lo que ha hecho que la red mundial sea más densa y esté mejor conectada, se trata de una mayor diversificación que permite reaccionar con rapidez cuando un proveedor habitual deja de suministrar alimentos, ya que existen alternativas para cubrir esa parte de la demanda. Sin embargo, el informe advierte que los mercados del trigo, el maíz y especialmente el arroz, continúan concentrando buena parte de las exportaciones en un número reducido de países, lo que mantiene importantes puntos de vulnerabilidad dentro del sistema alimentario internacional.
Uno de los puntos más destacados del estudio es el análisis de la evolución de los precios de los alimentos tras una perturbación. La FAO señala que las alteraciones de la oferta provocadas por las sequías, los conflictos o los problemas logísticos, suelen traducirse en rápidas subidas de los precios a nivel internacional. En cambio, cuando la situación mejora, los precios no bajan con la misma rapidez, siendo una asimetría que supone un problema especialmente grave para los países en vías de desarrollo, donde una parte muy importante de los ingresos familiares se destina a la compra de alimentos. Un aumento sostenido del precio del pan, el arroz o el maíz, puede reducir el acceso a una alimentación suficiente y de calidad, aumentando el riesgo de inseguridad alimentaria y de malnutrición.
El estudio presta especial atención a las decisiones tomadas por los gobiernos durante las crisis. Explica que cuando un gran país exportador limita sus ventas al exterior para proteger el abastecimiento interno, reduce la oferta disponible en los mercados internacionales y contribuye a aumentar todavía más los precios. Del mismo modo, si varios países incrementan simultáneamente sus importaciones por miedo a una futura escasez, la presión sobre la demanda mundial se intensifica. La experiencia de la crisis alimentaria de 2007-2008 demuestra que este tipo de medidas llegaron a explicar una parte muy significativa del aumento de los precios internacionales del arroz y del trigo. Por el contrario, durante la pandemia de COVID-19 predominó una mayor coordinación internacional y las restricciones a las exportaciones fueron menores y de menor duración, lo que contribuyó a frenar el impacto sobre la seguridad alimentaria mundial.
Otro factor esencial para fortalecer la capacidad de respuesta ante las crisis son las reservas de alimentos. La FAO reconoce que disponer de existencias estratégicas resulta necesario para atender situaciones de emergencia, pero advierte que mantener grandes reservas destinadas a estabilizar permanentemente los precios internos, suele ser muy costoso y además, puede causar distorsiones en los mercados. En su lugar, el informe considera más eficaces las reservas de emergencia de menor tamaño que estén integradas en programas de protección social y que permitan distribuir alimentos o ayudas económicas a los colectivos más vulnerables cuando se producen episodios de escasez o fuertes aumentos de precios.
La organización insiste afirmando que el comercio internacional por sí solo no garantiza la seguridad alimentaria, para que los mercados sean realmente resilientes es necesario invertir en infraestructuras de transporte y almacenamiento, mejorar los sistemas de información sobre la evolución de los mercados, reforzar las redes de protección social y desarrollar políticas que permitan responder con rapidez ante futuras perturbaciones. La transparencia y el intercambio de información entre países también juega un papel decisivo para evitar reacciones basadas en la incertidumbre que puedan agravar las crisis.
El informe ‘Estado de los mercados de los productos agrícolas básicos en 2026’ concluye que los mercados mundiales han demostrado una capacidad notable para absorber los efectos de las perturbaciones registradas durante los últimos años. Sin embargo, el incremento de los fenómenos meteorológicos extremos, la persistencia de los conflictos geopolíticos y la creciente interdependencia entre las economías, hacen imprescindible reforzar la cooperación internacional.
La apertura comercial, la diversificación de proveedores, unas políticas públicas coordinadas y sistemas de apoyo a la población más vulnerable constituyen según la FAO, los pilares sobre los que deberá apoyarse la seguridad alimentaria mundial en los próximos años. En un mundo que cada vez está más expuesto a diversas crisis simultáneas, la resiliencia de los mercados agrícolas dependerá tanto de su capacidad para adaptarse a los cambios, como de la voluntad de los países para actuar de forma conjunta y mantener abierto el comercio de alimentos, incluso en los momentos de mayor incertidumbre.
A través de este enlace (PDF) podréis acceder al informe completo y sacar vuestras propias conclusiones. En nuestra opinión, la FAO deja en el tintero otros factores que también influyen en el comercio internacional de alimentos, como las medidas de represalia comercial, las disputas diplomáticas, las restricciones a las exportaciones, las sanciones económicas internacionales, los cambios regulatorios o sanitarios, las políticas climáticas agrícolas o las presiones políticas. Todos ellos forman parte de un contexto complejo que puede alterar los flujos internacionales de productos agrícolas y generar nuevas tensiones en los mercados.